Cuando mi comentario sobre Ben Hur estaba listo y posteado, luego que muy pocos días atrás había vuelto a ver esta buena película, me llega la noticia del fallecimiento de Charlton Heston.
Perteneciente al sistema de las grandes estrellas del Hollywood clásico, propiamente no era un gran actor, pero poseía lo que Armando Robles Godoy denomina “presencia”. Esos actores como John Wayne, Clark Gable y el propio Heston, que les bastaba con pararse frente a la cámara. Su cuerpo atlético, bien configurado, su “buen ver” y rasgos típicos de WASP (White anglo-saxon protestant) le abrieron las puertas del cine.
Actuó en infinidad de películas (55 días en Pekín, Marabunta, Los 10 mandamientos, Ben Hur, El Cid); pero, personalmente me quedo con una, El planeta de los simios (1968). Película concebida como de “serie B”, le insufló a su personaje un aliento shakesperiano trágico: escéptico ante la especie humana, duda de la existencia de cualquier ser divino que haya creado una raza tan abyecta y destructiva, se inscribe de voluntario en la misión espacial un poco para alejarse de este mundo. La escena final con la estatua de la Libertad derribada le concede la razón sobre la estupidez de la especie: “Lo hicieron, malditos, lo hicieron” clama impotente y desolado, cerrándose trágicamente así esta estupenda película de corte apocalíptico.
Tipo conservador, más cercano a los republicanos (era muy amigo de Ronald Reagan), Charlton Heston fue presidente de la Asociación Nacional del Rifle, que defiende el derecho de todo norteamericano a armarse como si estuviese en el lejano oeste. Michael Moore le hizo una notable entrevista sarcástica en Bowling for Columbine. Quiero imaginar –solo imaginar- que el deterioro que produjo en su mente la penosa y progresiva enfermedad que le iba borrando la memoria poco a poco, le hacía confundir realidad con ficción, y el buen Charlton confundía las películas donde había actuado y en las que hundía hasta la empuñadura del cuchillo o disparaba su escopeta hasta agotar las últimas balas contra todo indio, chino, gángster o villano que tuviese enfrente con la vida real, que casi siempre es más compleja que los filmes.
Quizás para él, al final de sus días, la vida era una gran película que estaba rodando con el gran Cecil o el notable Wyler. Descansa en paz.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
miércoles, abril 09, 2008
viernes, abril 04, 2008
REVISITANDO BEN HUR
Después de muchísimos años he vuelto a ver Ben Hur, un poco por la semana santa, cuando siempre lo retransmiten. En la memoria tenía un filme lento, largo, pesado, que apenas se salvaba por la emocionante carrera de cuádrigas, amén que había iniciado en la juventud un proceso de alejamiento de mi iglesia nodriza y la película me guardaba un sabor a las historias consabidas de la vida de Jesús; por lo que trataba de evitarlo. Revisitando Ben Hur veo que mi memoria guardaba un retrato poco fiel. Es una cinta interesante, no solo un “cuento cristiano” como dice el subtítulo, sino la recreación de toda una época con personajes ricos en matices.
Por ejemplo, en la relación de Ben Hur con su amigo de la infancia Messala se especulaba que existía una relación homosexual entre ambos o por lo menos una atracción expresada en las miradas cruzadas al inicio del filme, cuando los dos amigos se reencuentran luego de muchos años. La verdad que no he podido encontrar nada de eso. Los defensores de la tesis podrán alegar que por la censura de la época no se podía ir más allá. De repente, pero yo no encontré nada de miradas lujuriosas o por lo menos cómplices o furtivas; lo que sí, en cambio, encontré en una película casi coetánea a Ben Hur, como Lawrence de Arabia (David Lean,1962), donde el realizador dibuja explícitamente una personalidad homosexual y narcisista del personaje central, el cual se sentía atraído por los jóvenes árabes que reclutaba para su sueño romántico de una Arabia unida y libre.
Lo más interesante –aparte de la memorable carrera- me pareció la travesía o viaje interior que realiza Judah. Desde el inocente joven al inicio del filme, que vive con su madre y hermana, prendado de la hermosa Esther, hija de su mayordomo, que víctima de la manipulación de Messala descenderá al infierno del odio y el ánimo de la venganza al verse acusado injustamente, sufrir por el encarcelamiento de su familia y confiscadas sus propiedades, odio y venganza que lo mantienen vivo en las galeras. De allí pasará a un estadio “mundano” cuando es adoptado por el Cónsul Arrius en agradecimiento por haberle salvado la vida, beneficiándose del lujo y los placeres sensoriales que brinda Roma –estadio al que corresponde la carrera de cuádrigas que expresa el ego, todavía no desprendido, de Ben Hur- hasta el estadio final que corresponde al perdón y a dejar de lado el espíritu de revancha, gracias al mensaje de Cristo, con quien se encuentra en algunos pasajes importantes de su vida. Es el estadio liberador del alma y el vivir reconciliado y en armonía consigo mismo.
Gracias a ese viaje interior, Judah recorre un camino en espiral. Vuelve a la bondad e inocencia de los inicios, pero enriquecido por el mensaje de Cristo. La dialéctica presente.
Precisamente en la imagen de Cristo se evita la grandilocuencia en la que comúnmente desbarrancan los filmes que abordan la vida del Mesías. A Cristo más “lo sentimos” que vemos propiamente. Nunca es presentado de frente o en primer plano, sino que su presencia es resaltada a través de fragmentos (unas manos que dan agua o acarician el pelo), de espaldas o a lo lejos. Con esos recursos magnifican su presencia, al sentir –debido a nuestro imaginario cultural- que estamos ante la presencia de “Él”, como el soldado romano que arrojando el cucharón de agua que Jesús le proporciona a Ben Hur en su camino a las galeras, al verlo cara a cara, por la expresión de su rostro sabemos se siente impotente ante esa presencia omnímoda, sin saber qué hacer para salir de la situación embarazosa en que se encuentra, conociendo nosotros que la causa es por estar frente al Mesías. O cuando Ben Hur lo mira cara a cara y siente una gran paz reflejada en su rostro, enfocado en primer plano. Al “sentir” la presencia de Cristo más que verlo, el sentimiento de magnificencia opera en nosotros, porqué sabemos se trata del Redentor, sin necesidad de que éste haga milagros (que si los hace) o aparezca como una imagen de estampita religiosa o con un discurso solemne y aburrido extraído de las sagradas escrituras, como tantas veces hemos presenciado en las cintas sobre su vida.
Como el subtítulo lo anuncia, Ben Hur es un cuento cristiano, aleccionador, de fábula, pero realizado con mucha inteligencia y paradójicamente por un director que era de origen judío.
Hasta donde tengo entendido fue un trabajo “de encargo” para el realizador William Wyler, pero como sucede con los realizadores de talento, impregnaba su yo al filme, convirtiendo lo que pudo ser un mamotreto denso y pesado en una obra de clase que hasta ahora pervive, y demostrando una vez más que cine comercial y calidad no están reñidos, cuando se hace las cosas con inteligencia y cuando se le insufla ese soplo creativo que logran solo las grandes obras maestras.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
BEN HUR [Ben-Hur: A Tale of the Christ]
Dir: William Wyler
Guión: Karl Tunberg, basado en la novela del General Lew Wallace
c/ Charlton Heston (Judah Ben-Hur), Jack Hawkins (Quintus Arrius), Haya Harareet (Esther), Stephen Boyd (Messala), Hugh Griffith (Sheik Ilderim), Martha Scott (Miriam), Cathy O'Donnell (Tirzah), Sam Jaffe (Simonides), Finlay Currie (Baltasar/ el Narrador), Frank Thring (Poncio Pilatos), Terence Longdon (Drusus), George Relph (Tiberius Caesar), André Morell (Sextus)
EEUU/1959/Drama histórico***/Películas del ayer
Por ejemplo, en la relación de Ben Hur con su amigo de la infancia Messala se especulaba que existía una relación homosexual entre ambos o por lo menos una atracción expresada en las miradas cruzadas al inicio del filme, cuando los dos amigos se reencuentran luego de muchos años. La verdad que no he podido encontrar nada de eso. Los defensores de la tesis podrán alegar que por la censura de la época no se podía ir más allá. De repente, pero yo no encontré nada de miradas lujuriosas o por lo menos cómplices o furtivas; lo que sí, en cambio, encontré en una película casi coetánea a Ben Hur, como Lawrence de Arabia (David Lean,1962), donde el realizador dibuja explícitamente una personalidad homosexual y narcisista del personaje central, el cual se sentía atraído por los jóvenes árabes que reclutaba para su sueño romántico de una Arabia unida y libre.
