lunes, junio 09, 2008

MIS CINES DE BARRIO

Para mi pequeña, en su día

Desde muy niño fui aficionado al cine. En una época donde no existían el Vhs o el Dvd, y cuando la televisión recién ingresaba tímidamente a los hogares, ir al cine era ingresar al lugar de entretención por excelencia. Naturalmente, mis primeros cines fueron los de mi barrio, los más cercanos a mi casa: el Western ubicado en el Jirón Risso, justo a la vuelta de donde vivía, con su fachada sobria, convertido hoy en iglesia evangélica, sitio de preferencia para la Peña Ferrando cuando venía a Lince, con sus categorías de platea baja, laterales, platea alta y la popular cazuela. Era curiosa esa división de platea baja y laterales, división en base a un tenue cordón fácil de eludir al momento de proyectar la película. (Sería que en aquella época todavía se respetaban las normas, por más tenues que fuesen, como esos cordones). Allí presencié El expreso de Von Ryan, ambientada en la II Guerra Mundial, con Frank Sinatra, que ayudaba a escapar a un grupo de prisioneros de guerra y, pobrecito, al final los nazis lo mataban. Buena película de acción que hace algún tiempo la volví a ver en dvd. Igual Zulú, que hice “pataleta” para verla, hasta que por cansancio mi madre accedió. Eran los tiempos del racismo desenfadado, de tufillo colonial, así que los negritos, bien brutos, se dejaban matar como moscas por unos cuantos blancos más inteligentes y hábiles que ellos. También me acuerdo de Vendaval en Jamaica, con Anthony Quinn, que sale bien librado del juzgamiento como pirata que urde alguien que no lo quiere mucho, terminando con una atronadora sonrisa cachosa del actor. Y sobretodo me acuerdo de El planeta de los simios, la versión con Charlton Heston, que desde la primera vez me fascinó. Sigue siendo la mejor, a pesar de sus gorilas de goma y piedras de cartón, superior a la que hizo Tim Burton años después y que contó con presupuesto millonario y efectos digitales por doquier.

En los cines existían los lunes femeninos, ese día las mujeres no pagaban entrada si iban acompañadas de un caballero (resabios de la cultura machista). Solo contaban tres funciones: matiné, vermú y noche, que obedecían al ambiente todavía calmo de la capital, donde se regresaba a almorzar a casa y de paso tomar una breve siesta. Los hombres iban en terno al cine, muchos con pañuelo en el bolsillo superior del saco o una flor en el ojal, rematando la indumentaria el clásico sombrero cubriendo la cabeza. Se fumaba mucho antes, durante y después de la proyección (fumar todavía no era dañino para la salud) y en las funciones largas existía el intermedio para ir a comprar una gaseosa o un chocolate, o por lo menos estirar las piernas. Como ya tomaba el cine con mucha seriedad, quedando absorto con la película, no era un buen cliente de la chocolatería, pero a veces, cuando iba con mi mamá o íbamos con algún compañero de su trabajo (era bastante joven y atractiva cuando se separó de mi padre, yo tenía apenas cuatro años y un poco se adelantó a una época que todavía condenaba a las mujeres divorciadas) me “ganaba” con algún chocolate o gaseosa a mitad de función. Era la época de la ingenuidad y la ensoñación, de los maravillosos años sesenta, del rock and roll, la liberación sexual y los movimientos sociales, cuando tenías el corazón contento y lleno de alegría, y el amor estaba en el aire, y los vientos no presagiaban ni por asomo lo que vendría después.

El cine Western era mi preferido, proyectaba casi todas las películas que habían estado en las salas de estreno, más lujosas y caras. Una de esas salas era el Roma. Impresionaba entrar. Sus pisos alfombrados, los controladores (los tradicionales “boleteros”) correctamente uniformados, con gorra, corbata y saco incluido, la chocolatería con finos chocolates importados -aunque el sabroso y nacional Sublime no tenía competencia-. Entrando, debajo del écran, existía un invernadero con plantas naturales que le daba un toque especial al ambiente. Era como estar en una sala de cine y un vivero a la vez. Las butacas comodísimas, mullidas, suaves, que daban ganas de dormir ahí mismo. Estaba a unas diez cuadras de mi casa, así que debíamos tomar un colectivo (un carro grandazo de seis cilindros que hacía el recorrido por toda la avenida Arequipa) para llegar hasta allá. He visto varias películas en el Roma, pero la que guardo con especial afecto en mi memoria es 2001: odisea del espacio de Stanley Kubrick, aunque como en algunos amores, la primera impresión no fue la mejor. Mi madre me llevó a su estreno, en función de vermú, luego del trabajo. Debo confesar que aquella vez la película no me impresionó, es más, me aburrió de cabo a rabo y en algunos tramos me preguntaba cuándo terminaba ya. Un niño de doce años nutrido con los comics, las películas de ciencia ficción y seriales que pasaban en la tele o las vistas en el cine, se preguntaba a qué hora salen los marcianos y los platillos voladores, y en cambio veía una computadora que “se rayó”, un astronauta que en pocos minutos pasa de la adultez a la vejez para luego renacer y un monolito impertinente que a cada rato aparecía. Debí esperar diez años más, ya crecido y con una cinefilia más sólida, para comprenderla y tomarle cariño y considerarla como una de mis películas favoritas de todos los tiempos. De allí en adelante debo haberla visto infinidad de veces y me la conozco de memoria. “La catedral de la ciencia ficción”.

Años después y ya en la década de los ochenta, los administradores del Roma tuvieron buen olfato con algunas cintas que, con el retorno de la democracia y el fin de la censura, pudieron ser exhibidas. Calígula o El imperio de los sentidos causaron llenos totales de sala por semanas enteras. Ver a Malcolm McDowell (el de La naranja mecánica) gesticular como loco mientras tenía sexo con su hermana Drusilla o a Sada amputando el pene a su difunto amante, impactó a los todavía pacatos limeños. Los revendedores hicieron su agosto, ofreciendo las entradas al doble del precio; pero, en los noventa el Roma ya estaba golpeado por la fuerte crisis que sufrieron los grandes cines. Recuerdo que una de las últimas películas que visioné allí fue El silencio de los inocentes, acompañado de una ex que era un poco rayada y que se completó de rayar al ver cómo el doctor Hannibal Lecter se comía vivos a sus víctimas (por cierto, y dicho sea de paso, siempre me han tocado parejas “rayadas”, hasta la actual). El cine no era el de antes. Las butacas estaban descuidadas, algunas habían perdido el asiento o el respaldar, los boleteros ya no se encontraban correctamente uniformados, sino en camisa y sin corbata, las señoras que atendían estaban con las medias de nylon corridas que evidenciaban unas piernas hinchadas y con várices, mientras que la chocolatería lucía deslucida con apenas unos dulces desperdigados por aquí y allá. El Roma abriría sus puertas de nuevo algunos años después como una gris oficina de jubilaciones del estado (la eufemística Oficina de Normalización Previsional).

Otro cine de lujo cercano al Roma era el cine Azul, llamado precisamente así por el color predominante de su fachada y su interior. No pertenecía a Lince propiamente, sino a Santa Beatriz (como el Roma), inaugurado en la década del cuarenta cuando dicha urbanización estaba poblada por una clase media pujante con automóvil propio, chalecitos y hasta castillo incluido (el famoso castillo Rospigliosi). Estaba más cerca de mi casa, así que podía ir a pie. La primera vez debe haber sido de niño, con una de mis tías. Lo que más me llamó la atención fueron los palcos. Nunca he visto otro cine con palcos como a la usanza de los teatros (dicen que el antiguo cine Excelsior también los tenía). Todavía llegué a subirme a uno de ellos y hasta inicios de la década del setenta estuvieron habilitados. Después parece que los cerraron en vista que las parejas lo usaban para otros fines menos el ver tranquilamente una película. La que más guardo en la memoria fue El Decameron, que supuse la vería por fin (eso pensaba) cuando se abolió la censura. Resulta que cuando los militares gobernaban el país, el Roma la quiso proyectar, la sala estaba repleta y faltando pocos minutos un teniente del ejército “incautó” la cinta por “órdenes superiores”. Como en esa época no había recurso de amparo que nos ampare y sí más bien armas al ristre que salían de un camión portatropas como si los espectadores fuéramos un grupo de terroristas armados, tuvimos que salir resignados de la sala. Ya restaurada la democracia, el Azul la iba a exhibir, pero faltando también pocos minutos para la proyección, con sala igualmente a full, la película no venía. Era la época en que un muchacho en motocicleta, cuál chasqui motorizado, iba de cine en cine con los rollos de la película, sin embargo al Azul nunca llegó por algún extraño motivo que hasta el día de hoy no ha sido descubierto y se ha convertido en un misterio sin resolver, mismos “Expedientes X”, así que otra vez entre resignados y fastidiados debimos abandonar la sala. Algún tiempo después podría ver por fin tranquilamente la primera película de la “trilogía de la vida” de Pasolini y hasta ahora la conservo en mi memoria: vital, fresca y hermosa.

Dentro de los cines de barrio estaba también el Independencia. Se ubicada en la avenida Militar, cerca a la Municipalidad de Lince y frente a mi colegio de primaria “Las Américas”. Era un cine reciclador de películas de estreno, convirtiéndome en un caserito habitual. Allí pude ver la continuación de El planeta de los simios –Bajo el planeta de los simios- con James Franciscus y Charlton Heston en aparición breve. El epílogo era oscuro, con el fin de la Tierra en plena época de la amenaza atómica; pero la taquilla fue tan persuasiva que los productores hicieron tres partes más, la última con sabor a “new age” y onda hippie, muy acorde con la época que vivíamos. Las butacas del Independencia no eran nada cómodas y la proyección muchas veces pecaba de defectuosa, pero a los chicos de entonces más les gustaba saltar y jugar por la sala y encima de los asientos, así que las comodidades no nos preocupaban demasiado, aparte que la entrada era bastante barata y se encontraba al alcance de nuestras propinas. Actualmente está cerrado y me llama la atención que ninguna iglesia o bingo lo haya adquirido, a pesar de estar a media cuadra de la Plaza de Armas de Lince.

Un poco más arriba estaba el cine Alianza, en la avenida José Gálvez, ese sí era un cine de barrio barrio. Se le llamaba Alianza por qué estaba lindante al barrio de La Victoria, barrio grone y fiel seguidor del club Alianza Lima, aparte que en la cuadra donde estaba ubicado predominaban los morenos, gente sencilla, trabajadora y que naturalmente el equipo de fútbol de sus amores era el de la blanquiazul (en esa cuadra de José Gálvez ningún “blanquiñoso” podía gritar “y dale U” bajo pena de ser linchado y si quería “entrarle” a una de las preciosas morenas que vivían por allí tenía que convertirse de grado o fuerza al club grone, con exhibición obligada de camiseta y asistir religiosamente a los partidos del clásico dando vivas a la blanquiazul). La verdad que nunca entré al cine Alianza, aunque pasaba por allí cerca. Sólo entré una vez en mi vida, cuando ya no funcionaba como sala de cine. Me invitó un grupo místico que adquirió el local para sede principal de sus eventos, a fin de dar una conferencia sobre un tema filosófico-esotérico-metafísico que la verdad no recuerdo el título. Pasaba que un colega donde yo enseñaba pertenecía a esa asociación que creía en las revelaciones del divino cordero y en los ovnis al mismo tiempo. Un poco en la onda de la era de acuario y la película 2001. Era alucinante esa combinación que habían hecho, donde Cristo habría venido en un platillo volador de un planeta lejano muy lejano, proveniente de una civilización más avanzada que la nuestra, a fin que la humanidad progrese gracias a su mensaje, dado que nosotros estábamos en el universo más atrasados que escolar de colegio público. Solo faltaba el monolito de 2001 para completar el cuadro, pero realmente eran tipos simpáticos, medio locos, pero simpáticos.

En aquellos años estaba en mi última –e infructuosa- búsqueda de una razón divina para mi existencia y la esperanza de creer en un ser superior. (De veras que le puse empeño a esa última búsqueda). Como ya había salido hacía mucho tiempo de mi iglesia nodriza, la iglesia católica, y los evangélicos no me llamaban demasiado la atención (había asistido en algunas ocasiones a sus reuniones gracias a una chica, alumna mía, con la cual pese a la diferencia de años nos llevábamos bastante bien), comencé a buscar otros caminos más bien místicos-esotéricos y recalé en un grupo con cierta antigüedad en el país y con una sede a la usanza de los castillos medievales ubicada en pleno corazón del distrito de Breña. Nueva Acrópolis fue una estación de mi vida y si bien de las enseñanzas místicas-filosóficas-esotéricas no queda nada luego de mi breve paso por allí, ni llegué a ser un “caballero Jedi”, sí aprendí la disciplina en el trabajo y a organizar mejor mi tiempo, así como el esfuerzo que se debe poner en todo lo que se hace. Eso se lo debo a ellos.