Lo más interesante –aparte de la memorable carrera- me pareció la travesía o viaje interior que realiza Judah. Desde el inocente joven al inicio del filme, que vive con su madre y hermana, prendado de la hermosa Esther, hija de su mayordomo, que víctima de la manipulación de Messala descenderá al infierno del odio y el ánimo de la venganza al verse acusado injustamente, sufrir por el encarcelamiento de su familia y confiscadas sus propiedades, odio y venganza que lo mantienen vivo en las galeras. De allí pasará a un estadio “mundano” cuando es adoptado por el Cónsul Arrius en agradecimiento por haberle salvado la vida, beneficiándose del lujo y los placeres sensoriales que brinda Roma –estadio al que corresponde la carrera de cuádrigas que expresa el ego, todavía no desprendido, de Ben Hur- hasta el estadio final que corresponde al perdón y a dejar de lado el espíritu de revancha, gracias al mensaje de Cristo, con quien se encuentra en algunos pasajes importantes de su vida. Es el estadio liberador del alma y el vivir reconciliado y en armonía consigo mismo.
Gracias a ese viaje interior, Judah recorre un camino en espiral. Vuelve a la bondad e inocencia de los inicios, pero enriquecido por el mensaje de Cristo. La dialéctica presente.
Precisamente en la imagen de Cristo se evita la grandilocuencia en la que comúnmente desbarrancan los filmes que abordan la vida del Mesías. A Cristo más “lo sentimos” que vemos propiamente. Nunca es presentado de frente o en primer plano, sino que su presencia es resaltada a través de fragmentos (unas manos que dan agua o acarician el pelo), de espaldas o a lo lejos. Con esos recursos magnifican su presencia, al sentir –debido a nuestro imaginario cultural- que estamos ante la presencia de “Él”, como el soldado romano que arrojando el cucharón de agua que Jesús le proporciona a Ben Hur en su camino a las galeras, al verlo cara a cara, por la expresión de su rostro sabemos se siente impotente ante esa presencia omnímoda, sin saber qué hacer para salir de la situación embarazosa en que se encuentra, conociendo nosotros que la causa es por estar frente al Mesías. O cuando Ben Hur lo mira cara a cara y siente una gran paz reflejada en su rostro, enfocado en primer plano. Al “sentir” la presencia de Cristo más que verlo, el sentimiento de magnificencia opera en nosotros, porqué sabemos se trata del Redentor, sin necesidad de que éste haga milagros (que si los hace) o aparezca como una imagen de estampita religiosa o con un discurso solemne y aburrido extraído de las sagradas escrituras, como tantas veces hemos presenciado en las cintas sobre su vida.
Como el subtítulo lo anuncia, Ben Hur es un cuento cristiano, aleccionador, de fábula, pero realizado con mucha inteligencia y paradójicamente por un director que era de origen judío.
Hasta donde tengo entendido fue un trabajo “de encargo” para el realizador William Wyler, pero como sucede con los realizadores de talento, impregnaba su yo al filme, convirtiendo lo que pudo ser un mamotreto denso y pesado en una obra de clase que hasta ahora pervive, y demostrando una vez más que cine comercial y calidad no están reñidos, cuando se hace las cosas con inteligencia y cuando se le insufla ese soplo creativo que logran solo las grandes obras maestras.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
BEN HUR [Ben-Hur: A Tale of the Christ]
Dir: William Wyler
Guión: Karl Tunberg, basado en la novela del General Lew Wallace
c/ Charlton Heston (Judah Ben-Hur), Jack Hawkins (Quintus Arrius), Haya Harareet (Esther), Stephen Boyd (Messala), Hugh Griffith (Sheik Ilderim), Martha Scott (Miriam), Cathy O'Donnell (Tirzah), Sam Jaffe (Simonides), Finlay Currie (Baltasar/ el Narrador), Frank Thring (Poncio Pilatos), Terence Longdon (Drusus), George Relph (Tiberius Caesar), André Morell (Sextus)
EEUU/1959/Drama histórico***/Películas del ayer
martes, abril 01, 2008
LA VIDA EN ROSA
Las biopic (biografías de personajes célebres llevadas al cine) pueden caer en la tentación de la grandilocuencia, es decir retratar casi como un santo laico al biografiado y por lo tanto tender al acartonamiento, a la frase solemne, a que estamos “ante” el personaje. Es el principal error que se puede cometer al llevar una biografía al cine.
El otro extremo son las biografías que recrean al personaje y/o al tiempo en que vivió, dándonos una arista inusual del biografiado o de la época y sociedad que le cupo en suerte. Son las biopic “creativas”, más toman al personaje de modelo o excusa para algo que nos quiere decir el realizador. Ejemplo de este filón son las biopics que puso en escena Milos Forman: Amadeus (1984) sobre la vida de Mozart; El lunático (1999) acerca del comediante Andy Kaufman; Larry Flynt (1996) sobre el pornógrafo más famoso de Norteamérica; manteniendo una constante: la originalidad del personaje contra su medio (musical, televisivo o social) que es marcadamente conservador, velador del statu quo y que trata de eliminar todo lo que sea novedad. En esa lucha permanente, tensa, entre la persona sui generis que se sale de los cánones tradicionales y el medio que trata de aplastarlo, es donde se va desarrollando el argumento, dando la sensación de apreciar algo “nuevo” sobre el personaje.
Un tercer camino es la corrección en retratar al biografiado. No lo eleva a los altares, pero tampoco logra niveles creativos que hagan interesante el filme. Es el caso de La vida en rosa (La Môme). La película es “políticamente correcta”, acicalada, con una escrupulosidad minuciosa en llevar los detalles de la vida de Edith Piaf (de allí también su excesivo metraje), pero que en ningún momento despega. Es más bien una serie de retratos bien elaborados, una colección de viñetas, pero que les faltó el armazón del collar para tener un conjunto y si no fuera por la actuación mimética de Marion Cotillard posiblemente el filme hubiera naufragado. Tenemos algunos momentos aislados buenos como los inicios de la cantante, duros y conmovedores a la vez, o su infancia recreada en un burdel donde recibe el afecto negado por la madre (y que marcó su inestabilidad emocional), o el amor por el boxeador Marcel Cerdan verdadera piedra a la cual se aferra para no naufragar.
La vida en rosa es un filme que más atrae por ver a la Cotillard trasformada en Edith Piaf que por los resultados mismos de la película.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
LA VIDA EN ROSA [La Môme]
Dir: Olivier Dahan
Guión: Olivier Dahan e Isabelle Sobelman
c/ Marion Cotillard (Edith Piaf), Gérard Depardieu (Louis Leplée), Jean-Pierre Martins (Marcel Cerdan)
Fra, R Checa, UK/2007/Biopic/Estrenos
viernes, marzo 28, 2008
MOLIÈRE
Se podría decir que Moliere es la versión francesa de Shakespeare apasionado, pero es más interesante que esta. Ubicada también en el siglo XVII, Moliere es un escritor todavía desconocido y acosado por los acreedores y una ingrata prisión por deudas, hasta que encuentra un salvador, un rico burgués que requiere su asesoría para montar una obra de teatro y conquistar los favores de una dama de la aristocracia, todo lo cual producirá enredos dignos de una comedia del gran escritor francés.
La puesta en escena es atractiva precisamente porque se monta como una comedia de enredos, donde van apareciendo los personajes con las características inherentes a su clase social, burlándose por igual de burgueses acaudalados, nobles venidos a menos y damas coquetas, frívolas y provocativas. Ese muestrario le servirá de inspiración al escritor galo para sus futuras obras, convirtiéndose en el gran maestro de la comedia que sería algunos años después. Vale la pena verla.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
MOLIÈRE
Dir: Laurent Tirard
Guión: Laurent Tirard y Grégoire Vigneron
c/ Romain Duris (Molière), Fabrice Luchini (Jourdain), Laura Morante (Elmire), Edouard Baer (Dorante), Ludivine Sagnier (Célimène), Fanny Valette (Henriette), Gonzague Requillart (Valère), Philippe du Janerand (Sr. Bonnefoy), Gilian Petrovski (Thomas), Sophie-Charlotte Husson (Madeleine Béjart)
Francia/2007/Comedia/Dvd/Las que nunca se estrenaron
lunes, marzo 24, 2008
30 DÍAS DE NOCHE
La novedad está en que los vampiros migran a Alaska esperando que se haga la noche por treinta días (de allí el título) a fin de ser invulnerables para chuparle la sangre a todo un pueblo. La película ha sabido dosificar las escenas de terror, sin exagerar los efectos especiales, y más bien se centra en el suspenso y los intentos de supervivencia de los humanos que resisten hasta quedar apenas un pequeño grupo.
Se nota que el realizador es un atento lector de las películas de John Carpenter, considerado como el ícono viviente de los filmes de terror, y en especial de El enigma de otro mundo (The thing, 1982) que también se desarrollaba en el polo norte. El final es típicamente carpenteriano, del héroe que se sacrifica, cargado de poesía, en una imagen plástica y bella del amanecer.
Asimismo, el diseño de los personajes, los ambientes claustrofóbicos, las contradicciones suscitadas dentro del grupo, son tributarias del gran maestro del cine de horror, manteniendo al espectador en vilo por cerca de las dos horas de proyección sin recurrir a trucos baratos.
Efectivo thriller de terror del mismo realizador de la inquietante Hard candy (2005) que pudimos ver hace algunos meses, 30 días de noche es un estreno interesante en un subgénero donde es difícil encontrar películas que valgan realmente la pena.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
30 DÍAS DE NOCHE [30 days of night]
Dir: David Slade
Guión: Steve Niles, Stuart Beattie y Brian Nelson; basado en la novela gráfica "30 días de noche" de Steve Niles y Ben Templesmith
c/ Josh Hartnett (Eben Oleson), Melissa George (Stella Oleson), Danny Huston (Marlow), Ben Foster (el extraño), Mark Boone Junior (Beau Brower), Mark Rendall (Jake Oleson), Manu Bennett (Billy Kitka), Megan Franich (Iris)
EEUU/2007/ Terror, thriller***/Estrenos
jueves, marzo 20, 2008
MATAR A UN RUISEÑOR
Conserva su frescura y candor de cuando fue filmada. La segregación racial en los años de la depresión vistos desde los ojos de una niña. La película causó revuelo en el contexto de los años 60, cuando la lucha por los derechos civiles de las minorías negras dio origen a una serie de movimientos de distinto calibre, unos más radicales que otros. Fue el sacudir de una Norteamerica todavía conservadora de taras de siglos pasados.
Es curioso, será por deformación profesional, en mis recuerdos la escena del juicio era más extensa y, vista de nuevo ahora, no lo era tanto. Más bien trata de retratar ese ambiente de opresión e ignorancia que se vivía en el “deep south”. Memorable la actuación de Gregory Peck como el abogado defensor del hombre negro que quiere ser linchado.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
MATAR A UN RUISEÑOR [To kill a mocking bird]
Dir: Robert Mulligan
Guión: Horton Foote basado en la novela homónima de Harper Lee.
c/ Gregory Peck, Mary Badham, Phillip Alford, Robert Duvall
EEUU/1962/Drama***/Películas del ayer/Dvd
lunes, marzo 17, 2008
SWEENEY TODD
Se da por supuesto que los musicales son alegres, bellos, positivos y cargados de una gracia y felicidad con happy end incluido. Sweeney Todd rompe con ese esquema convencional para otorgarnos uno cargado de sombras, odio, venganza, sangre y un final trágico y amargo. Creo que por eso la película no ha gustado tanto entre el público. El final no es nada halagüeño.
La historia está ambientada en el Londres del siglo XIX y tiene mucho de la contada por Alejandro Dumas en El conde de Montecristo. La venganza es el eje del personaje central, un barbero condenado por un delito que no cometió, víctima del abuso del poder de un Juez arbitrario que le aplica largos años en galeras a fin de apropiarse de su esposa e hija. La variante está en que la sed de venganza será aplacada contra cualquiera que se siente en el sillón del barbero de la calle Fleet y en la utilización de las víctimas (fin utilitario en la Inglaterra industrial) como carne para las empanadas de la Sra. Lovett, hasta consumarse la venganza última y más deseada contra el Juez y el trágico final del protagonista.
Hasta allí en grandes rasgos la trama. ¿Es un musical fallido o no? Creo que no. El musical cumple con las pautas del género y lo hace con bastante inteligencia, aprovechando el material original. Los escenarios góticos y los personajes en la línea oscura de Tim Burton están bien, principalmente el de Johnny Depp que le otorga ese aire medio lunático, ido, esperpéntico y obsesivo a su personaje. También está correcta Helena Bonham Carter como la “encantadora” Sra. Lovett, con ese toque “fantasmal” gracias al maquillaje (verdadera delicia de personaje en la galería del realizador). Igual los secundarios, todos insuflados de ese aire “burtoniano”, como el ambiente gótico y excesivo, marca del realizador. Pero, los límites de la película son los que le impone el género. Está enconsertado en un musical y debe respetar las pautas del mismo. De repente, el resultado habría sido distinto de haber ido por otro camino.
Sweeney Todd se deja ver, aunque no es lo mejor de Tim Burton.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
SWEENEY TODD, EL BARBERO DIABÓLICO DE LA CALLE FLEET [Sweeney Todd, the demon barber of Fleet street]
Dir: Tim Burton
Guión: John Logan; basado en el musical de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler
c/ Johnny Depp (Sweeney Todd), Helena Bonham Carter (Sra. Lovett), Alan Rickman (Juez Turpin), Timothy Spall (Beadle), Sacha Baron Cohen (Pirelli), Jamie Campbell Bower (Anthony), Laura Michele Kelly (Lucy), Jayne Wisener (Johanna), Edward Sanders (Toby)
EEUU/2007/Musical, thriller***/Estrenos
jueves, marzo 13, 2008
EL PORNO Y YO
Mi primera relación con el porno fue en secundaria. Tendría unos quince o dieciséis años cuando un compañero de clase trajo una revista extranjera que contenía fotografías bastante explícitas. El texto no lo entendíamos, pero las fotos daban cuenta muy evidente y sin tapujos del sexo oral que una mujer le practicaba a un hombre. Era la primera vez que veíamos imágenes de hombres y mujeres desnudos teniendo sexo. En aquella época –inicios de los setenta, cuando los militares gobernaban el país- solo se encontraba material porno que entraba de contrabando, o por medio de amigos en alguna embajada, o –la vía más directa- con generales dentro de nuestra familia.
La dictadura de aquel entonces, cuidando nuestra salud sexual, había prohibido todo tipo de revistas, películas o libros que atentaran contra “la moral y las buenas costumbres”; incluso habían sido prohibidas películas como “El último tango en Paris”, a pesar que vista a la distancia no pasaba de un juego entre inocente y medio malévolo de un viejito (Marlon Brando) rejuveneciendo con la joven y voluptuosa María Schneider, una chiquilla con los senos bien duritos y ávida de tener experiencias nuevas no concedidas por su novio, más preocupado en hacer películas que en atender como es debido a la prometida; todo en plena época de la revolución sexual (la famosa “escena de la mantequilla” que tanta alharaca causó en Lima cuando fue su estreno, ahora no pasa de una practica bastante común). Hasta “El decamerón” de Pier Paolo Pasolini fue prohibido. Había conseguido su pase a exhibición de la temible censura de la época –especie de Stasi peruana-, pero el día de su estreno, faltando pocos minutos para su proyección en el mítico cine Roma con sala colmada hasta el último asiento, llega un camión del ejército repleto de soldados con armas al ristre y un teniente al mando, rodean el cine como si fuera una madriguera de terroristas e incautan la película “por órdenes superiores”. Los espectadores que estábamos en el Roma –había logrado “colarme” a una película apta para mayores- tuvimos, entre resignados y molestos, que abandonar la sala.
Se estaba educando al “ciudadano revolucionario del mañana” –a fin de ser “iguales”, todos los escolares ya usábamos un horrible uniforme plomo rata-, así que no se podía permitir mal formar nuestras tiernas mentes, a pesar de ser vox populi que muchos generales, gobernantes de los destinos del Perú, veían en funciones privadas lo que al común de los mortales nos estaba vedado. Sin embargo, nunca faltaban esas revistas extranjeras, como la llevada aquella vez por mi compañero de clase, y que originó en algunos alumnos desarreglos nerviosos por un exceso de masturbaciones diarias (“el vicio solitario” como decían nuestros abuelitos).
Los tenedores de un proyector privado –el Beta, ni el VHS, menos el DVD, asomaban todavía- se agenciaban algunas peliculitas porno venidas subrepticiamente por la frontera; pero, generalmente se debía hacer malabares para conseguirlas, tener contactos y el precio era caro. Curiosamente, la prohibición del gobierno militar originó todo un mercado negro del cine porno, convenciéndome en carne propia y a temprana edad que las prohibiciones al final traen más perjuicios que beneficios, y que la libertad es mejor en todo sentido, hasta para apreciar una película pornográfica.
Aquellos que no podíamos pagar los altos precios de las publicaciones o filmes del mercado negro, teníamos que contentarnos con una actriz argentina que exhibía sus atributos en cintas con nombres tan sugestivos como “Carne”, “Lujuria tropical” o “La tentación desnuda”, dirigida siempre por su esposo Armando Bó. Isabel Sarli causó muchos sueños húmedos entre los jóvenes de la época.