Otro cine también de barrio barrio era el Ollanta, con nombre incásico y en pleno corazón de Lince. Pasaban películas “de romanos” y de gladiadores. Allí conocí a Maciste, Ulises, Hércules, Simbad y a la reina de Saba, casi todas películas italianas en blanco y negro. Pasaban también los spaghetti western, con un joven Clint Eastwood, aunque en esa época no me llamaban mucho la atención. Luego el Ollanta pasó a ser también iglesia evangélica. Solo asistí una vez como tal, debido a la ordenación como teólogo del hermano mayor de esta muchacha (que de evangélica tenía bastante poco). La sala conservaba su arquitectura original, salvo que en la dulcería ahora se vendían Biblias, casettes religiosos y otros libros de lectura piadosa. Preferí no volver nunca más y conservarlo en la memoria tal como fue en mi niñez.

Un cine cercano, donde iba regularmente, era el Alhambra. Impresionante por sus murales moriscos, presencié algunos filmes, sobretodo los sábados por la tarde, cuando me había desocupado de las tareas escolares. Estaba en la zona “pituca” de Lince, lindante con el distrito de San Isidro. Recuerdo haber visto allí María Estuardo, reina de Escocia, con una imponente y todavía joven Vanessa Redgrave como la reina católica y, en contraposición, Glenda Jackson como la reina Elizabeth que debía cimentar un imperio. Choque de caracteres. Ahora está convertido en un bingo, aunque han respetado su fachada. Igual pasaba con otro cine ubicado en la actual avenida César Vallejo, el Country. El Country tenía una deliciosa confitería, quedaba a pocas cuadras del edificio El Dorado. Había sido un cine de gala en otros tiempos, pero en los últimos años, antes de su cierre definitivo, lucía ya una decadencia imparable. También se convirtió en iglesia evangélica.

En cambio el Ambassador quedaba un poco más abajo, cerca al mercado Nº 2 de Lince; pero, a diferencia del Country, fue demolido para construir un complejo multifamiliar de Mi Vivienda. Para sobrevivir en los últimos años se convirtió también en reciclador de películas. Una de ellas fue quizás la primera o una de las primeras cintas que usaron efectos digitales. Creo que se titulaba Tron, película de ciencia ficción y aventuras. Si bien el filme fue recibido con frialdad en su momento, hay que reconocer que se adelantó a su época y como sucede con infinidad de casos similares, al inicio ni el público ni los productores comprendieron lo que tenían delante.

Otros cines de estreno y que propiamente quedaban en San Isidro, pero cerca a mi casa, eran el Orrantia, donde presencié por primera vez Woodstock: 3 días de paz, música y amor, memorable documental sobre el concierto de rock que cerró toda una gran época: la de los prodigiosos años 60. Tenía tres niveles como los viejos cines: platea baja, platea alta y la popular cazuela, con precios diferenciados por nivel y si estabas corto de fondos te ibas arriba, a la cazuela, cerca al techo pero más entretenida y bullanguera. En cambio, el cine San Isidro, solo con platea baja y mezanine, más circunspecto, trató de conservar su antigua prosapia. Recuerdo que todavía funcionaba hasta bien entrados los años noventa y con su infraestructura en buen estado. Era como esas familias de antigua estirpe que tratan de conservar el decoro y la dignidad hasta el último momento, pero tanto el San Isidro como el Orrantia correrían la misma suerte: convertirse en iglesias evangélicas donde Dios sana, salva y santifica.

El cine Petit Thouars –rebautizado como Concorde en homenaje al famoso avión de los años setenta- corrió la misma suerte. Un cine considerado de “estreno” en sus mejores épocas, en los últimos años tuvo que sobrevivir con películas piratas que pasaba con total impunidad. Como dice el viejo dicho “la necesidad tiene cara de hereje”. Y, al Petit Thouars no le quedó más remedio para sobrevivir. Igual que otras salas, ahora Cristo vive en sus otrora cómodas butacas donde visioné en estreno la estremecedora La profecía.

Pero, fueron dos cines que calcando el formato de las salas gemelas dentro de una galería comercial, los que sobrevivieron incluso hasta el presente siglo. El antecedente que tuvimos de las multisalas actuales fueron las salas gemelas incrustadas en un centro comercial. Casi siempre les ponían nombres que relacionaban a parejas famosas de la historia. Así tuvimos en el corazón de Lima a los cines Adán y Eva -actualmente acondicionadas como multisalas-; en Miraflores al Romeo y Julieta, convertido el último hoy en un teatrín; y en Lince al Arenales Ámbar y Arenales Jade. Funcionaban en los altos del Centro Comercial Arenales, un complejo de galerías de cuatro niveles, con estacionamiento en los altos y ascensor con lunas trasparentes -creo que el primero de su tipo que funcionó en Lima-. El complejo estaba proyectado para ser el “hot center” de Lince; pero la idea nunca funcionó y los cines ubicados en el último piso comenzaron a languidecer. Sin embargo le hicieron la lucha y pese a que en los últimos años las proyecciones eran harto defectuosas (las imágenes borrosas y el sonido deforme daban la impresión de presenciar una película de ensayo vanguardista), y si bien a veces no cumplían con lo programado, sus precios eran bastante competitivos (recuerdo haber visto allí con mi hermano Los Otros de Alejandro Amenábar). En una época en la cual el dvd todavía no se había masificado, una entrada a precio razonable hacía atractiva la oferta y la sala se colmaba sobretodo de escolares, universitarios y parejas que buscaban un lugar oscuro para estar juntas. Hace dos o tres años tuvo que cerrar irreductiblemente, justo cuando el dvd se convierte en asequible a todos los bolsillos, pero se defendió hasta el final. Murió de pie como los grandes.

*****

Ya adulto, sin la tutela familiar y con dinero en el bolsillo, comencé a aventurarme por mi cuenta, costo y riesgo a los cines de barrio de otros distritos. Entraba a cines como el Primavera en Surquillo a función de noche. Salir a la medianoche del cine y presenciar la fauna que pululaba en la avenida era un espectáculo mejor que la película vista: prostitutas, paseros, fumones y arrebatacarteras. El Susy en San Juan de Miraflores también lo visité (me parece que ahora es un bingo). En la Mutual donde trabajaba de cajero, cuando era estudiante de derecho, me destacaron a la agencia de San Juan que quedaba frente al cine, así que saliendo del trabajo, cruzaba la avenida Los Héroes para visitarlo; y, aunque las butacas eran bastante incómodas, me gustaba ese ambiente informal, más laxo que existía en aquellas salas. Siempre salí ileso en esas andanzas, quizás suerte o debo tener un ángel guardián que cuida mis espaldas, y más bien era fascinante espectar esa fauna andante y sobretodo ver a las chicas de la noche que exhibían sus atributos cuando comenzaba a oscurecer.

Sin embargo, fue en los años ochenta, cuando se liberaliza el porno, que comienzo a ir a las funciones de medianoche en los cines de barrio. El cine Brasil quedaba a pocas cuadras de mi nueva casa –me había mudado de Lince a Pueblo Libre, un distrito de clase media bastante tranquilo en aquellos años, con casitas de dos pisos y parques por doquier-, así que iba a las funciones de porno duro a la medianoche.

La medida ordenada por el segundo gobierno de Fernando Belaunde –proyectar el hard core o porno duro a partir de las doce de la noche- era disuasiva, a fin que por la hora asistan pocos parroquianos; pero, cual aquelarre congregatorio, lo que se generó a partir de la medianoche fue todo un festival de distintos tipos de personas: desde los habituales asistentes a la función, casi siempre hombres solos que esperaban a que se abra la boletería, pasando por los sangucheros con su popular pan con hot dog encebollado o para los más misios pan con huevo frito, sánguches que habían sobrado de las funciones diurnas, los emolienteros con su rica linaza calientita señor para el frío, acompañada de algunos extractos de siete raíces, los chiquillos que vendían los consabidos chicles, chocolates y cigarrillos, hasta las chicas de la noche que pululaban alrededor del cine para cargar con algún parroquiano excitado con la proyección. La medida del arquitecto restaurador fue un claro ejemplo que de buenas intenciones se encuentra empedrado el camino al infierno.

Algunas chicas, con la complicidad del administrador o del boletero, entraban a la sala y comenzaban a ir de asiento en asiento ofreciendo sus servicios, y donde veían un tipo urgido por las premuras de la naturaleza lo levantaban en vilo sin mayores contemplaciones. Primero se sentaban al lado del “target”, le comenzaban a acariciar ya se imaginan que, le metían floro hablándole suavecito cerca de la oreja, con mordidita incluida, y si el tipo aceptaba cargaban con él. Algunas se lo llevaban al baño, donde lo despachaban en un dos por tres y luego volvían a entrar a la sala en busca de otro cliente, otras le hacían una fellatio en plena butaca, con lo que teníamos un doble espectáculo: la película y la escena en el asiento de al lado. Era como estar en una orgía virtual. Había algunos que excitados con lo que veían comenzaban a masturbarse en la misma sala, así que la función terminaba con olor a semen por todos lados.

Pero también aparecieron los travestis, que comenzaron a rivalizar y hacer fuerte competencia a las chicas. La verdad no tenían nada que envidiarles, andaban escotados, enseñando sus atributos, “marketeándose”. Solo una vez en mi vida cargué con uno. Fue mi primera y única experiencia con un travesti (“para probar” como se dice). Para ser franco, al momento de la verdad no se me puso duro duro, pese a los esfuerzos, arte y mañas que puso “Margot” (lo llamaremos así). Quizás el nerviosismo o la impresión de la primera vez. Al final Margot tuvo que usar su boca para sacarlo todo, que, dicho sea de paso, la usó hábilmente. Solo he conocido una mujer con una maestría de esa naturaleza para hacerlo.

El Broadway era otro cine cercano a mi nueva casa. Sala enorme, una sola platea. Se notaba que había conocido mejores épocas, como aquellas mujeres de esplendores pasados que brilla un atisbo de sus mejores tiempos, pero cuando lo visité estaba en plena decadencia. Me gustaba el color de sus butacas: rojo. Allí presencié algunas películas de terror, un género favorito, como Cuentos de la cripta, Shocker: 100,000 voltios de terror y Cementerio de mascotas. El Broadway nunca se animó a pasar películas porno en trasnoche, y ahora –junto con el cine Brasil- fueron derruidos para dar paso a los edificios multifamiliares de Mi Vivienda; así que las apacibles y pequeño burguesas familias que habitan en esos pequeños departamentos no saben que reposan sobre entretenidas y olorosas historias de otras épocas.

En los años noventa, con la apertura neoliberal y los cambios que ocurrieron en el país, amén del terrorismo que golpeó duramente al país la década anterior, los cines de barrio desaparecieron. Cerraron, otros hasta fueron tapiados para evitar que los invadan o entren los fumones, como pasó con el cine Porvenir en La Victoria, y convertidos gradualmente en iglesias evangélicas, bingos o destruidos para levantar los edificios de Mi Vivienda que vemos por distintos lados.

Los cines de barrio marcaron todo una época. Son parte del recuerdo de cuando los caballeros salían a la calle con saco, corbata y una flor en el ojal, y ofrecían un blanco pañuelo con olor a colonia a su acompañante por si quería secarse el rostro o sonarse la nariz. Cuando las damas para ir al cine usaban traje de vestir, zapatos de taco y medias de nylon, y los niños iban con pantalón corto y corbata michi. Cuando los hombres cedían el asiento a las féminas sin importar la edad y se tenía que pedir permiso al papá o mamá para salir con la muchacha de tus sueños y hasta cierta hora, nada más. Donde para caer a una chica debías preparar y ensayar un discurso más inflamado y largo que de político tradicional, y si te daba el sí, la mayor osadía era agarrarle la mano amparado en la oscuridad de la sala. De una clase media que se iría extinguiendo poco a poco entre las sucesivas crisis económicas que vivió el país. De cuando todavía se respiraba un aire a ingenuidad y no a cinismo despiadado. Cuando todavía existían ciertos valores y no el frío pragmatismo de ahora. Y los guardamos en lo más querido de nuestro corazón: de aquellos años felices de nuestra infancia y juventud.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es

martes, junio 03, 2008

EL DIARIO DE LOS MUERTOS


A cuarenta años de La noche de los muertos vivientes (1968), filme de culto del cine de terror -aunque de acción un poco lenta para las nuevas generaciones-, George Romero puso al día un tópico que si bien no es de su creación –los zombis ya existían en el cine y provienen de la tradición mágico-religiosa- significó una revitalización del sub-género y una fuente de inspiración para nuevos realizadores como Danny Boyle (28 días después, 2002).