La verdad que las películas de la Sarli eran más el título que el contenido, casi siempre tonto, un poco ingenuo y a veces medio truculento; pero al no existir más oferta, los adolescentes iban con asiduidad monacal a las salas de barrio donde proyectaban sus filmes. Debemos recordar que los muchachos de entonces éramos bastante ingenuos y casi casi estábamos descubriendo el sexo a los catorce y quince años, muy diferente a los chicos de ahora que tempranamente descubren los arcanos que rodean al acto sexual por el internet y la televisión (recuerdo hace un tiempo una amiga de mi generación se escandalizó por las películas triple X que pasaban en el hostal donde estábamos, sin saber que sus hijos muy posiblemente ya habían visto y revisto las mismas películas por el internet, la tv o el dvd).
*****
En el cercado de Lima –Jirón Chota si no recuerdo mal - existía una salita de cine llamada “Rívoli” que se llenaba totalmente de escolares para ver a la Sarli semi desnuda o en poses sugestivas. Como actriz no era gran cosa, pero aprovechaba su gran recurso corporal, esperando con ansias los muchachos de entonces ver que le desgarren la ropa y se insinúen las protuberancias de sus grandes senos o de sus poderosas ancas. Como cinéfilo “convicto y confeso” que ya era por aquellos años, creo a sus películas no les daba más de un tres en una escala del uno al diez.
Por cierto, las películas de la Sarli estaban dentro del llamado “soft core” o porno blando, permitido por la censura del gobierno militar a diferencia del “hard core” o porno duro, con sexo explícito y mostración de genitales, hallado únicamente en el mercado negro.
El cine “Rívoli” quedaba a pocas cuadras del colegio donde estudiaba (un colegio de varones púberes viviendo angustiados por el sexo), así que los días viernes, terminadas las clases a las dos de la tarde, y apenas sonaba la campana, nos íbamos en dirección al Jirón Chota. Felizmente el administrador era bastante tolerante y las películas aptas para mayores de 21 –la mayoridad en aquellos años- permitía el ingreso a jóvenes de dieciséis, quince, o a veces de menos edad. Allí presencié mi primera película porno o la que supuse era una película porno. Mis compañeros ya me habían comentado del “Rívoli”, que “sí dejaba pasar” a menores, así que un viernes, terminando las clases, me animé y fui solo. Ya en aquella época me había fijado ciertas reglas de disciplina para ver un filme y una era ir sin compañía a fin de no sufrir interrupciones durante la función y poder apreciar mejor la proyección (aunque, en honor a la verdad, esa regla ha tenido a lo largo de su aplicación excepciones ocasionales cuando la compañía ha sido agradable).
Entré a la sala sin saber nada del filme. Era una comedia sobre un muchacho que por la edad siente las urgencias del sexo y en uno de esos enredos tiene relaciones sexuales con su propia madre, que lo “estrena” en las artes amatorias, comenzando así su vida sexual, contado todo en un tono risueño y desenfadado, sin dramatismo alguno. Se titulaba “Soplo al corazón”, que de porno no tenía nada, y era del gran realizador francés Louis Malle, de quien vería años después algunas de las películas que guardo con más aprecio en mi memoria.
Sucedía que cines como el “Rívoli” proyectaban cualquier película con escenas de sexo o de “calateo” que llamase la atención del público objetivo concurrente a la sala (escolares deseosos de ver cópulas y mujeres desnudas en el écran). Así, por ejemplo, proyectaron también “Edipo Rey” de Pier Paolo Pasolini, que tampoco era un porno y, dicho sea de paso, a esa edad no entendí muy bien. (Me reencontraría con Pasolini algunos años después, ya un poco más grande y con más películas vistas en mí haber, iría entendiendo poco a poco su cine, conservando en el corazón con mucho cariño su “trilogía de la vida”).
Algunos años después, ya casi al final de la dictadura, ingresaron las películas del “flaco” Olmedo y el “gordo” Porcel. El gobierno militar estaba más preocupado en reprimir las protestas populares y en buscar una salida decorosa a una situación política cada vez más insostenible, así que Porcel y Olmedo invadieron las salas limeñas para hacer olvidar a la gente las subidas de precio de los productos de primera necesidad, ocasionadas por los “paquetazos” (“sinceramiento de precios” en la jerga financiera-burocrática) de un ministro de economía que con los años se convertiría en “gurú” de las finanzas y funcionario internacional gracias a sus constantes cambios conforme el vaivén del viento en la política local.
Un público ansioso colmaría los cines donde se estrenaban “Los caballeros de la cama redonda”, “Los doctores las prefieren desnudas” o “Encuentros muy cercanos con señoras de cualquier tipo”. Conocimos también a las “vedettes” argentinas: altas, bien proporcionadas, “carne blanca” como decíamos (Tula Rodríguez demoraría algunos años en ser “sex symbol”). Susana Giménez y Moria Casan ocasionaron los sueños perplejos de más de un peruano. Aunque en justicia, las películas de la dupla Olmedo-Porcel estaban en el género de la picaresca que en el porno blando propiamente, aunque en época de escasez bien valían las tortas…
*****
En aquellos años mis gustos cinéfilos se habían vuelto más exigentes y virado hacia las “películas de autor”, descubriendo a cineastas como Kubrick, Bergman, Kurosawa, Fellini, Antonioni, Anderson o aquella generación de jóvenes realizadores representantes de una visión distinta del cine norteamericano, y que marcaron mi cinefilia, como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Brian de Palma, Peter Bogdanovich, Woody Allen, entre otros renovadores del Hollywood clásico.
Gracias a la revolución sexual que vivió Norteamérica en los sesenta y a los cambios en la mentalidad y sociedad que acaecieron por esos años –influenciados por la guerra de Vietnam-, el Código de conducta moral Hays -censurador de imágenes o palabras atentatorios contra “el pudor” y que reinó en la industria del cine por más de treinta años- quedó abolido. Ahora se permitían las malas palabras, la jerga, la violencia desmesurada, el acto sexual y los desnudos totales en las producciones, sin que el orden político o los grupos puritanos pudiesen hacer nada. Esa libertad y nuevos aires permitieron la renovación del cine norteamericano, bastante aletargado y que sufría de un proceso esclerótico creativo muy similar al visto ahora en las producciones hollywoodenses.
Era un asiduo concurrente a los “cine clubs”, y en especial a uno ubicado en la Av. Arica, el famoso auditorio Don Bosco, administrado por unos muchachos uruguayos que habían huido de las sangrientas dictaduras que asolaron los países del cono sur en la convulsa década de los setenta.
Salía con el trasero adolorido –las sillas eran de madera- pero contento de haber visto una buena película. Me convertí en un asiduo concurrente de la salita del Don Bosco, muchas veces faltaba a clases en la universidad para no perderme alguno de los filmes proyectados; incluso tenía un abono mensual para concurrir cuantas veces quisiera. Aquellos años, con toda seguridad, fueron los más felices de mi vida. De esa época data también una corta relación con una muchacha uruguaya. Médica de profesión, algo mayor que yo, de izquierda como yo, creía en un mundo más justo y mejor como yo, huía de la dictadura y de las desapariciones de opositores políticos en el Uruguay de Bordaberry, y cargaba con la angustia y culpa de haber dejado al esposo allá, del cual no tenía noticias.
Gracias a M… mi cinefilia creció y comencé a valorar más el cine europeo, y en especial a la “nouvelle vague” francesa. De su mano aprendí varias cosas esenciales en la vida, así como a valorar un cine distinto al norteamericano. Siempre estaré en deuda con ella; pero, esa es otra historia que quizás algún día me anime a contar.