George Romero ha mantenido actualizado el tema de los zombis dándole giros de tuerca a cada presentación. Así, la entrega anterior –la cuarta-, La tierra de los muertos vivientes (2005), con más dosis de acción, trataba el tema de las desigualdades sociales en la Norteamérica de hoy y la “justificación” de la conculcación de los derechos ciudadanos como justificatoria de un control del terror que viene de fuera, en clara alusión al ambiente de paranoia persecutoria post 11-S.

La presente quinta entrega trata otro tema recurrente: el manejo de la información a través de los medios de comunicación, gracias al internet, y en el contexto del ambiente post 11-S, donde los medios jugaron un factor importante. Efectivamente, con reminiscencias a El proyecto de la bruja de Blair (1999) en el sentido de usar una cámara en mano para ir desarrollando la historia (gran parte de la película la vemos “a través” de una cámara que va registrando los hechos), vemos a un grupo de jóvenes acompañados de su profesor que realizan una película de terror en plena noche, cuando se ven sorprendidos por la invasión de los muertos vivientes que azolan distintas ciudades del mundo (esta vez ya no existe una explicación del origen del mal, sino que se da por supuesto). El nudo de la trama está en la sobreviviencia del pequeño grupo humano y cómo van subiendo a la red las imágenes mostradas en una suerte de documental en tiempo real. El dominio de las imágenes sobre el texto escrito es predominante y solo se cree lo que se ve, en clara alusión al predominio de la “videocracia” en la época contemporánea (o “post moderna”).

La acción se ve privilegiada en la concentración del tiempo (los hechos pasan en horas), pero no llega a interesarnos ni envolverlos en el interés que tuvo la entrega anterior; sin embargo se deja ver y no deja de interesar por la temática tratada. Al parecer George Romero anuncia una continuación para el año 2009 con el título provisional de Diary of the Dead Sequel. Estaremos al tanto.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


EL DIARIO DE LOS MUERTOS [Diary of the Dead]
Dir. y guión: George A. Romero
c/ Joshua Close (Jason Creed), Scott Wentworth (Andrew Maxwell), Michelle Morgan (Debra Moynihan), Joe Dinicol (Eliot Stone)
EEUU/2007/Horror***/Estrenos

martes, mayo 27, 2008

INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CALAVERA DE CRISTAL


El gran mérito que tuvo la saga de Indiana Jones fue resucitar las seriales de antaño, cuando el episodio se quedaba en lo mejor, como para mantener el suspenso del espectador y tenga ganas de ver la continuación, no exento de ciertos toques de humor, seriales que por cierto nutrieron a los entonces niños Steven Spielberg (el director) y George Lucas (el productor), uniéndose en un proyecto que por el éxito comercial obtenido tiene hasta la fecha cuatro entregas.

Los elementos de la trama de los filmes que comprenden los episodios tienen en común la búsqueda y el descubrimiento de un objeto sagrado que posee propiedades mágico-religiosas, sea el arca de la alianza, una piedra mágica, el cáliz donde bebió Cristo o una calavera de cristal, objetos que deben ser protegidos de las “fuerzas del mal” (los nazis antaño, los comunistas en la cuarta entrega). Tocar el tema de lo desconocido (con una parte de certeza histórica o que el objeto existió) hace atractiva la trama. Otro componente es la “partner” o compañera en cada entrega, que sirve de contraste a la personalidad del héroe, llegando a niveles risibles y caricaturizables en la segunda parte, donde Kate Capshaw interpreta a la típica “rubia tonta”. El lugar de los hechos también es importante, debe ser un lugar exótico en el imaginario norteamericano, sea el Medio Oriente, la India o la selva amazónica. Otra característica es la utilización de los efectos especiales hacia la parte final de la película, al momento de la resolución de la trama, cuando espectamos ante el asombro el “poder sobrenatural” del objeto hallado, con lo cual concluye la película, tras un breve epílogo en que el héroe parte a nuevas aventuras.

Spielberg es un gran contador de historias y sería mezquino decir que en la presente no lo hace bien. Nutrido en el cine clásico norteamericano, sabe narrar limpiamente, divirtiendo a veces (genial la ocurrencia del topo al inicio de la película) y dando algunas pinceladas para que el espectador se contextúe en la época (los locos años 50 de la guerra fría y el macartismo).

La cuarta entrega nos trae más viejo al héroe. No en vano han pasado veinte años, no siendo los nazis el principal enemigo sino los comunistas de la Unión Soviética, en esta eterna lucha entre el bien y el mal (en el esquematismo del cine norteamericano).
Las similitudes entre la primera (la mejor de todas) y la cuarta entrega saltan a la vista. No solo en el retorno de viejos personajes, sino también en el escenario (la selva amazónica); la villana (extraordinaria Cate Blanchett), es una versión femenina del rival de Indiana Jones: el culto Dr. Belloq; o el desenlace, muy similar, donde “los malos” mueren por la “ira divina”. Similitudes que es de suponer no se deben a un agotamiento de la saga propiamente (todo indica que tendremos una siguiente entrega), sino a ese “reencontrarse” los seguidores de las aventuras del Dr. Jones con su héroe de la infancia o la juventud, seguidores que naturalmente también están un poco más viejos; y los que recién lo conocen será un descubrimiento. Por cierto el personaje de Shia LaBeouf (al estilo de Marlon Brando en su fase rebelde), es el elemento joven que atraiga a los “teenagers”.
No vamos a entrar en los desaguisados de las inexactitudes geográficas, históricas y culturales sobre nuestro país que acomete el viejo Indy (que pareciera por los barbarismos dichos que su grado de doctor lo debe haber adquirido en el mítico jirón Azángaro) dado que se trata de una ficción y no un documental que exija fidelidad; además que para “los gringos” todos los países que se encuentran al sur del río Grande son iguales. Ignorancias del etnocentrismo.

La cuarta entrega de la saga entretiene, que es el cometido del director y los productores, mantiene un ritmo que no decae y se toma con mucho humor la historia contada, como diciendo, total, se trata de una fantasía, no se la tomen tan en serio.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CALAVERA DE CRISTAL [Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull]
Dir: Steven Spielberg
Guión: David Koepp; basado en un argumento de George Lucas y Jeff Nathanson
c/ Harrison Ford (Indiana Jones), Cate Blanchett (Irina Spalko), Karen Allen (Marion Ravenwood), Ray Winstone (Mac), John Hurt (profesor Oxley), Shia LaBeouf (Mutt Williams)
EEUU/2008/Acción, aventuras***/Estrenos

sábado, mayo 24, 2008

ALATRISTE


Alatriste ha sabido captar la esencia de ese gran imperio español que en todo su esplendor también reflejaba sus miserias y futura decadencia. Contada a la manera de la picaresca, nos da cuenta a través del personaje central, el capitán Alatriste, mercenario al servicio de su majestad imperial, de las distintas clases sociales en la España del XVI. De las maquinaciones al interior de la Corte, de la frivolidad de un rey que no gobierna y de un pueblo al que no llega el oro de América. Genial la recreación de Francisco de Quevedo, como el escritor de panfletos que siempre tuvo problemas con el poder, así como estupenda la actuación de Viggo Mortensen encarnando al soldado que alquila su espada, escéptico de Dios y de los poderosos del mundo, pero con orgullo y valor.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


ALATRISTE
Dir: Agustín Díaz Yanes
Guión: Agustín Díaz Yanes; basado en las novelas "Las aventuras del Capitán Alatriste" de Arturo Pérez-Reverte
c/ Viggo Mortensen (Alatriste), Elena Anaya (Angélica de Alquézar), Javier Cámara (Conde Duque de Olivares), Jesús Castejón (Luis de Alquézar), Antonio Dechent (Garrote), Juan Echanove (Francisco de Quevedo), Eduard Fernández (Copons), Francesc Garrido (Saldaña), Ariadna Gil (María de Castro), Enrico Lo Verso (Malatesta), Cristina Marcos (Joyera), Eduardo Noriega (Duque de Guadalmedina), Blanca Portillo (Bocanegra), Unax Ugalde (Íñigo Balboa)
España/2006/Aventuras/Dvd/Las que nunca se estrenaron

martes, mayo 20, 2008

IRON MAN


Es difícil encontrar una buena adaptación de comic al cine. A veces las fallas se encuentran en el reparto, en los actores “de carne y hueso” que deben interpretar al personaje legendario o al villano. Iron Man encontró el “cast” adecuado. El personaje interpretado por Robert Downey Jr. tiene las dosis necesarias para darle la credibilidad a su personaje: cínico, pragmático, es “más real” que la encarnación asexuada e ingenua de Spider man, por citar un ejemplo reciente.

La película tiene partes bien marcadas: la primera, cuando Tony Stark es apresado por un grupo terrorista afgano y crea en cautiverio el modelo de Iron Man ayudado por otro científico, luego la fuga y el posterior regreso con la idea de emplear el gran robot humano a fines pacíficos, hasta el duelo final con Obadiah Stane (excelente Jeff Bridges). En ninguna parte pierde interés el filme y más bien tiene sus toques de humor como la humanización del robot asistente, sin tomarse el personaje central muy en serio el papel de héroe, evitando así la solemnidad aburrida de otros comics.

Iron Man promete continuación obligada. Ojalá esté al mismo nivel o lo supere.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


IRON MAN
Dir: Jon Favreau
Guión: Mark Fergus, Hawk Ostby, Art Marcum y Matt Holloway; basado en los personajes creados por Stan Lee, Larry Lieber, Don Heck y Jack Kirby
c/ Robert Downey Jr. (Tony Stark/Iron Man), Terrence Howard (James Rhodes), Jeff Bridges (Obadiah Stane), Shaun Toub (Yinsen), Gwyneth Paltrow (Virginia "Pepper" Potts)
EEUU/2008/Acción, CF***/Estrenos

martes, mayo 13, 2008

POSDATA: TE AMO


Posdata te amo trata una variante del tema del amor: el amor después de la muerte. Enfoca un tema poco tratado en el cine: el desprendimiento que realiza la persona que fallece, dando “instrucciones por correo” a su pareja para que rehaga su vida, incluso con un tercero. Es peculiar, porque el amor en Occidente ha tendido a ser visto como algo exclusivo y exclusivista, donde se debe llorar al ser amado que se fue (incluso si se trata de una ruptura entre vivos), y más raro aún, buscarle un sustituto como plantea el filme, dado que pertenecemos a una cultura muy individualista.

Dividida de acuerdo a las estaciones del año, su estructura cíclica comienza y termina con el invierno, la estación de los muertos, pero también del renacer de los vivos, del volver del valle de las sombras, renovándose. Precisamente una de las mejores escenas es la del funeral. Contraria a la tradición lúgubre, el funeral, a pedido de Gerry, es gozoso, festivo, recordándolo como fue en vida. El mejor homenaje que se puede hacer a la memoria de un difunto.

Quizás el filme adolece de un exceso de metraje (los flash backs que dan cuenta del romance de la pareja en el pasado son demasiado extensos), pero Postdata: te amo se sale de los cánones tradicionales de este tipo de películas, que por lo común caen en el exceso de almíbar, y sobretodo podemos apreciar en papel secundario a Kathy Bates como la suegra recelosa del yerno difunto y la mamá protectora de la joven viuda. Apreciar su performance, como siempre, es un placer aparte.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


POSDATA: TE AMO [P.S. I love you]
Dir: Richard LaGravenese
Guión: Richard LaGravenese y Steven Rogers; basado en la novela de Cecelia Ahern
c/ Hilary Swank (Holly Kennedy), Gerard Butler (Gerry Kennedy), Kathy Bates (Elizabeth)
EEUU/2007/Comedia romántica***/Estrenos

viernes, mayo 09, 2008

LOS SOÑADORES


El Mayo francés visto a través del filtro del tiempo.

Una de las últimas películas de Bertolucci, Los soñadores, es un canto de elegía de una época tan convulsa y renovadora como la de los años sesenta, vista con la mirada reposada que solo concede el tiempo (según el realizador quiso hacer una película que reflejara la triple revolución que se produjo: la cinematográfica, la sexual y la política del mayo Francés). Visión crítica y a veces desencantada de una época en que los jóvenes pequeño burgueses jugaban a la revolución bien protegidos por papá. Los íconos de aquel tiempo están impregnados en el filme: los posters de Mao, las lecturas marxistas, la muerte de Dios, el asalto y “transformación” de la sociedad. Son los años en que Sartre le ganó a Camus, y la intelectualidad francesa giró casi toda a las distintas formas de marxismo y sus combinaciones a veces media rocambolescas con el estructuralismo y el sicoanálisis. En eso, Francia siempre ha sido el centro del pensamiento.