*****
Si España tuvo su movida terminado el franquismo, nosotros también tuvimos nuestra “movida limeña”. Con el advenimiento de la democracia se terminó la censura y los peruanos pudimos ver por fin la “trilogía de la vida” de Pier Paolo Pasolini o “El último tango en París” con lleno de salas por semanas enteras (por cierto, esta última la acabo de ver hace poco en dvd y contiene escenas bastante aburridas, donde uno, literalmente, se cae de sueño). Llegaba también la actriz holandesa Sylvia Kristel y su trilogía sobre Emmanuelle -que algunos años después la completó con una más-, inaugurando en nuestro medio el llamado “porno de lujo”, películas porno de presupuesto elevado, en el histórico cine “Colón” que exhibiría algunos memorables en la época. Otra de la misma tendencia fue “Historia de O”, que a pesar de contener escenas explícitas de sexo anal (o como diría el Dr. Marco Aurelio Denegri peneano-rectal), vista a la distancia de los años como que ha envejecido, la película es medio tiesa, acartonada. También ingresó el célebre Tinto Brass con “Calígula” en la categoría del “porno histórico”, cuya exhibición causó revuelo en todo el mundo y más en una ciudad como Lima, sacudiéndose lentamente de la pacatería. La película fue condenada por cierta prensa beatona (cuenta la leyenda que ante el escándalo suscitado por el estreno, algunos de los participantes en el filme pidieron que sus nombres fueran retirados de los créditos). En nuestro país fue el cine Roma de nuevo quien tuvo el monopolio del filme y la gente daba literalmente vueltas alrededor de la manzana a fin de conseguir un boleto. Esta vez, felizmente, no se presentó ningún teniente con “orden superior” que incautara la cinta, así que la pudimos ver tranquilamente, apreciando a un gesticulante Malcolm McDowell como Calígula, pero sobretodo a una actriz que daría luego mucho que hablar en el futuro por su buen desempeño actoral: Helen Mirren.
Otra que también causó revuelo fue “El imperio de los sentidos”, y si bien no es un porno stricto sensu, causó estupefacción en la Lima de inicios de los ochenta por la exhibición explícita de coitos y genitales (por ejemplo, se muestra una “fellatio” en primer plano), por lo que algunos comentaristas escasos de luces aventuraron en calificarla como pornográfica. Nagisa Oshima, su realizador, había ido audazmente hacia la frontera bastante indefinida entre el porno y el erotismo. El resultado fue una obra de arte que pervive en el tiempo, no obstante que a algunos espectadores les “chocó” el final donde la protagonista amputa el pene de su amante y, sujetándolo entre sus manos, deambula errática y medio ida entre las tropas japonesas.
Empezando el segundo gobierno de Belaunde se abolió la censura, entró en vigencia la Constitución Política de 1979, una de las más avanzadas de la época, y cayó la temible Stasi peruana, así que el porno duro entró a las salas limeñas libre de todo impedimento y por la puerta grande. No obstante, el Arquitecto restaurador, a fin de evitar que “la moral y las buenas costumbres” no se vieran rebalsadas, reglamentó que el “hard core” se proyectara a partir de la medianoche. Supuestamente la medida era disuasiva –a fin de evitar la concurrencia de demasiados parroquianos-, de tintes moralizantes y hasta religiosos, por no decir cucufatos, pero lo que generó fue todo un mercado a partir de las doce de la noche, como si se tratara de un embrujo mágico. No solo una buena cantidad de espectadores ansiosos por la proyección se congregaban, cual aquelarre, un poco antes de la medianoche –generalmente hombres solitarios que esperaban en el hall del cine se abra la boletería-, sino también los tradicionales vendedores de sánguches y emolientes, de chocolates, chicles y cigarrillos, así como las “chicas de la noche” que esperaban desfogar a los apremiados espectadores al salir de la función, y que a veces, con la complicidad de los boleteros, ingresaban a la sala en plena proyección a ofrecer sus servicios, con lo que presenciábamos un doble espectáculo: el de la pantalla y el de las chicas practicando una “fellatio” en la misma butaca a un parroquiano apurado o cargando con este al baño. Así que las noches en Lima, luego de los “toques de queda” en las postrimerías del gobierno militar, comenzaron a ser más movidas y entretenidas. Por cierto, descubrimos también que las “chicas malas” no eran tan malas como las habían pintado, y sí más bien bastante interesantes, haciéndome amigo y parroquiano seguro de una de ellas, con la cual mantuve una relación compleja de “cliente- amigo cariñoso-confidente” por varios años.
Recuerdo una película de ese entonces. No tengo muy preciso el título (además para llamar la atención aquí les etiquetaban títulos insinuantes como Las noches húmedas, Sexo sádico, Los “anales” de Patricia, entre otros más o menos llamativos), pero era una comedia porno bastante entretenida. Tenía argumento y trataba de un tipo que se las ingeniaba para tener sexo con las mujeres haciéndose pasar por médico. Su sobrenombre no podía ser más evidente: “Doctor sexo”.
Pero, junto a las “chicas de la noche”, aparecieron también los primeros travestis para caballeros con gustos más exquisitos. Fuerte competencia para las primeras, al existir hombres buscadores de algo más “exótico” que una mujer para tener sexo, además el SIDA todavía no aparecía en el horizonte, así que las relaciones eran “piel a piel” y por la entrada que mejor guste o plazca. Algunos años después, los travestis se convertirían en lugar común de la oferta sexual que ofrece Lima de noche y ciertas avenidas de la ciudad son parte de su escenario habitual. Ya no llaman la atención ni mueven a escándalo como hace veinticinco años atrás.
Sin embargo, el ingreso del beta primero y el VHS después, desplazó el placer de ver una película porno de las salas a la tranquilidad del hogar, contribuyendo a ello las deficiencias técnicas en las proyecciones que a veces llegaban a un écran oscuro o totalmente borroso justo cuando estaba en lo mejor la “acción”. Otras veces sucedía que los “rollos” del filme venían alterados. Era un sistema de chasquis en motocicleta que trajinaban con los rollos de un cine a otro, originando a veces la confusión en la continuación de estos, así, en ciertas ocasiones, el final de la película venía primero y el inicio al final. Era una forma medio surrealista de apreciar un filme, hasta parecía cine de vanguardia que rompía los moldes clásicos de la narración.
También contribuyó al eclipse de toda esta época el terrorismo. Los chicos de Sendero decidieron seguir el precepto de Mao “del campo a la ciudad” y no se les ocurrió mejor manera que colocar coches-bomba a diestra y siniestra, causando apagones, volando edificios y practicando su “asesinato selectivo”. Uno, al levantarse, no sabía si al terminar la jornada regresaría vivo o entero a su casa, optando los limeños por quedarse en sus casitas y salir lo menos posible. Era la estocada final a las salas de cine antiguas y que se convertirían poco a poco en iglesias evangélicas -previo exorcismo de los demonios de la carne que pululaban en los otrora cines porno-, o en actividades más mundanas como salas de bingo y la esperanza de abrazar la fortuna con una moneda.
En lo personal, en esos años, mis intereses cinéfilos se habían vuelto cada vez más exigentes, y si una película no satisfacía mis gustos me aburría y sentía una pérdida de tiempo irreparable, por lo que el porno no me llamaba la atención: ver una sucesión de escenas de solo sexo sin una historia interesante que las enlace me resultaba mortalmente aburrido. Aparte que la etapa de la curiosidad juvenil de solo mirar como un voyeur había dado paso hacía mucho tiempo a la de practicar lo visto, más entretenido y emocionante que la ficción.
*****
Si bien no compro películas porno, tengo un amigo que es un gran coleccionista y de vez en cuando, al visitarlo, le “gorreo” alguna de su enorme catálogo. Existen de todas las nacionalidades: españolas, argentinas, italianas y por supuesto norteamericanas. El porno peruano no se ha quedado atrás y, entre otros medios, se vende por internet. Hace poco me topé con una página peruana que daba cuenta de una chiquilla teniendo sexo con dos hombres a la vez: uno por delante, otro por atrás. Por cierto, los “actores” peruanos físicamente ni por asomo se parecían a los europeos o norteamericanos: musculosos(as), practicantes del fisicoculturismo. La “protagonista” estaba bastante flaca y le colgaban las tetillas, mientras los “actores” daban la impresión de no ver la olla hace muchos días por lo flacos y desnutridos. Ni que se diga de las deficiencias técnicas en iluminación o fotografía, para no hablar ya del encuadre. Digamos que era un porno del tercer mundo. Como dice el viejo adagio “no es lo mismo un desnudo griego que un cholo calato”. Aunque si nos atenemos al principio de realidad, los cuerpos esqueléticos o gorditos y no tan adónicos reflejan mucho mejor la verdad de todos nosotros: imperfectos, deformes y muchas veces hasta risibles. Barriguitas o barrigotas, piernas chuecas, rollitos en la cintura más que evidentes, senos y nalgas flácidos, órganos masculinos de la finura y tamaño de un alfiler, son parte del imaginario común en cualquier parte del mundo. No crean todo lo visto en la pantalla: ni todas las mujeres son tan exuberantes como las actrices porno, ni los hombres tan dotados y con cuerpos musculosos como los “actores”. Eso es solo ficción. La vida real está plagada de aquellas imágenes de cuerpos contrahechos como las mostradas en aquel porno nacional.