Pero, Los soñadores también es un recuerdo de los años celebratorios de la cinefilia, de la gloriosa Cinemateca francesa, donde el propio Bertolucci se formó como cineasta, de la nueva ola, de las películas clásicas y modernas que aquellos jóvenes devoraron con fruición. Los “guiños” y citas cinematográficas son constantes y cálidas, son los recuerdos más apreciados, más queridos y mejor guardados en la memoria, y los que mejor expresa el filme, vistos con la distancia que permite solo el tiempo, y donde la edad de los protagonistas es la que tenía el realizador en aquellos años.
El departamento donde se desarrolla gran parte de la historia representa el útero materno, la protección y la seguridad frente a la hostilidad del mundo, donde los dos hermanos, junto a su amigo, pueden jugar tranquilamente a la revolución y a hacer el amor. Como sucede en otros filmes de Bertolucci, la relación cuasi incestuosa de los personajes es una constante que explica sus actos, y como deudor tributario del maestro Visconti, los cuerpos desnudos y revueltos son un regocijo sensorial, un canto a la desnudez inocente y pura. Apreciar esos cuerpos desnudos es retrotraernos a nuestra más remota infancia.

Los soñadores al final despertarán de su sueño, cuando la brusca realidad, representada en la guardia de asalto, desbarate su utopía y su revolución de letras y consignas de un mundo mejor y marque el comienzo del fin de una época que ya no volverá.

Si bien Los soñadores se estrenó hace un par de años en nuestro país, casi pasó desapercibida la exhibición al darse en una solitaria sala del CC de la Católica a la que es imposible a veces acceder por razones de horario o de distancia en una ciudad con más de siete millones de habitantes, por lo que ahora está disponible en dvd para quienes aprecien la trayectoria de un realizador que conoció mejores momentos (El conformista, El último tango en París, Novecento y La luna son la cúspide de su obra), pero que a pesar de eso se deja ver y es superior a cualquier blockbuster tradicional que llega a nuestras costas. Vale la pena, aprovechando que estamos en el mes de la celebración de los cuarenta años de Mayo 68.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


LOS SOÑADORES [The dreamers]
Dir: Bernardo Bertolucci
Guión: Gilbert Adair; basado en su novela "The holy innocents"
c/ Michael Pitt (Matthew), Eva Green (Isabelle), Louis Garrel (Theo)
UK-Fra-Ita/2003/Drama***/Dvd/Películas del ayer

martes, mayo 06, 2008

PROMESAS DEL ESTE


Cronemberg se inicio haciendo películas de horror de serie B, horror visceral para ser más preciso, aquel que no deja quieto en su asiento al espectador por las imágenes mostradas: Rabid, Scanners, Videodrome, The Fly, determinando esta última la culminación de la primera etapa de su obra. Posterior a esta etapa pertenecen: M. Butterfly, Crash y A History of Violence, donde prefiere hurgar en la personalidad de sus personajes, no sin dejar de perturbar por lo que el espectador va descubriendo, con un “horror más encubierto”, menos explícito que en sus filmes de la etapa de juventud. Siempre existe una doble identidad, una externa, “de apariencia”, y otra real, subterránea, que es “la monstruosa”. A esta segunda etapa pertenece también Eastern promises (llamada impropiamente entre nosotros como Promesas peligrosas).

Las películas que retratan el interior de “las familias” del crimen organizado han tenido hitos memorables en los últimos años: la saga del padrino en los años setenta o Buenos Muchachos a inicios de los 90. David Cronemberg ha roto esta valla con una historia cruda y violenta, de menos de dos horas, que no baja la tensión ni un momento, sustentada en muy buenas actuaciones, comenzando por la de Viggo Mortensen (que merecidamente le valió la nominación al Óscar) y una historia sólida (que por el “making off” del dvd nos enteramos que el guionista se “empapó” por dentro de cómo funciona la mafia rusa).

El filme parte de un hecho aparentemente anecdótico pero que servirá para desarrollar la trama: una adolescente embarazada es asistida de urgencia en víspera de dar a luz, naciendo la niña pero falleciendo la madre. Como no se sabe nada de la muchacha, esta deja solo un diario que está escrito en ruso. Ese hecho simple irá “jalando” la historia, volviéndola más compleja conforme se desarrolla la trama, apareciendo personajes diversos, hasta el giro de tuerca de la verdadera identidad del personaje de Viggo Mortensen y la resolución final que deja las conclusiones al propio espectador.
La forma jerarquizada de la mafia rusa, eminentemente machista, donde la mujer tiene un papel secundario de satisfacer al hombre y engendrar hijos, con un padre que es cabeza de familia y dueño absoluto de la vida de sus “vasallos” a la usanza de los antiguos señores feudales de la aristocracia rusa (Nikolai dice en un parlamento “el esclavo sólo tiene hijos esclavos”), vamos penetrando en esta subcultura que tiene sus propios códigos de conducta y considerada como una de las mafias más herméticas que existen.

Precisamente, Promesas del este tiene puntos en común con Una historia violenta, conformando en la práctica un díptico: el tema de la mafia, la identidad secreta del protagonista, la violencia subterránea de los personajes (la escena de la lucha desnudo de Viggo Mortensen en los baños turcos contra dos asesinos es de antología), “la concesión” en la historia al gran público sin traicionar su temática, con tramas menos crípticas que sus anteriores filmes, que requerían un esfuerzo mayor del espectador.

Con un estilo seco y conciso (marca de Cronemberg), con los cortes precisos, nos va haciendo penetrar en esta historia alucinante y real a la vez (la red de prostitución internacional y las drogas), cuál entomólogo vamos presenciando el horror sin saturación, sin excesos, solo lo justo para que el espectador “sienta” lo que quiere trasmitir la historia. Juego de identidades, David Cronemberg ha decantado un estilo que lo ha hecho suyo luego de muchos años de ejercicio tras las cámaras y si en Una historia violenta había llegado a una madurez difícil de superar, con Promesas del este ha roto su propia marca.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


PROMESAS DEL ESTE [Eastern promises]
Dir: David Cronenberg
Guión: Steve Knight
c/ Viggo Mortensen (Nikolai Luzhin), Naomi Watts (Anna Khitrova), Vincent Cassel (Kirill), Armin Mueller-Stahl (Semyon), Sinéad Cusack (Helen), Jerzy Skolimowski (Stepan)
UK,Can,EEUU/2007/Thriller****/Estrenos

jueves, mayo 01, 2008

LAWRENCE DE ARABIA


Uno de los errores más frecuentes de las biopic con aliento épico es caer en la grandiosidad, en lo solemne, lo que vuelve al filme en pretencioso, acartonado y muchas veces fatuo y vacío, convirtiendo al personaje de carne y hueso en un santo que levita en el cielo. Ese error lo soslaya Lawrence de Arabia al acercarse al personaje con calidez, simpatía y tratarlo como un ser humano y no como un Dios; sobretodo a un personaje que rozó la leyenda y que estuvo presente y fue actor principal cuando nace Arabia como país durante la I Guerra Mundial, así que el marco histórico no podía ser mejor. Las escenas de acción se combinan con las de intimidad del personaje, un ser contradictorio y que sufría fuertes depresiones, aparte de su evidente y voceada homosexualidad y narcisismo, que acá se sugiere implícitamente en vista que la censura de la época no dejaba pasar otra cosa. Otro detalle importante es el paisaje, el desierto es otro personaje más, está allí presente, silencioso, inclemente y desafiante, dispuesto a devorarse a los más débiles. Igualmente la música es parte de la película, no solo es incidental, sino que sin la banda sonora la película sería otra. La obertura de cerca de cuatro minutos con que empieza el filme es maravillosa, “hace sentir” la magia del desierto. Esas largas películas (dura cerca de cuatro horas), con all stars incluido (están todas las grandes estrellas del momento), es algo infrecuente en nuestros tiempos, más de multicines, salas pequeñas y películas sin intermedio. Con todo, Lawrence de Arabia, con sus 45 años a cuestas, mantiene su frescura y se deja ver como el día de su estreno.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


LAWRENCE DE ARABIA [Lawrence of Arabia]
Dir.: David Lean
Guión: Robert Bolt, Michael Wilson
c/ Peter O'Toole (T.E. Lawrence), Alec Guinness (Prince Feisal), Anthony Quinn (Auda abu Tayi), Jack Hawkins (General Lord Edmund Allenby), Omar Sharif (Sherif Ali), Anthony Quayle (Coronel Brighton), Claude Rains (Mr. Dryden), Arthur Kennedy (Jackson Bentley), Donald Wolfit (General Sir Archibald Murray)
UK/1962/Drama histórico, biopic***/Dvd/Películas del ayer

lunes, abril 28, 2008

LUZ SILENCIOSA


Luz silenciosa es una película atípica. No hay acción, mayormente predominan los tiempos muertos, y encima al final se presencia un milagro de resurrección, sin ser propiamente una película religiosa.

La trama de Luz silenciosa gira en torno a un triángulo amoroso, solo que a diferencia de otros tantos, el drama está más bien relacionado con el remordimiento de conciencia que sufren los trasgresores ante la incapacidad de frenar su pasión y el perjuicio que causan al tercero. Por eso Johan se pasa llorando toda la película, impotente ante esa lucha interna entre el placer por “el fruto prohibido” y su responsabilidad ante la esposa y sus hijos. A nosotros nos puede parecer ridícula su actitud, pero ubicada en el contexto social y religioso del personaje central (en una comunidad menonita), no tanto.

Filme religioso sin serlo explícitamente, donde la religiosidad se encuentra expresada en la naturaleza y en las turbaciones que aquejan a los personajes (para el padre de Johan el causante de la desgracia de su hijo es el diablo, para él se trata más bien de una prueba de Dios). Precisamente la naturaleza es el actor oculto o implícito que está allí siempre, así como el tiempo que trascurre implacable muy al margen de las tribulaciones de los hombres que en vano quieren detenerlo (ver la secuencia en que Johan quiere “parar el tiempo” deteniendo el reloj de pared). La vida es efímera y nuestros desvelos y afanes no son nada frente al cosmos que lo abarca todo (el filme se abre y se cierra con tomas contemplativas del inicio y el fin del día, en un eterno ciclo de comienzo y fin, suerte de rueda del tiempo, cosmovisión de muchas culturas antiguas, incluyendo la Maya).

Celebración panteísta de la vida, pero también divina, de piedad pero asimismo de gozo, de vida y de muerte, de placer y de remordimiento, de los opuestos que conforman el trascurrir de la existencia y el cosmos.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


LUZ SILENCIOSA [Stellet licht]
Dir y guión: Carlos Reygadas
c/ Cornelio Wall Fehr (Johan), Miriam Toews (Esther), María Pankratz (Marianne), Peter Wall (padre), Elisabeth Fehr (madre)
Méx,Fra,Hol/2007/Drama/Estrenos

miércoles, abril 23, 2008

EXPIACIÓN


Expiación es una película interesante y que fue ninguneada por cierta crítica local cuando fue su estreno. Suerte de “caja china” de sorpresas que sabremos solo al final.
Estamos en la Inglaterra de los años 30, en vísperas de la segunda guerra mundial. Todavía las clases sociales son rígidas e impiden la movilidad social. Es un verano caluroso y en una casa de campo sucederá un hecho que cambiará las vidas de los directamente involucrados.
Metáfora del eterno dilema entre realidad y ficción, o de cómo la ficción puede “sustituir” a la realidad, Expiación trata –entre otras lecturas- sobre las compensaciones que la ficción puede conceder a la realidad, cuando esta es torturante y no nos deja en paz, como le sucede al personaje de Briony, escritora en ciernes que acusa sin fundamento a un joven que trabaja en su casa de violación a una menor. Ese hecho marcará definitivamente su existencia, tratando de buscar la expiación a sus culpas a través de la última novela que escribe (la escena donde con fruición se lava las manos es síntoma de la “limpieza” de la culpa que quiere exorcizar).

De las tres partes que contiene el filme, la mejor es la primera, tanto en intriga, en drama, en atmósferas, recreación de época y en ser el “disparador” de lo que vendrá después. El sonido de fondo del tecleado que escuchamos reiteradamente a lo largo de la película, es la máquina de escribir de Briony escribiendo su novela de “expiación” de aquella –ya lejana- culpa de juventud que la perseguirá toda su vida.

Es un placer ver a Vanessa Redgrave siquiera en un corto papel interpretando a la protagonista principal ya anciana y novelista famosa, que en entrevista revela la verdad de lo que sucedió y la deuda que tiene con los personajes muertos y en cómo quiere saldarla. Su enfermedad, suerte de Alzheimer, es quizás un bálsamo para la tortura en que vivió desde aquella tarde calurosa de verano de hace muchos años (incluso podemos especular que la pérdida de memoria que adolece al final de sus días sea “buscada” por ella misma para aliviar así sus culpas). Son las deudas que nos cobra la vida.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


EXPIACIÓN [Atonement]
Dir: Joe Wright
Guión: Christopher Hampton; basado en la novela de Ian McEwan
c/ Keira Knightley (Cecilia Tallis), James McAvoy (Robbie Turner), Saoirse Ronan (Briony Tallis con 13 años), Romola Garai (Briony Tallis con 18 años), Vanessa Redgrave (Briony Tallis anciana)
UK/2007/Drama***/Estrenos

viernes, abril 18, 2008

EL ORFANATO


Las películas de terror tienen la vertiente de las “casas embrujadas”, es decir hechos sobrenaturales que suceden en casas donde ha pasado algo terrible, generalmente asociado a uno o varios asesinatos o muertes espantosas, cuya repercusión afecta a los nuevos moradores, casi siempre desconocedores de lo que sucedió en el pasado. La casa, por cierto, debe ser antigua, de esas con grandes puertas que chirrían y ubicada en un lugar desolado.

El último experimento español con esos ingredientes y con gran éxito de taquilla fue la conocidísima Los otros (2001), filme internacionalizado gracias al patrocinio y actuación de Nicole Kidman, muy interesada en el papel central a fin de darle a su carrera un giro dramático (que lo consiguió, su performance es notable) más allá de los papeles insulsos que había protagonizado hasta ese momento.
El orfanato ha querido repetir el éxito internacional que significa colocar un filme español en Hollywood y de allí repercutir a los demás países, consiguiendo una distribuidora internacional que se haga cargo. Y como que lo ha conseguido, rompiendo taquillas donde se ha estrenado. Pero, el resultado dista mucho del filme de Amenábar, mucho más consistente, interesante y con recreación de atmósferas hasta el final.

Efectivamente, El orfanato se basa en “elementos sorpresa” bastante manidos que “asusten” al público como la mano de la muerte atropellada (Benigna) que sostiene fuertemente el brazo de Laura, o los ruidos misteriosos de la casa, buscando una explicación lógica o sobrenatural. Concebida como un juego infantil (hay que buscar el “tesoro” y la clave para encontrarlo) la película se sostiene en la sólida actuación de Belén Rueda como la desesperada madre que busca a su hijo. Prácticamente está en todas las secuencias de la película, así que una actuación floja o deficiente habría hecho naufragar el proyecto.

El orfanato se deja ver, sobretodo para los aficionados a los filmes de terror. Solo eso.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


EL ORFANATO
Dir: Juan Antonio Bayona
Guión: Sergio G. Sánchez
c/ Belén Rueda (Laura), Geraldine Chaplin (Aurora), Fernando Cayo (Carlos), Roger Príncep (Simón), Montserrat Carulla (Benigna), Edgar Vivar (Balabán)
España/2007/Terror***/Estrenos

martes, abril 15, 2008

EL ASESINATO DE JESSE JAMES POR EL COBARDE ROBERT FORD


Esto sí es lo que se llama caer a lo grande. Filme pretensioso, de un esteticismo gratuito y con un ritmo lento que hace dormir al más duro, amén de las consecuencias del metraje excesivo de casi tres horas –dicen que la versión original duraba más de cuatro-.

La película narra a modo de documental los últimos meses en la vida del famoso bandolero Jesse James, cerrando con un epílogo trágico de quien lo asesinó. Pero, tratándose de diferenciar de otros westerns, donde prima la acción y los tiroteos, en El asesinato… priman los tiempos muertos, la inacción, el anti-clímax, regodeándose el realizador en un esteticismo banal y vacío de contenido.

Nos presenta a un asaltante acorralado, angustiado, inseguro, que elimina a sus propios compinches por temor a la delación, con un anti-héroe de doble vida (el hogar donde no saben siquiera su verdadero nombre y los asaltos) que sabe cuál es su destino final y de cierta manera lo coadyuva. Western crepuscular o anti-western muy distante a la saga épica o romántica del género, más en un tono decadente, como el de la época que describe que en uno elegíaco. Balada triste, lánguida de un tiempo irremediablemente enterrado en el pasado. Si bien las actuaciones son parejas, destaca sobretodo Casey Affleck como el que se hizo famoso por acabar con la vida del famoso asalta trenes. La personalidad de Robert Ford está muy bien trabajada, dándole el justo tono el joven Casey.

Esperemos que con este intento no se entierre definitivamente a un género que conoció épocas mejores.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


EL ASESINATO DE JESSE JAMES POR EL COBARDE ROBERT FORD
[The assassination of Jesse James by the coward Robert Ford]

Dir y guión: Andrew Dominik, basado en la novela de Ron Hansen
c/ Brad Pitt (Jesse James), Casey Affleck (Robert Ford), Sam Shepard (Frank James), Mary-Louise Parker (Zee James), Paul Schneider (Dick Liddil)
EEUU/2007/Western***/Estrenos

sábado, abril 12, 2008

LEJOS DE ELLA


Al tratar la historia de un personaje con enfermedad de Alzheimer (puede ser también el cáncer, el Sida o cualquier enfermedad incurable) se corre el riesgo de caer en el melodrama fácil y llorón. “Se está muriendo” o ya no se acuerda de nada (que es más o menos lo mismo que morir), es ir directo hacia la exacerbación de los sentimientos y ganarnos el personaje por la lástima que el espectador siente. Por ejemplo, en Historia de amor (Love Story, 1970), al final de la proyección toda la platea lloraba junto a Ryan O’Neil por la pérdida irreparable de Ali Mc Graw.

Sarah Polley (actriz venida a la realización) logra superar ese escollo en su primer largo. En principio nada nos llama a lástima en el personaje de Julie Christie. Fiona -antes de perder totalmente la memoria- se percibe como una mujer independiente, que ha sabido con inteligencia mantener un matrimonio por más de cuarenta años con Grant, un profesor universitario jubilado, de quien pasó por alto las infidelidades con sus alumnas y en correspondencia él ha mantenido una relación estable, convirtiéndose con los años más en compañeros o amigos inseparables.
Es así que en pocos trazos nos enteramos del pasado de ambos, igual que de la personalidad de Fiona, quien decide por propia voluntad internarse en un centro médico especializado para personas aquejadas con el terrible mal, teniendo el filme dos partes bien marcadas: antes del ingreso al hospital y las consecuencias que genera el internamiento de Fiona; y, la segunda parte de la película que evita todo recurso fácil para ganarse al público y enfoca el progresivo deterioro de la protagonista con un distanciamiento que no permite caer en la sensiblería barata. Igual, la protagonista sigue siendo independiente, a pesar de la enfermedad, consigue nuevos amigos y revive un supuesto viejo amor (Aubrey), dejando en un segundo lugar de importancia a su esposo.

Justamente las tribulaciones las vemos más desde el lado de Grant: la decisión tomada contra su voluntad de internar a su esposa, del relegamiento a que se ve sometido por esta, y de cómo va formando una unión con la esposa de otro paciente internado también por Alzheimer (la relación entre Grant y Marian –esposa de Aubrey- ocurre en un tiempo posterior al internamiento de Fiona y la degeneración progresiva de su enfermedad), una suerte de compañía y comprensión en el sufrimiento mutuo (los que conozcan algo de esta enfermedad sabrán que más sufren los parientes que el propio paciente) hasta la resolución final (que, por si acaso, no termina en la muerte de la protagonista).

Los paisajes también juegan un papel importante: desolados, desérticos, como la memoria de Fiona desvaneciéndose, y en especial la presencia de la nieve, blanca como la memoria que se va borrando.
Lejos de ella es un filme interesante, que se mantiene con una trama bien trabajada y sobretodo actuaciones sólidas y parejas (muy en “la escuela británica”), donde resalta Julie Christie (Darling, Doctor Zhivago, Fahrenheit 451) con una extraordinaria performance que en honor a la verdad le debió merecer el Óscar mucho más que a la mimética y sobrevalorada Marion Cotillard.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


LEJOS DE ELLA [Away from her]
Guión y dir.: Sarah Polley, basado en el relato "The bear came over the mountain" de Alice Munro
c/ Julie Christie (Fiona Anderson), Olympia Dukakis (Marian), Gordon Pinsent (Grant Anderson), Michael Murphy (Aubrey)
Canadá/2006/Drama***/Estrenos

miércoles, abril 09, 2008

CHARLTON HESTON

Cuando mi comentario sobre Ben Hur estaba listo y posteado, luego que muy pocos días atrás había vuelto a ver esta buena película, me llega la noticia del fallecimiento de Charlton Heston.

Perteneciente al sistema de las grandes estrellas del Hollywood clásico, propiamente no era un gran actor, pero poseía lo que Armando Robles Godoy denomina “presencia”. Esos actores como John Wayne, Clark Gable y el propio Heston, que les bastaba con pararse frente a la cámara. Su cuerpo atlético, bien configurado, su “buen ver” y rasgos típicos de WASP (White anglo-saxon protestant) le abrieron las puertas del cine.

Actuó en infinidad de películas (55 días en Pekín, Marabunta, Los 10 mandamientos, Ben Hur, El Cid); pero, personalmente me quedo con una, El planeta de los simios (1968). Película concebida como de “serie B”, le insufló a su personaje un aliento shakesperiano trágico: escéptico ante la especie humana, duda de la existencia de cualquier ser divino que haya creado una raza tan abyecta y destructiva, se inscribe de voluntario en la misión espacial un poco para alejarse de este mundo. La escena final con la estatua de la Libertad derribada le concede la razón sobre la estupidez de la especie: “Lo hicieron, malditos, lo hicieron” clama impotente y desolado, cerrándose trágicamente así esta estupenda película de corte apocalíptico.

Tipo conservador, más cercano a los republicanos (era muy amigo de Ronald Reagan), Charlton Heston fue presidente de la Asociación Nacional del Rifle, que defiende el derecho de todo norteamericano a armarse como si estuviese en el lejano oeste. Michael Moore le hizo una notable entrevista sarcástica en Bowling for Columbine. Quiero imaginar –solo imaginar- que el deterioro que produjo en su mente la penosa y progresiva enfermedad que le iba borrando la memoria poco a poco, le hacía confundir realidad con ficción, y el buen Charlton confundía las películas donde había actuado y en las que hundía hasta la empuñadura del cuchillo o disparaba su escopeta hasta agotar las últimas balas contra todo indio, chino, gángster o villano que tuviese enfrente con la vida real, que casi siempre es más compleja que los filmes.

Quizás para él, al final de sus días, la vida era una gran película que estaba rodando con el gran Cecil o el notable Wyler. Descansa en paz.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es

viernes, abril 04, 2008

REVISITANDO BEN HUR

Después de muchísimos años he vuelto a ver Ben Hur, un poco por la semana santa, cuando siempre lo retransmiten. En la memoria tenía un filme lento, largo, pesado, que apenas se salvaba por la emocionante carrera de cuádrigas, amén que había iniciado en la juventud un proceso de alejamiento de mi iglesia nodriza y la película me guardaba un sabor a las historias consabidas de la vida de Jesús; por lo que trataba de evitarlo. Revisitando Ben Hur veo que mi memoria guardaba un retrato poco fiel. Es una cinta interesante, no solo un “cuento cristiano” como dice el subtítulo, sino la recreación de toda una época con personajes ricos en matices.

Por ejemplo, en la relación de Ben Hur con su amigo de la infancia Messala se especulaba que existía una relación homosexual entre ambos o por lo menos una atracción expresada en las miradas cruzadas al inicio del filme, cuando los dos amigos se reencuentran luego de muchos años. La verdad que no he podido encontrar nada de eso. Los defensores de la tesis podrán alegar que por la censura de la época no se podía ir más allá. De repente, pero yo no encontré nada de miradas lujuriosas o por lo menos cómplices o furtivas; lo que sí, en cambio, encontré en una película casi coetánea a Ben Hur, como Lawrence de Arabia (David Lean,1962), donde el realizador dibuja explícitamente una personalidad homosexual y narcisista del personaje central, el cual se sentía atraído por los jóvenes árabes que reclutaba para su sueño romántico de una Arabia unida y libre.

Lo más interesante –aparte de la memorable carrera- me pareció la travesía o viaje interior que realiza Judah. Desde el inocente joven al inicio del filme, que vive con su madre y hermana, prendado de la hermosa Esther, hija de su mayordomo, que víctima de la manipulación de Messala descenderá al infierno del odio y el ánimo de la venganza al verse acusado injustamente, sufrir por el encarcelamiento de su familia y confiscadas sus propiedades, odio y venganza que lo mantienen vivo en las galeras. De allí pasará a un estadio “mundano” cuando es adoptado por el Cónsul Arrius en agradecimiento por haberle salvado la vida, beneficiándose del lujo y los placeres sensoriales que brinda Roma –estadio al que corresponde la carrera de cuádrigas que expresa el ego, todavía no desprendido, de Ben Hur- hasta el estadio final que corresponde al perdón y a dejar de lado el espíritu de revancha, gracias al mensaje de Cristo, con quien se encuentra en algunos pasajes importantes de su vida. Es el estadio liberador del alma y el vivir reconciliado y en armonía consigo mismo.
Gracias a ese viaje interior, Judah recorre un camino en espiral. Vuelve a la bondad e inocencia de los inicios, pero enriquecido por el mensaje de Cristo. La dialéctica presente.