No todas las películas pornográficas son pesadas e insostenibles a nivel argumentativo. Hace un tiempo mi amigo me prestó una titulada “Anal planet”. Era una comedia porno de ciencia ficción, donde un grupo de astronautas van deambulando por las galaxias, llegando a un planeta donde se ha inventado un casco para tener sexo virtual, hasta estallar este por demasiados coitos (el “professor”, inventor del casco, muere repitiendo to much sex, to much sex). Es graciosa, ligera y tiene historia entre escenas de sexo y sexo. Me gustó tanto que me la quedé de recuerdo y de vez en cuando la veo. Mi amigo no la va a extrañar entre centenares de películas de su enorme colección.
Algo similar me pasó con otro porno de “ambiente histórico”. Inscrita en la vertiente de la picaresca, trata sobre una chica de pueblo que en el siglo XVIII (la época no es muy precisa en el filme) va ascendiendo de condición social gracias a sus encantos y a cómo los emplea con los ricos con quienes se encuentra, llevando por título el nombre de la protagonista: “Tatiana”. Hasta donde tengo conocimiento se hicieron tres partes, lo que da a entender el personaje fue bastante popular en los años noventa, cuando se produjo el filme.
Ahora, gracias al dvd, por unos cuantos soles podemos ver tranquilamente una película porno en nuestra casa, y si se tiene pantalla ancha, home theatre y surround para apreciar en forma envolvente los gemidos, tanto mejor. Existen muchas tiendas especializadas en la venta de dvd’s porno, así que el negocio anda muy bien, contando con oferta de filmes no solo para heterosexuales, sino también dirigido a segmentos especializados del público (lo que en marketing denominan “nichos de mercado”), así tenemos porno para homosexuales, lesbianas, she-male, pederastas, sado-masoquistas, onanistas, zoofílicos, fetichistas y quizás hasta para necrófilos; y, en las pocas salas de cine que todavía lo proyectan ahora entran mujeres, acompañadas de su pareja o en grupo, no siendo más un coto exclusivo del hombre. La emoción de lo prohibido de antaño ha cedido el paso a la cotidianeidad insípida del ahora.
El porno se ha institucionalizado, se ha asimilado al sistema, se ha “democratizado”. En esta época el sexo ya no es un tabú, y el porno ya no es un artículo prohibido que uno miraba a hurtadillas de los padres o los maestros, como aquella revista que entre fascinados y con angustia por ser descubiertos veíamos unos adolescentes treinta años atrás. Ahora es tan común y tan fácil de conseguir para un joven como comprar un paquete de cigarrillos o una botella de ron, y creo que por eso el porno ya perdió su encanto.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
La dictadura de aquel entonces, cuidando nuestra salud sexual, había prohibido todo tipo de revistas, películas o libros que atentaran contra “la moral y las buenas costumbres”; incluso habían sido prohibidas películas como “El último tango en Paris”, a pesar que vista a la distancia no pasaba de un juego entre inocente y medio malévolo de un viejito (Marlon Brando) rejuveneciendo con la joven y voluptuosa María Schneider, una chiquilla con los senos bien duritos y ávida de tener experiencias nuevas no concedidas por su novio, más preocupado en hacer películas que en atender como es debido a la prometida; todo en plena época de la revolución sexual (la famosa “escena de la mantequilla” que tanta alharaca causó en Lima cuando fue su estreno, ahora no pasa de una practica bastante común). Hasta “El decamerón” de Pier Paolo Pasolini fue prohibido. Había conseguido su pase a exhibición de la temible censura de la época –especie de Stasi peruana-, pero el día de su estreno, faltando pocos minutos para su proyección en el mítico cine Roma con sala colmada hasta el último asiento, llega un camión del ejército repleto de soldados con armas al ristre y un teniente al mando, rodean el cine como si fuera una madriguera de terroristas e incautan la película “por órdenes superiores”. Los espectadores que estábamos en el Roma –había logrado “colarme” a una película apta para mayores- tuvimos, entre resignados y molestos, que abandonar la sala.
Se estaba educando al “ciudadano revolucionario del mañana” –a fin de ser “iguales”, todos los escolares ya usábamos un horrible uniforme plomo rata-, así que no se podía permitir mal formar nuestras tiernas mentes, a pesar de ser vox populi que muchos generales, gobernantes de los destinos del Perú, veían en funciones privadas lo que al común de los mortales nos estaba vedado. Sin embargo, nunca faltaban esas revistas extranjeras, como la llevada aquella vez por mi compañero de clase, y que originó en algunos alumnos desarreglos nerviosos por un exceso de masturbaciones diarias (“el vicio solitario” como decían nuestros abuelitos).
Los tenedores de un proyector privado –el Beta, ni el VHS, menos el DVD, asomaban todavía- se agenciaban algunas peliculitas porno venidas subrepticiamente por la frontera; pero, generalmente se debía hacer malabares para conseguirlas, tener contactos y el precio era caro. Curiosamente, la prohibición del gobierno militar originó todo un mercado negro del cine porno, convenciéndome en carne propia y a temprana edad que las prohibiciones al final traen más perjuicios que beneficios, y que la libertad es mejor en todo sentido, hasta para apreciar una película pornográfica.
Aquellos que no podíamos pagar los altos precios de las publicaciones o filmes del mercado negro, teníamos que contentarnos con una actriz argentina que exhibía sus atributos en cintas con nombres tan sugestivos como “Carne”, “Lujuria tropical” o “La tentación desnuda”, dirigida siempre por su esposo Armando Bó. Isabel Sarli causó muchos sueños húmedos entre los jóvenes de la época.
La verdad que las películas de la Sarli eran más el título que el contenido, casi siempre tonto, un poco ingenuo y a veces medio truculento; pero al no existir más oferta, los adolescentes iban con asiduidad monacal a las salas de barrio donde proyectaban sus filmes. Debemos recordar que los muchachos de entonces éramos bastante ingenuos y casi casi estábamos descubriendo el sexo a los catorce y quince años, muy diferente a los chicos de ahora que tempranamente descubren los arcanos que rodean al acto sexual por el internet y la televisión (recuerdo hace un tiempo una amiga de mi generación se escandalizó por las películas triple X que pasaban en el hostal donde estábamos, sin saber que sus hijos muy posiblemente ya habían visto y revisto las mismas películas por el internet, la tv o el dvd).
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En el cercado de Lima –Jirón Chota si no recuerdo mal - existía una salita de cine llamada “Rívoli” que se llenaba totalmente de escolares para ver a la Sarli semi desnuda o en poses sugestivas. Como actriz no era gran cosa, pero aprovechaba su gran recurso corporal, esperando con ansias los muchachos de entonces ver que le desgarren la ropa y se insinúen las protuberancias de sus grandes senos o de sus poderosas ancas. Como cinéfilo “convicto y confeso” que ya era por aquellos años, creo a sus películas no les daba más de un tres en una escala del uno al diez.
Por cierto, las películas de la Sarli estaban dentro del llamado “soft core” o porno blando, permitido por la censura del gobierno militar a diferencia del “hard core” o porno duro, con sexo explícito y mostración de genitales, hallado únicamente en el mercado negro.
El cine “Rívoli” quedaba a pocas cuadras del colegio donde estudiaba (un colegio de varones púberes viviendo angustiados por el sexo), así que los días viernes, terminadas las clases a las dos de la tarde, y apenas sonaba la campana, nos íbamos en dirección al Jirón Chota. Felizmente el administrador era bastante tolerante y las películas aptas para mayores de 21 –la mayoridad en aquellos años- permitía el ingreso a jóvenes de dieciséis, quince, o a veces de menos edad. Allí presencié mi primera película porno o la que supuse era una película porno. Mis compañeros ya me habían comentado del “Rívoli”, que “sí dejaba pasar” a menores, así que un viernes, terminando las clases, me animé y fui solo. Ya en aquella época me había fijado ciertas reglas de disciplina para ver un filme y una era ir sin compañía a fin de no sufrir interrupciones durante la función y poder apreciar mejor la proyección (aunque, en honor a la verdad, esa regla ha tenido a lo largo de su aplicación excepciones ocasionales cuando la compañía ha sido agradable).
Entré a la sala sin saber nada del filme. Era una comedia sobre un muchacho que por la edad siente las urgencias del sexo y en uno de esos enredos tiene relaciones sexuales con su propia madre, que lo “estrena” en las artes amatorias, comenzando así su vida sexual, contado todo en un tono risueño y desenfadado, sin dramatismo alguno. Se titulaba “Soplo al corazón”, que de porno no tenía nada, y era del gran realizador francés Louis Malle, de quien vería años después algunas de las películas que guardo con más aprecio en mi memoria.