Precisamente en la imagen de Cristo se evita la grandilocuencia en la que comúnmente desbarrancan los filmes que abordan la vida del Mesías. A Cristo más “lo sentimos” que vemos propiamente. Nunca es presentado de frente o en primer plano, sino que su presencia es resaltada a través de fragmentos (unas manos que dan agua o acarician el pelo), de espaldas o a lo lejos. Con esos recursos magnifican su presencia, al sentir –debido a nuestro imaginario cultural- que estamos ante la presencia de “Él”, como el soldado romano que arrojando el cucharón de agua que Jesús le proporciona a Ben Hur en su camino a las galeras, al verlo cara a cara, por la expresión de su rostro sabemos se siente impotente ante esa presencia omnímoda, sin saber qué hacer para salir de la situación embarazosa en que se encuentra, conociendo nosotros que la causa es por estar frente al Mesías. O cuando Ben Hur lo mira cara a cara y siente una gran paz reflejada en su rostro, enfocado en primer plano. Al “sentir” la presencia de Cristo más que verlo, el sentimiento de magnificencia opera en nosotros, porqué sabemos se trata del Redentor, sin necesidad de que éste haga milagros (que si los hace) o aparezca como una imagen de estampita religiosa o con un discurso solemne y aburrido extraído de las sagradas escrituras, como tantas veces hemos presenciado en las cintas sobre su vida.

Como el subtítulo lo anuncia, Ben Hur es un cuento cristiano, aleccionador, de fábula, pero realizado con mucha inteligencia y paradójicamente por un director que era de origen judío.
Hasta donde tengo entendido fue un trabajo “de encargo” para el realizador William Wyler, pero como sucede con los realizadores de talento, impregnaba su yo al filme, convirtiendo lo que pudo ser un mamotreto denso y pesado en una obra de clase que hasta ahora pervive, y demostrando una vez más que cine comercial y calidad no están reñidos, cuando se hace las cosas con inteligencia y cuando se le insufla ese soplo creativo que logran solo las grandes obras maestras.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


BEN HUR [Ben-Hur: A Tale of the Christ]
Dir: William Wyler
Guión: Karl Tunberg, basado en la novela del General Lew Wallace
c/ Charlton Heston (Judah Ben-Hur), Jack Hawkins (Quintus Arrius), Haya Harareet (Esther), Stephen Boyd (Messala), Hugh Griffith (Sheik Ilderim), Martha Scott (Miriam), Cathy O'Donnell (Tirzah), Sam Jaffe (Simonides), Finlay Currie (Baltasar/ el Narrador), Frank Thring (Poncio Pilatos), Terence Longdon (Drusus), George Relph (Tiberius Caesar), André Morell (Sextus)
EEUU/1959/Drama histórico***/Películas del ayer

martes, abril 01, 2008

LA VIDA EN ROSA


Las biopic (biografías de personajes célebres llevadas al cine) pueden caer en la tentación de la grandilocuencia, es decir retratar casi como un santo laico al biografiado y por lo tanto tender al acartonamiento, a la frase solemne, a que estamos “ante” el personaje. Es el principal error que se puede cometer al llevar una biografía al cine.
El otro extremo son las biografías que recrean al personaje y/o al tiempo en que vivió, dándonos una arista inusual del biografiado o de la época y sociedad que le cupo en suerte. Son las biopic “creativas”, más toman al personaje de modelo o excusa para algo que nos quiere decir el realizador. Ejemplo de este filón son las biopics que puso en escena Milos Forman: Amadeus (1984) sobre la vida de Mozart; El lunático (1999) acerca del comediante Andy Kaufman; Larry Flynt (1996) sobre el pornógrafo más famoso de Norteamérica; manteniendo una constante: la originalidad del personaje contra su medio (musical, televisivo o social) que es marcadamente conservador, velador del statu quo y que trata de eliminar todo lo que sea novedad. En esa lucha permanente, tensa, entre la persona sui generis que se sale de los cánones tradicionales y el medio que trata de aplastarlo, es donde se va desarrollando el argumento, dando la sensación de apreciar algo “nuevo” sobre el personaje.

Un tercer camino es la corrección en retratar al biografiado. No lo eleva a los altares, pero tampoco logra niveles creativos que hagan interesante el filme. Es el caso de La vida en rosa (La Môme). La película es “políticamente correcta”, acicalada, con una escrupulosidad minuciosa en llevar los detalles de la vida de Edith Piaf (de allí también su excesivo metraje), pero que en ningún momento despega. Es más bien una serie de retratos bien elaborados, una colección de viñetas, pero que les faltó el armazón del collar para tener un conjunto y si no fuera por la actuación mimética de Marion Cotillard posiblemente el filme hubiera naufragado. Tenemos algunos momentos aislados buenos como los inicios de la cantante, duros y conmovedores a la vez, o su infancia recreada en un burdel donde recibe el afecto negado por la madre (y que marcó su inestabilidad emocional), o el amor por el boxeador Marcel Cerdan verdadera piedra a la cual se aferra para no naufragar.

La vida en rosa es un filme que más atrae por ver a la Cotillard trasformada en Edith Piaf que por los resultados mismos de la película.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


LA VIDA EN ROSA [La Môme]
Dir: Olivier Dahan
Guión: Olivier Dahan e Isabelle Sobelman
c/ Marion Cotillard (Edith Piaf), Gérard Depardieu (Louis Leplée), Jean-Pierre Martins (Marcel Cerdan)
Fra, R Checa, UK/2007/Biopic/Estrenos

viernes, marzo 28, 2008

MOLIÈRE


Se podría decir que Moliere es la versión francesa de Shakespeare apasionado, pero es más interesante que esta. Ubicada también en el siglo XVII, Moliere es un escritor todavía desconocido y acosado por los acreedores y una ingrata prisión por deudas, hasta que encuentra un salvador, un rico burgués que requiere su asesoría para montar una obra de teatro y conquistar los favores de una dama de la aristocracia, todo lo cual producirá enredos dignos de una comedia del gran escritor francés.

La puesta en escena es atractiva precisamente porque se monta como una comedia de enredos, donde van apareciendo los personajes con las características inherentes a su clase social, burlándose por igual de burgueses acaudalados, nobles venidos a menos y damas coquetas, frívolas y provocativas. Ese muestrario le servirá de inspiración al escritor galo para sus futuras obras, convirtiéndose en el gran maestro de la comedia que sería algunos años después. Vale la pena verla.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


MOLIÈRE
Dir: Laurent Tirard
Guión: Laurent Tirard y Grégoire Vigneron
c/ Romain Duris (Molière), Fabrice Luchini (Jourdain), Laura Morante (Elmire), Edouard Baer (Dorante), Ludivine Sagnier (Célimène), Fanny Valette (Henriette), Gonzague Requillart (Valère), Philippe du Janerand (Sr. Bonnefoy), Gilian Petrovski (Thomas), Sophie-Charlotte Husson (Madeleine Béjart)
Francia/2007/Comedia/Dvd/Las que nunca se estrenaron

lunes, marzo 24, 2008

30 DÍAS DE NOCHE


La novedad está en que los vampiros migran a Alaska esperando que se haga la noche por treinta días (de allí el título) a fin de ser invulnerables para chuparle la sangre a todo un pueblo. La película ha sabido dosificar las escenas de terror, sin exagerar los efectos especiales, y más bien se centra en el suspenso y los intentos de supervivencia de los humanos que resisten hasta quedar apenas un pequeño grupo.

Se nota que el realizador es un atento lector de las películas de John Carpenter, considerado como el ícono viviente de los filmes de terror, y en especial de El enigma de otro mundo (The thing, 1982) que también se desarrollaba en el polo norte. El final es típicamente carpenteriano, del héroe que se sacrifica, cargado de poesía, en una imagen plástica y bella del amanecer.
Asimismo, el diseño de los personajes, los ambientes claustrofóbicos, las contradicciones suscitadas dentro del grupo, son tributarias del gran maestro del cine de horror, manteniendo al espectador en vilo por cerca de las dos horas de proyección sin recurrir a trucos baratos.

Efectivo thriller de terror del mismo realizador de la inquietante Hard candy (2005) que pudimos ver hace algunos meses, 30 días de noche es un estreno interesante en un subgénero donde es difícil encontrar películas que valgan realmente la pena.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


30 DÍAS DE NOCHE [30 days of night]
Dir: David Slade
Guión: Steve Niles, Stuart Beattie y Brian Nelson; basado en la novela gráfica "30 días de noche" de Steve Niles y Ben Templesmith
c/ Josh Hartnett (Eben Oleson), Melissa George (Stella Oleson), Danny Huston (Marlow), Ben Foster (el extraño), Mark Boone Junior (Beau Brower), Mark Rendall (Jake Oleson), Manu Bennett (Billy Kitka), Megan Franich (Iris)
EEUU/2007/ Terror, thriller***/Estrenos

jueves, marzo 20, 2008

MATAR A UN RUISEÑOR


Conserva su frescura y candor de cuando fue filmada. La segregación racial en los años de la depresión vistos desde los ojos de una niña. La película causó revuelo en el contexto de los años 60, cuando la lucha por los derechos civiles de las minorías negras dio origen a una serie de movimientos de distinto calibre, unos más radicales que otros. Fue el sacudir de una Norteamerica todavía conservadora de taras de siglos pasados.
Es curioso, será por deformación profesional, en mis recuerdos la escena del juicio era más extensa y, vista de nuevo ahora, no lo era tanto. Más bien trata de retratar ese ambiente de opresión e ignorancia que se vivía en el “deep south”. Memorable la actuación de Gregory Peck como el abogado defensor del hombre negro que quiere ser linchado.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


MATAR A UN RUISEÑOR [To kill a mocking bird]
Dir: Robert Mulligan
Guión: Horton Foote basado en la novela homónima de Harper Lee.
c/ Gregory Peck, Mary Badham, Phillip Alford, Robert Duvall
EEUU/1962/Drama***/Películas del ayer/Dvd

lunes, marzo 17, 2008

SWEENEY TODD


Se da por supuesto que los musicales son alegres, bellos, positivos y cargados de una gracia y felicidad con happy end incluido. Sweeney Todd rompe con ese esquema convencional para otorgarnos uno cargado de sombras, odio, venganza, sangre y un final trágico y amargo. Creo que por eso la película no ha gustado tanto entre el público. El final no es nada halagüeño.

La historia está ambientada en el Londres del siglo XIX y tiene mucho de la contada por Alejandro Dumas en El conde de Montecristo. La venganza es el eje del personaje central, un barbero condenado por un delito que no cometió, víctima del abuso del poder de un Juez arbitrario que le aplica largos años en galeras a fin de apropiarse de su esposa e hija. La variante está en que la sed de venganza será aplacada contra cualquiera que se siente en el sillón del barbero de la calle Fleet y en la utilización de las víctimas (fin utilitario en la Inglaterra industrial) como carne para las empanadas de la Sra. Lovett, hasta consumarse la venganza última y más deseada contra el Juez y el trágico final del protagonista.

Hasta allí en grandes rasgos la trama. ¿Es un musical fallido o no? Creo que no. El musical cumple con las pautas del género y lo hace con bastante inteligencia, aprovechando el material original. Los escenarios góticos y los personajes en la línea oscura de Tim Burton están bien, principalmente el de Johnny Depp que le otorga ese aire medio lunático, ido, esperpéntico y obsesivo a su personaje. También está correcta Helena Bonham Carter como la “encantadora” Sra. Lovett, con ese toque “fantasmal” gracias al maquillaje (verdadera delicia de personaje en la galería del realizador). Igual los secundarios, todos insuflados de ese aire “burtoniano”, como el ambiente gótico y excesivo, marca del realizador. Pero, los límites de la película son los que le impone el género. Está enconsertado en un musical y debe respetar las pautas del mismo. De repente, el resultado habría sido distinto de haber ido por otro camino.
Sweeney Todd se deja ver, aunque no es lo mejor de Tim Burton.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


SWEENEY TODD, EL BARBERO DIABÓLICO DE LA CALLE FLEET [Sweeney Todd, the demon barber of Fleet street]
Dir: Tim Burton
Guión: John Logan; basado en el musical de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler
c/ Johnny Depp (Sweeney Todd), Helena Bonham Carter (Sra. Lovett), Alan Rickman (Juez Turpin), Timothy Spall (Beadle), Sacha Baron Cohen (Pirelli), Jamie Campbell Bower (Anthony), Laura Michele Kelly (Lucy), Jayne Wisener (Johanna), Edward Sanders (Toby)
EEUU/2007/Musical, thriller***/Estrenos

jueves, marzo 13, 2008

EL PORNO Y YO

Mi primera relación con el porno fue en secundaria. Tendría unos quince o dieciséis años cuando un compañero de clase trajo una revista extranjera que contenía fotografías bastante explícitas. El texto no lo entendíamos, pero las fotos daban cuenta muy evidente y sin tapujos del sexo oral que una mujer le practicaba a un hombre. Era la primera vez que veíamos imágenes de hombres y mujeres desnudos teniendo sexo. En aquella época –inicios de los setenta, cuando los militares gobernaban el país- solo se encontraba material porno que entraba de contrabando, o por medio de amigos en alguna embajada, o –la vía más directa- con generales dentro de nuestra familia.