Sucedía que cines como el “Rívoli” proyectaban cualquier película con escenas de sexo o de “calateo” que llamase la atención del público objetivo concurrente a la sala (escolares deseosos de ver cópulas y mujeres desnudas en el écran). Así, por ejemplo, proyectaron también “Edipo Rey” de Pier Paolo Pasolini, que tampoco era un porno y, dicho sea de paso, a esa edad no entendí muy bien. (Me reencontraría con Pasolini algunos años después, ya un poco más grande y con más películas vistas en mí haber, iría entendiendo poco a poco su cine, conservando en el corazón con mucho cariño su “trilogía de la vida”).
Algunos años después, ya casi al final de la dictadura, ingresaron las películas del “flaco” Olmedo y el “gordo” Porcel. El gobierno militar estaba más preocupado en reprimir las protestas populares y en buscar una salida decorosa a una situación política cada vez más insostenible, así que Porcel y Olmedo invadieron las salas limeñas para hacer olvidar a la gente las subidas de precio de los productos de primera necesidad, ocasionadas por los “paquetazos” (“sinceramiento de precios” en la jerga financiera-burocrática) de un ministro de economía que con los años se convertiría en “gurú” de las finanzas y funcionario internacional gracias a sus constantes cambios conforme el vaivén del viento en la política local.
Un público ansioso colmaría los cines donde se estrenaban “Los caballeros de la cama redonda”, “Los doctores las prefieren desnudas” o “Encuentros muy cercanos con señoras de cualquier tipo”. Conocimos también a las “vedettes” argentinas: altas, bien proporcionadas, “carne blanca” como decíamos (Tula Rodríguez demoraría algunos años en ser “sex symbol”). Susana Giménez y Moria Casan ocasionaron los sueños perplejos de más de un peruano. Aunque en justicia, las películas de la dupla Olmedo-Porcel estaban en el género de la picaresca que en el porno blando propiamente, aunque en época de escasez bien valían las tortas…
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En aquellos años mis gustos cinéfilos se habían vuelto más exigentes y virado hacia las “películas de autor”, descubriendo a cineastas como Kubrick, Bergman, Kurosawa, Fellini, Antonioni, Anderson o aquella generación de jóvenes realizadores representantes de una visión distinta del cine norteamericano, y que marcaron mi cinefilia, como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Brian de Palma, Peter Bogdanovich, Woody Allen, entre otros renovadores del Hollywood clásico.
Gracias a la revolución sexual que vivió Norteamérica en los sesenta y a los cambios en la mentalidad y sociedad que acaecieron por esos años –influenciados por la guerra de Vietnam-, el Código de conducta moral Hays -censurador de imágenes o palabras atentatorios contra “el pudor” y que reinó en la industria del cine por más de treinta años- quedó abolido. Ahora se permitían las malas palabras, la jerga, la violencia desmesurada, el acto sexual y los desnudos totales en las producciones, sin que el orden político o los grupos puritanos pudiesen hacer nada. Esa libertad y nuevos aires permitieron la renovación del cine norteamericano, bastante aletargado y que sufría de un proceso esclerótico creativo muy similar al visto ahora en las producciones hollywoodenses.
Era un asiduo concurrente a los “cine clubs”, y en especial a uno ubicado en la Av. Arica, el famoso auditorio Don Bosco, administrado por unos muchachos uruguayos que habían huido de las sangrientas dictaduras que asolaron los países del cono sur en la convulsa década de los setenta.
Salía con el trasero adolorido –las sillas eran de madera- pero contento de haber visto una buena película. Me convertí en un asiduo concurrente de la salita del Don Bosco, muchas veces faltaba a clases en la universidad para no perderme alguno de los filmes proyectados; incluso tenía un abono mensual para concurrir cuantas veces quisiera. Aquellos años, con toda seguridad, fueron los más felices de mi vida. De esa época data también una corta relación con una muchacha uruguaya. Médica de profesión, algo mayor que yo, de izquierda como yo, creía en un mundo más justo y mejor como yo, huía de la dictadura y de las desapariciones de opositores políticos en el Uruguay de Bordaberry, y cargaba con la angustia y culpa de haber dejado al esposo allá, del cual no tenía noticias.
Gracias a M… mi cinefilia creció y comencé a valorar más el cine europeo, y en especial a la “nouvelle vague” francesa. De su mano aprendí varias cosas esenciales en la vida, así como a valorar un cine distinto al norteamericano. Siempre estaré en deuda con ella; pero, esa es otra historia que quizás algún día me anime a contar.
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Si España tuvo su movida terminado el franquismo, nosotros también tuvimos nuestra “movida limeña”. Con el advenimiento de la democracia se terminó la censura y los peruanos pudimos ver por fin la “trilogía de la vida” de Pier Paolo Pasolini o “El último tango en París” con lleno de salas por semanas enteras (por cierto, esta última la acabo de ver hace poco en dvd y contiene escenas bastante aburridas, donde uno, literalmente, se cae de sueño). Llegaba también la actriz holandesa Sylvia Kristel y su trilogía sobre Emmanuelle -que algunos años después la completó con una más-, inaugurando en nuestro medio el llamado “porno de lujo”, películas porno de presupuesto elevado, en el histórico cine “Colón” que exhibiría algunos memorables en la época. Otra de la misma tendencia fue “Historia de O”, que a pesar de contener escenas explícitas de sexo anal (o como diría el Dr. Marco Aurelio Denegri peneano-rectal), vista a la distancia de los años como que ha envejecido, la película es medio tiesa, acartonada. También ingresó el célebre Tinto Brass con “Calígula” en la categoría del “porno histórico”, cuya exhibición causó revuelo en todo el mundo y más en una ciudad como Lima, sacudiéndose lentamente de la pacatería. La película fue condenada por cierta prensa beatona (cuenta la leyenda que ante el escándalo suscitado por el estreno, algunos de los participantes en el filme pidieron que sus nombres fueran retirados de los créditos). En nuestro país fue el cine Roma de nuevo quien tuvo el monopolio del filme y la gente daba literalmente vueltas alrededor de la manzana a fin de conseguir un boleto. Esta vez, felizmente, no se presentó ningún teniente con “orden superior” que incautara la cinta, así que la pudimos ver tranquilamente, apreciando a un gesticulante Malcolm McDowell como Calígula, pero sobretodo a una actriz que daría luego mucho que hablar en el futuro por su buen desempeño actoral: Helen Mirren.
Otra que también causó revuelo fue “El imperio de los sentidos”, y si bien no es un porno stricto sensu, causó estupefacción en la Lima de inicios de los ochenta por la exhibición explícita de coitos y genitales (por ejemplo, se muestra una “fellatio” en primer plano), por lo que algunos comentaristas escasos de luces aventuraron en calificarla como pornográfica. Nagisa Oshima, su realizador, había ido audazmente hacia la frontera bastante indefinida entre el porno y el erotismo. El resultado fue una obra de arte que pervive en el tiempo, no obstante que a algunos espectadores les “chocó” el final donde la protagonista amputa el pene de su amante y, sujetándolo entre sus manos, deambula errática y medio ida entre las tropas japonesas.
Empezando el segundo gobierno de Belaunde se abolió la censura, entró en vigencia la Constitución Política de 1979, una de las más avanzadas de la época, y cayó la temible Stasi peruana, así que el porno duro entró a las salas limeñas libre de todo impedimento y por la puerta grande. No obstante, el Arquitecto restaurador, a fin de evitar que “la moral y las buenas costumbres” no se vieran rebalsadas, reglamentó que el “hard core” se proyectara a partir de la medianoche. Supuestamente la medida era disuasiva –a fin de evitar la concurrencia de demasiados parroquianos-, de tintes moralizantes y hasta religiosos, por no decir cucufatos, pero lo que generó fue todo un mercado a partir de las doce de la noche, como si se tratara de un embrujo mágico. No solo una buena cantidad de espectadores ansiosos por la proyección se congregaban, cual aquelarre, un poco antes de la medianoche –generalmente hombres solitarios que esperaban en el hall del cine se abra la boletería-, sino también los tradicionales vendedores de sánguches y emolientes, de chocolates, chicles y cigarrillos, así como las “chicas de la noche” que esperaban desfogar a los apremiados espectadores al salir de la función, y que a veces, con la complicidad de los boleteros, ingresaban a la sala en plena proyección a ofrecer sus servicios, con lo que presenciábamos un doble espectáculo: el de la pantalla y el de las chicas practicando una “fellatio” en la misma butaca a un parroquiano apurado o cargando con este al baño. Así que las noches en Lima, luego de los “toques de queda” en las postrimerías del gobierno militar, comenzaron a ser más movidas y entretenidas. Por cierto, descubrimos también que las “chicas malas” no eran tan malas como las habían pintado, y sí más bien bastante interesantes, haciéndome amigo y parroquiano seguro de una de ellas, con la cual mantuve una relación compleja de “cliente- amigo cariñoso-confidente” por varios años.