La dictadura de aquel entonces, cuidando nuestra salud sexual, había prohibido todo tipo de revistas, películas o libros que atentaran contra “la moral y las buenas costumbres”; incluso habían sido prohibidas películas como “El último tango en Paris”, a pesar que vista a la distancia no pasaba de un juego entre inocente y medio malévolo de un viejito (Marlon Brando) rejuveneciendo con la joven y voluptuosa María Schneider, una chiquilla con los senos bien duritos y ávida de tener experiencias nuevas no concedidas por su novio, más preocupado en hacer películas que en atender como es debido a la prometida; todo en plena época de la revolución sexual (la famosa “escena de la mantequilla” que tanta alharaca causó en Lima cuando fue su estreno, ahora no pasa de una practica bastante común). Hasta “El decamerón” de Pier Paolo Pasolini fue prohibido. Había conseguido su pase a exhibición de la temible censura de la época –especie de Stasi peruana-, pero el día de su estreno, faltando pocos minutos para su proyección en el mítico cine Roma con sala colmada hasta el último asiento, llega un camión del ejército repleto de soldados con armas al ristre y un teniente al mando, rodean el cine como si fuera una madriguera de terroristas e incautan la película “por órdenes superiores”. Los espectadores que estábamos en el Roma –había logrado “colarme” a una película apta para mayores- tuvimos, entre resignados y molestos, que abandonar la sala.

Se estaba educando al “ciudadano revolucionario del mañana” –a fin de ser “iguales”, todos los escolares ya usábamos un horrible uniforme plomo rata-, así que no se podía permitir mal formar nuestras tiernas mentes, a pesar de ser vox populi que muchos generales, gobernantes de los destinos del Perú, veían en funciones privadas lo que al común de los mortales nos estaba vedado. Sin embargo, nunca faltaban esas revistas extranjeras, como la llevada aquella vez por mi compañero de clase, y que originó en algunos alumnos desarreglos nerviosos por un exceso de masturbaciones diarias (“el vicio solitario” como decían nuestros abuelitos).

Los tenedores de un proyector privado –el Beta, ni el VHS, menos el DVD, asomaban todavía- se agenciaban algunas peliculitas porno venidas subrepticiamente por la frontera; pero, generalmente se debía hacer malabares para conseguirlas, tener contactos y el precio era caro. Curiosamente, la prohibición del gobierno militar originó todo un mercado negro del cine porno, convenciéndome en carne propia y a temprana edad que las prohibiciones al final traen más perjuicios que beneficios, y que la libertad es mejor en todo sentido, hasta para apreciar una película pornográfica.

Aquellos que no podíamos pagar los altos precios de las publicaciones o filmes del mercado negro, teníamos que contentarnos con una actriz argentina que exhibía sus atributos en cintas con nombres tan sugestivos como “Carne”, “Lujuria tropical” o “La tentación desnuda”, dirigida siempre por su esposo Armando Bó. Isabel Sarli causó muchos sueños húmedos entre los jóvenes de la época.

La verdad que las películas de la Sarli eran más el título que el contenido, casi siempre tonto, un poco ingenuo y a veces medio truculento; pero al no existir más oferta, los adolescentes iban con asiduidad monacal a las salas de barrio donde proyectaban sus filmes. Debemos recordar que los muchachos de entonces éramos bastante ingenuos y casi casi estábamos descubriendo el sexo a los catorce y quince años, muy diferente a los chicos de ahora que tempranamente descubren los arcanos que rodean al acto sexual por el internet y la televisión (recuerdo hace un tiempo una amiga de mi generación se escandalizó por las películas triple X que pasaban en el hostal donde estábamos, sin saber que sus hijos muy posiblemente ya habían visto y revisto las mismas películas por el internet, la tv o el dvd).

*****

En el cercado de Lima –Jirón Chota si no recuerdo mal - existía una salita de cine llamada “Rívoli” que se llenaba totalmente de escolares para ver a la Sarli semi desnuda o en poses sugestivas. Como actriz no era gran cosa, pero aprovechaba su gran recurso corporal, esperando con ansias los muchachos de entonces ver que le desgarren la ropa y se insinúen las protuberancias de sus grandes senos o de sus poderosas ancas. Como cinéfilo “convicto y confeso” que ya era por aquellos años, creo a sus películas no les daba más de un tres en una escala del uno al diez.

Por cierto, las películas de la Sarli estaban dentro del llamado “soft core” o porno blando, permitido por la censura del gobierno militar a diferencia del “hard core” o porno duro, con sexo explícito y mostración de genitales, hallado únicamente en el mercado negro.

El cine “Rívoli” quedaba a pocas cuadras del colegio donde estudiaba (un colegio de varones púberes viviendo angustiados por el sexo), así que los días viernes, terminadas las clases a las dos de la tarde, y apenas sonaba la campana, nos íbamos en dirección al Jirón Chota. Felizmente el administrador era bastante tolerante y las películas aptas para mayores de 21 –la mayoridad en aquellos años- permitía el ingreso a jóvenes de dieciséis, quince, o a veces de menos edad. Allí presencié mi primera película porno o la que supuse era una película porno. Mis compañeros ya me habían comentado del “Rívoli”, que “sí dejaba pasar” a menores, así que un viernes, terminando las clases, me animé y fui solo. Ya en aquella época me había fijado ciertas reglas de disciplina para ver un filme y una era ir sin compañía a fin de no sufrir interrupciones durante la función y poder apreciar mejor la proyección (aunque, en honor a la verdad, esa regla ha tenido a lo largo de su aplicación excepciones ocasionales cuando la compañía ha sido agradable).

Entré a la sala sin saber nada del filme. Era una comedia sobre un muchacho que por la edad siente las urgencias del sexo y en uno de esos enredos tiene relaciones sexuales con su propia madre, que lo “estrena” en las artes amatorias, comenzando así su vida sexual, contado todo en un tono risueño y desenfadado, sin dramatismo alguno. Se titulaba “Soplo al corazón”, que de porno no tenía nada, y era del gran realizador francés Louis Malle, de quien vería años después algunas de las películas que guardo con más aprecio en mi memoria.

Sucedía que cines como el “Rívoli” proyectaban cualquier película con escenas de sexo o de “calateo” que llamase la atención del público objetivo concurrente a la sala (escolares deseosos de ver cópulas y mujeres desnudas en el écran). Así, por ejemplo, proyectaron también “Edipo Rey” de Pier Paolo Pasolini, que tampoco era un porno y, dicho sea de paso, a esa edad no entendí muy bien. (Me reencontraría con Pasolini algunos años después, ya un poco más grande y con más películas vistas en mí haber, iría entendiendo poco a poco su cine, conservando en el corazón con mucho cariño su “trilogía de la vida”).

Algunos años después, ya casi al final de la dictadura, ingresaron las películas del “flaco” Olmedo y el “gordo” Porcel. El gobierno militar estaba más preocupado en reprimir las protestas populares y en buscar una salida decorosa a una situación política cada vez más insostenible, así que Porcel y Olmedo invadieron las salas limeñas para hacer olvidar a la gente las subidas de precio de los productos de primera necesidad, ocasionadas por los “paquetazos” (“sinceramiento de precios” en la jerga financiera-burocrática) de un ministro de economía que con los años se convertiría en “gurú” de las finanzas y funcionario internacional gracias a sus constantes cambios conforme el vaivén del viento en la política local.

Un público ansioso colmaría los cines donde se estrenaban “Los caballeros de la cama redonda”, “Los doctores las prefieren desnudas” o “Encuentros muy cercanos con señoras de cualquier tipo”. Conocimos también a las “vedettes” argentinas: altas, bien proporcionadas, “carne blanca” como decíamos (Tula Rodríguez demoraría algunos años en ser “sex symbol”). Susana Giménez y Moria Casan ocasionaron los sueños perplejos de más de un peruano. Aunque en justicia, las películas de la dupla Olmedo-Porcel estaban en el género de la picaresca que en el porno blando propiamente, aunque en época de escasez bien valían las tortas…

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En aquellos años mis gustos cinéfilos se habían vuelto más exigentes y virado hacia las “películas de autor”, descubriendo a cineastas como Kubrick, Bergman, Kurosawa, Fellini, Antonioni, Anderson o aquella generación de jóvenes realizadores representantes de una visión distinta del cine norteamericano, y que marcaron mi cinefilia, como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Brian de Palma, Peter Bogdanovich, Woody Allen, entre otros renovadores del Hollywood clásico.
Gracias a la revolución sexual que vivió Norteamérica en los sesenta y a los cambios en la mentalidad y sociedad que acaecieron por esos años –influenciados por la guerra de Vietnam-, el Código de conducta moral Hays -censurador de imágenes o palabras atentatorios contra “el pudor” y que reinó en la industria del cine por más de treinta años- quedó abolido. Ahora se permitían las malas palabras, la jerga, la violencia desmesurada, el acto sexual y los desnudos totales en las producciones, sin que el orden político o los grupos puritanos pudiesen hacer nada. Esa libertad y nuevos aires permitieron la renovación del cine norteamericano, bastante aletargado y que sufría de un proceso esclerótico creativo muy similar al visto ahora en las producciones hollywoodenses.

Era un asiduo concurrente a los “cine clubs”, y en especial a uno ubicado en la Av. Arica, el famoso auditorio Don Bosco, administrado por unos muchachos uruguayos que habían huido de las sangrientas dictaduras que asolaron los países del cono sur en la convulsa década de los setenta.
Salía con el trasero adolorido –las sillas eran de madera- pero contento de haber visto una buena película. Me convertí en un asiduo concurrente de la salita del Don Bosco, muchas veces faltaba a clases en la universidad para no perderme alguno de los filmes proyectados; incluso tenía un abono mensual para concurrir cuantas veces quisiera. Aquellos años, con toda seguridad, fueron los más felices de mi vida. De esa época data también una corta relación con una muchacha uruguaya. Médica de profesión, algo mayor que yo, de izquierda como yo, creía en un mundo más justo y mejor como yo, huía de la dictadura y de las desapariciones de opositores políticos en el Uruguay de Bordaberry, y cargaba con la angustia y culpa de haber dejado al esposo allá, del cual no tenía noticias.
Gracias a M… mi cinefilia creció y comencé a valorar más el cine europeo, y en especial a la “nouvelle vague” francesa. De su mano aprendí varias cosas esenciales en la vida, así como a valorar un cine distinto al norteamericano. Siempre estaré en deuda con ella; pero, esa es otra historia que quizás algún día me anime a contar.

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Si España tuvo su movida terminado el franquismo, nosotros también tuvimos nuestra “movida limeña”. Con el advenimiento de la democracia se terminó la censura y los peruanos pudimos ver por fin la “trilogía de la vida” de Pier Paolo Pasolini o “El último tango en París” con lleno de salas por semanas enteras (por cierto, esta última la acabo de ver hace poco en dvd y contiene escenas bastante aburridas, donde uno, literalmente, se cae de sueño). Llegaba también la actriz holandesa Sylvia Kristel y su trilogía sobre Emmanuelle -que algunos años después la completó con una más-, inaugurando en nuestro medio el llamado “porno de lujo”, películas porno de presupuesto elevado, en el histórico cine “Colón” que exhibiría algunos memorables en la época. Otra de la misma tendencia fue “Historia de O”, que a pesar de contener escenas explícitas de sexo anal (o como diría el Dr. Marco Aurelio Denegri peneano-rectal), vista a la distancia de los años como que ha envejecido, la película es medio tiesa, acartonada. También ingresó el célebre Tinto Brass con “Calígula” en la categoría del “porno histórico”, cuya exhibición causó revuelo en todo el mundo y más en una ciudad como Lima, sacudiéndose lentamente de la pacatería. La película fue condenada por cierta prensa beatona (cuenta la leyenda que ante el escándalo suscitado por el estreno, algunos de los participantes en el filme pidieron que sus nombres fueran retirados de los créditos). En nuestro país fue el cine Roma de nuevo quien tuvo el monopolio del filme y la gente daba literalmente vueltas alrededor de la manzana a fin de conseguir un boleto. Esta vez, felizmente, no se presentó ningún teniente con “orden superior” que incautara la cinta, así que la pudimos ver tranquilamente, apreciando a un gesticulante Malcolm McDowell como Calígula, pero sobretodo a una actriz que daría luego mucho que hablar en el futuro por su buen desempeño actoral: Helen Mirren.

Otra que también causó revuelo fue “El imperio de los sentidos”, y si bien no es un porno stricto sensu, causó estupefacción en la Lima de inicios de los ochenta por la exhibición explícita de coitos y genitales (por ejemplo, se muestra una “fellatio” en primer plano), por lo que algunos comentaristas escasos de luces aventuraron en calificarla como pornográfica. Nagisa Oshima, su realizador, había ido audazmente hacia la frontera bastante indefinida entre el porno y el erotismo. El resultado fue una obra de arte que pervive en el tiempo, no obstante que a algunos espectadores les “chocó” el final donde la protagonista amputa el pene de su amante y, sujetándolo entre sus manos, deambula errática y medio ida entre las tropas japonesas.

Empezando el segundo gobierno de Belaunde se abolió la censura, entró en vigencia la Constitución Política de 1979, una de las más avanzadas de la época, y cayó la temible Stasi peruana, así que el porno duro entró a las salas limeñas libre de todo impedimento y por la puerta grande. No obstante, el Arquitecto restaurador, a fin de evitar que “la moral y las buenas costumbres” no se vieran rebalsadas, reglamentó que el “hard core” se proyectara a partir de la medianoche. Supuestamente la medida era disuasiva –a fin de evitar la concurrencia de demasiados parroquianos-, de tintes moralizantes y hasta religiosos, por no decir cucufatos, pero lo que generó fue todo un mercado a partir de las doce de la noche, como si se tratara de un embrujo mágico. No solo una buena cantidad de espectadores ansiosos por la proyección se congregaban, cual aquelarre, un poco antes de la medianoche –generalmente hombres solitarios que esperaban en el hall del cine se abra la boletería-, sino también los tradicionales vendedores de sánguches y emolientes, de chocolates, chicles y cigarrillos, así como las “chicas de la noche” que esperaban desfogar a los apremiados espectadores al salir de la función, y que a veces, con la complicidad de los boleteros, ingresaban a la sala en plena proyección a ofrecer sus servicios, con lo que presenciábamos un doble espectáculo: el de la pantalla y el de las chicas practicando una “fellatio” en la misma butaca a un parroquiano apurado o cargando con este al baño. Así que las noches en Lima, luego de los “toques de queda” en las postrimerías del gobierno militar, comenzaron a ser más movidas y entretenidas. Por cierto, descubrimos también que las “chicas malas” no eran tan malas como las habían pintado, y sí más bien bastante interesantes, haciéndome amigo y parroquiano seguro de una de ellas, con la cual mantuve una relación compleja de “cliente- amigo cariñoso-confidente” por varios años.
Recuerdo una película de ese entonces. No tengo muy preciso el título (además para llamar la atención aquí les etiquetaban títulos insinuantes como Las noches húmedas, Sexo sádico, Los “anales” de Patricia, entre otros más o menos llamativos), pero era una comedia porno bastante entretenida. Tenía argumento y trataba de un tipo que se las ingeniaba para tener sexo con las mujeres haciéndose pasar por médico. Su sobrenombre no podía ser más evidente: “Doctor sexo”.

Pero, junto a las “chicas de la noche”, aparecieron también los primeros travestis para caballeros con gustos más exquisitos. Fuerte competencia para las primeras, al existir hombres buscadores de algo más “exótico” que una mujer para tener sexo, además el SIDA todavía no aparecía en el horizonte, así que las relaciones eran “piel a piel” y por la entrada que mejor guste o plazca. Algunos años después, los travestis se convertirían en lugar común de la oferta sexual que ofrece Lima de noche y ciertas avenidas de la ciudad son parte de su escenario habitual. Ya no llaman la atención ni mueven a escándalo como hace veinticinco años atrás.

Sin embargo, el ingreso del beta primero y el VHS después, desplazó el placer de ver una película porno de las salas a la tranquilidad del hogar, contribuyendo a ello las deficiencias técnicas en las proyecciones que a veces llegaban a un écran oscuro o totalmente borroso justo cuando estaba en lo mejor la “acción”. Otras veces sucedía que los “rollos” del filme venían alterados. Era un sistema de chasquis en motocicleta que trajinaban con los rollos de un cine a otro, originando a veces la confusión en la continuación de estos, así, en ciertas ocasiones, el final de la película venía primero y el inicio al final. Era una forma medio surrealista de apreciar un filme, hasta parecía cine de vanguardia que rompía los moldes clásicos de la narración.

También contribuyó al eclipse de toda esta época el terrorismo. Los chicos de Sendero decidieron seguir el precepto de Mao “del campo a la ciudad” y no se les ocurrió mejor manera que colocar coches-bomba a diestra y siniestra, causando apagones, volando edificios y practicando su “asesinato selectivo”. Uno, al levantarse, no sabía si al terminar la jornada regresaría vivo o entero a su casa, optando los limeños por quedarse en sus casitas y salir lo menos posible. Era la estocada final a las salas de cine antiguas y que se convertirían poco a poco en iglesias evangélicas -previo exorcismo de los demonios de la carne que pululaban en los otrora cines porno-, o en actividades más mundanas como salas de bingo y la esperanza de abrazar la fortuna con una moneda.

En lo personal, en esos años, mis intereses cinéfilos se habían vuelto cada vez más exigentes, y si una película no satisfacía mis gustos me aburría y sentía una pérdida de tiempo irreparable, por lo que el porno no me llamaba la atención: ver una sucesión de escenas de solo sexo sin una historia interesante que las enlace me resultaba mortalmente aburrido. Aparte que la etapa de la curiosidad juvenil de solo mirar como un voyeur había dado paso hacía mucho tiempo a la de practicar lo visto, más entretenido y emocionante que la ficción.

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Si bien no compro películas porno, tengo un amigo que es un gran coleccionista y de vez en cuando, al visitarlo, le “gorreo” alguna de su enorme catálogo. Existen de todas las nacionalidades: españolas, argentinas, italianas y por supuesto norteamericanas. El porno peruano no se ha quedado atrás y, entre otros medios, se vende por internet. Hace poco me topé con una página peruana que daba cuenta de una chiquilla teniendo sexo con dos hombres a la vez: uno por delante, otro por atrás. Por cierto, los “actores” peruanos físicamente ni por asomo se parecían a los europeos o norteamericanos: musculosos(as), practicantes del fisicoculturismo. La “protagonista” estaba bastante flaca y le colgaban las tetillas, mientras los “actores” daban la impresión de no ver la olla hace muchos días por lo flacos y desnutridos. Ni que se diga de las deficiencias técnicas en iluminación o fotografía, para no hablar ya del encuadre. Digamos que era un porno del tercer mundo. Como dice el viejo adagio “no es lo mismo un desnudo griego que un cholo calato”. Aunque si nos atenemos al principio de realidad, los cuerpos esqueléticos o gorditos y no tan adónicos reflejan mucho mejor la verdad de todos nosotros: imperfectos, deformes y muchas veces hasta risibles. Barriguitas o barrigotas, piernas chuecas, rollitos en la cintura más que evidentes, senos y nalgas flácidos, órganos masculinos de la finura y tamaño de un alfiler, son parte del imaginario común en cualquier parte del mundo. No crean todo lo visto en la pantalla: ni todas las mujeres son tan exuberantes como las actrices porno, ni los hombres tan dotados y con cuerpos musculosos como los “actores”. Eso es solo ficción. La vida real está plagada de aquellas imágenes de cuerpos contrahechos como las mostradas en aquel porno nacional.

No todas las películas pornográficas son pesadas e insostenibles a nivel argumentativo. Hace un tiempo mi amigo me prestó una titulada “Anal planet”. Era una comedia porno de ciencia ficción, donde un grupo de astronautas van deambulando por las galaxias, llegando a un planeta donde se ha inventado un casco para tener sexo virtual, hasta estallar este por demasiados coitos (el “professor”, inventor del casco, muere repitiendo to much sex, to much sex). Es graciosa, ligera y tiene historia entre escenas de sexo y sexo. Me gustó tanto que me la quedé de recuerdo y de vez en cuando la veo. Mi amigo no la va a extrañar entre centenares de películas de su enorme colección.

Algo similar me pasó con otro porno de “ambiente histórico”. Inscrita en la vertiente de la picaresca, trata sobre una chica de pueblo que en el siglo XVIII (la época no es muy precisa en el filme) va ascendiendo de condición social gracias a sus encantos y a cómo los emplea con los ricos con quienes se encuentra, llevando por título el nombre de la protagonista: “Tatiana”. Hasta donde tengo conocimiento se hicieron tres partes, lo que da a entender el personaje fue bastante popular en los años noventa, cuando se produjo el filme.

Ahora, gracias al dvd, por unos cuantos soles podemos ver tranquilamente una película porno en nuestra casa, y si se tiene pantalla ancha, home theatre y surround para apreciar en forma envolvente los gemidos, tanto mejor. Existen muchas tiendas especializadas en la venta de dvd’s porno, así que el negocio anda muy bien, contando con oferta de filmes no solo para heterosexuales, sino también dirigido a segmentos especializados del público (lo que en marketing denominan “nichos de mercado”), así tenemos porno para homosexuales, lesbianas, she-male, pederastas, sado-masoquistas, onanistas, zoofílicos, fetichistas y quizás hasta para necrófilos; y, en las pocas salas de cine que todavía lo proyectan ahora entran mujeres, acompañadas de su pareja o en grupo, no siendo más un coto exclusivo del hombre. La emoción de lo prohibido de antaño ha cedido el paso a la cotidianeidad insípida del ahora.

El porno se ha institucionalizado, se ha asimilado al sistema, se ha “democratizado”. En esta época el sexo ya no es un tabú, y el porno ya no es un artículo prohibido que uno miraba a hurtadillas de los padres o los maestros, como aquella revista que entre fascinados y con angustia por ser descubiertos veíamos unos adolescentes treinta años atrás. Ahora es tan común y tan fácil de conseguir para un joven como comprar un paquete de cigarrillos o una botella de ron, y creo que por eso el porno ya perdió su encanto.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es

lunes, marzo 10, 2008

PETRÓLEO SANGRIENTO


Petróleo sangriento es una película difícil de seguir para el gran público, de allí su escasa aceptación pese al merecido Oscar a Daniel Day-Lewis. No estamos ante una elegía al pioner conquistador del oeste ni tampoco ante un melodrama-río que emocione a las plateas. Petróleo sangriento (o Pozos de ambición, su otro título en español) no es concesiva, sino exige seguirla con mucha atención. La idea de descenso es recurrente a lo largo del filme. Desde la primera escena, cuando vemos a Daniel Plainview cavar en una mina hasta las perforaciones de los pozos de petróleo que lo convertirán en millonario. Pero, ese descenso es también símbolo de la degradación del personaje, de solitario y hosco a la misantropía y desprecio por el género humano. No le interesan las relaciones con los demás. No hay una compañera al lado y el pequeño que adopta huye de su lado de adulto. Daniel Plainview es un lobo solitario completo.

Petróleo sangriento también tiene un aliento religioso que recorre toda la película, desde la escena inicial en que Paul vende “por un plato de lentejas” la revelación del rico yacimiento de petróleo en la granja de sus padres hasta el fanatismo religioso de su hermano Eli, deseoso de convertirse en predicador de prestigio, vanidoso y sectario. Eli y Daniel son personajes contrapuestos, pero que se complementan. Ambos tienen obsesiones fijas: uno ser un gran predicador, el otro enriquecerse. Y ambos logran sus sueños. Precisamente la escena en que enloda y lo unta de petróleo Daniel a Eli hace alusión al “del barro eres”, con lo que lo coloca a su mismo nivel. Lo desprecia al saber el espectáculo que monta para captar feligreses. Igual sucede con la escena en que lo mata, es la muerte de Abel por Caín o el sacrificio del cordero que debe redimir a los pecadores (precisamente Daniel alude a la sangre del cordero, más en consonancia con el título original del filme). Ese substrato religioso impregna la película de principio a fin.

El sonido merece renglón aparte. Los ruidos disonantes o la misma música están fundidos con las imágenes, aludiendo a la personalidad desequilibrada de Daniel, a la locura implícita del personaje, a lo que contribuye la notable performance del actor, en un estilo expresionista, barroco, exagerado adrede, en sintonía con las características de un rol memorable.

Metáfora del capitalismo voraz y depredador, Petróleo sangriento es una muy buena película, difícil de seguir para el gran público, pero disfrutable para quien le encuentre el sentido.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es


PETRÓLEO SANGRIENTO [THERE WILL BE BLOOD]
Dir. y guión: Paul Thomas Anderson, basado en la adaptación libre de la novela "Petróleo" de Upton Sinclair
c/ Daniel Day-Lewis (Daniel Plainview), Paul Dano (Paul Sunday/Eli Sunday), Kevin J. O'Connor (Henry), Ciarán Hinds (Fletcher), Dillon Freasier (H.W.)
EEUU/2007/Drama***/Estrenos