Recuerdo una película de ese entonces. No tengo muy preciso el título (además para llamar la atención aquí les etiquetaban títulos insinuantes como Las noches húmedas, Sexo sádico, Los “anales” de Patricia, entre otros más o menos llamativos), pero era una comedia porno bastante entretenida. Tenía argumento y trataba de un tipo que se las ingeniaba para tener sexo con las mujeres haciéndose pasar por médico. Su sobrenombre no podía ser más evidente: “Doctor sexo”.
Pero, junto a las “chicas de la noche”, aparecieron también los primeros travestis para caballeros con gustos más exquisitos. Fuerte competencia para las primeras, al existir hombres buscadores de algo más “exótico” que una mujer para tener sexo, además el SIDA todavía no aparecía en el horizonte, así que las relaciones eran “piel a piel” y por la entrada que mejor guste o plazca. Algunos años después, los travestis se convertirían en lugar común de la oferta sexual que ofrece Lima de noche y ciertas avenidas de la ciudad son parte de su escenario habitual. Ya no llaman la atención ni mueven a escándalo como hace veinticinco años atrás.
Sin embargo, el ingreso del beta primero y el VHS después, desplazó el placer de ver una película porno de las salas a la tranquilidad del hogar, contribuyendo a ello las deficiencias técnicas en las proyecciones que a veces llegaban a un écran oscuro o totalmente borroso justo cuando estaba en lo mejor la “acción”. Otras veces sucedía que los “rollos” del filme venían alterados. Era un sistema de chasquis en motocicleta que trajinaban con los rollos de un cine a otro, originando a veces la confusión en la continuación de estos, así, en ciertas ocasiones, el final de la película venía primero y el inicio al final. Era una forma medio surrealista de apreciar un filme, hasta parecía cine de vanguardia que rompía los moldes clásicos de la narración.
También contribuyó al eclipse de toda esta época el terrorismo. Los chicos de Sendero decidieron seguir el precepto de Mao “del campo a la ciudad” y no se les ocurrió mejor manera que colocar coches-bomba a diestra y siniestra, causando apagones, volando edificios y practicando su “asesinato selectivo”. Uno, al levantarse, no sabía si al terminar la jornada regresaría vivo o entero a su casa, optando los limeños por quedarse en sus casitas y salir lo menos posible. Era la estocada final a las salas de cine antiguas y que se convertirían poco a poco en iglesias evangélicas -previo exorcismo de los demonios de la carne que pululaban en los otrora cines porno-, o en actividades más mundanas como salas de bingo y la esperanza de abrazar la fortuna con una moneda.
En lo personal, en esos años, mis intereses cinéfilos se habían vuelto cada vez más exigentes, y si una película no satisfacía mis gustos me aburría y sentía una pérdida de tiempo irreparable, por lo que el porno no me llamaba la atención: ver una sucesión de escenas de solo sexo sin una historia interesante que las enlace me resultaba mortalmente aburrido. Aparte que la etapa de la curiosidad juvenil de solo mirar como un voyeur había dado paso hacía mucho tiempo a la de practicar lo visto, más entretenido y emocionante que la ficción.
*****
Si bien no compro películas porno, tengo un amigo que es un gran coleccionista y de vez en cuando, al visitarlo, le “gorreo” alguna de su enorme catálogo. Existen de todas las nacionalidades: españolas, argentinas, italianas y por supuesto norteamericanas. El porno peruano no se ha quedado atrás y, entre otros medios, se vende por internet. Hace poco me topé con una página peruana que daba cuenta de una chiquilla teniendo sexo con dos hombres a la vez: uno por delante, otro por atrás. Por cierto, los “actores” peruanos físicamente ni por asomo se parecían a los europeos o norteamericanos: musculosos(as), practicantes del fisicoculturismo. La “protagonista” estaba bastante flaca y le colgaban las tetillas, mientras los “actores” daban la impresión de no ver la olla hace muchos días por lo flacos y desnutridos. Ni que se diga de las deficiencias técnicas en iluminación o fotografía, para no hablar ya del encuadre. Digamos que era un porno del tercer mundo. Como dice el viejo adagio “no es lo mismo un desnudo griego que un cholo calato”. Aunque si nos atenemos al principio de realidad, los cuerpos esqueléticos o gorditos y no tan adónicos reflejan mucho mejor la verdad de todos nosotros: imperfectos, deformes y muchas veces hasta risibles. Barriguitas o barrigotas, piernas chuecas, rollitos en la cintura más que evidentes, senos y nalgas flácidos, órganos masculinos de la finura y tamaño de un alfiler, son parte del imaginario común en cualquier parte del mundo. No crean todo lo visto en la pantalla: ni todas las mujeres son tan exuberantes como las actrices porno, ni los hombres tan dotados y con cuerpos musculosos como los “actores”. Eso es solo ficción. La vida real está plagada de aquellas imágenes de cuerpos contrahechos como las mostradas en aquel porno nacional.
No todas las películas pornográficas son pesadas e insostenibles a nivel argumentativo. Hace un tiempo mi amigo me prestó una titulada “Anal planet”. Era una comedia porno de ciencia ficción, donde un grupo de astronautas van deambulando por las galaxias, llegando a un planeta donde se ha inventado un casco para tener sexo virtual, hasta estallar este por demasiados coitos (el “professor”, inventor del casco, muere repitiendo to much sex, to much sex). Es graciosa, ligera y tiene historia entre escenas de sexo y sexo. Me gustó tanto que me la quedé de recuerdo y de vez en cuando la veo. Mi amigo no la va a extrañar entre centenares de películas de su enorme colección.
Algo similar me pasó con otro porno de “ambiente histórico”. Inscrita en la vertiente de la picaresca, trata sobre una chica de pueblo que en el siglo XVIII (la época no es muy precisa en el filme) va ascendiendo de condición social gracias a sus encantos y a cómo los emplea con los ricos con quienes se encuentra, llevando por título el nombre de la protagonista: “Tatiana”. Hasta donde tengo conocimiento se hicieron tres partes, lo que da a entender el personaje fue bastante popular en los años noventa, cuando se produjo el filme.
Ahora, gracias al dvd, por unos cuantos soles podemos ver tranquilamente una película porno en nuestra casa, y si se tiene pantalla ancha, home theatre y surround para apreciar en forma envolvente los gemidos, tanto mejor. Existen muchas tiendas especializadas en la venta de dvd’s porno, así que el negocio anda muy bien, contando con oferta de filmes no solo para heterosexuales, sino también dirigido a segmentos especializados del público (lo que en marketing denominan “nichos de mercado”), así tenemos porno para homosexuales, lesbianas, she-male, pederastas, sado-masoquistas, onanistas, zoofílicos, fetichistas y quizás hasta para necrófilos; y, en las pocas salas de cine que todavía lo proyectan ahora entran mujeres, acompañadas de su pareja o en grupo, no siendo más un coto exclusivo del hombre. La emoción de lo prohibido de antaño ha cedido el paso a la cotidianeidad insípida del ahora.
El porno se ha institucionalizado, se ha asimilado al sistema, se ha “democratizado”. En esta época el sexo ya no es un tabú, y el porno ya no es un artículo prohibido que uno miraba a hurtadillas de los padres o los maestros, como aquella revista que entre fascinados y con angustia por ser descubiertos veíamos unos adolescentes treinta años atrás. Ahora es tan común y tan fácil de conseguir para un joven como comprar un paquete de cigarrillos o una botella de ron, y creo que por eso el porno ya perdió su encanto.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
lunes, marzo 10, 2008
PETRÓLEO SANGRIENTO
Petróleo sangriento es una película difícil de seguir para el gran público, de allí su escasa aceptación pese al merecido Oscar a Daniel Day-Lewis. No estamos ante una elegía al pioner conquistador del oeste ni tampoco ante un melodrama-río que emocione a las plateas. Petróleo sangriento (o Pozos de ambición, su otro título en español) no es concesiva, sino exige seguirla con mucha atención. La idea de descenso es recurrente a lo largo del filme. Desde la primera escena, cuando vemos a Daniel Plainview cavar en una mina hasta las perforaciones de los pozos de petróleo que lo convertirán en millonario. Pero, ese descenso es también símbolo de la degradación del personaje, de solitario y hosco a la misantropía y desprecio por el género humano. No le interesan las relaciones con los demás. No hay una compañera al lado y el pequeño que adopta huye de su lado de adulto. Daniel Plainview es un lobo solitario completo.
Petróleo sangriento también tiene un aliento religioso que recorre toda la película, desde la escena inicial en que Paul vende “por un plato de lentejas” la revelación del rico yacimiento de petróleo en la granja de sus padres hasta el fanatismo religioso de su hermano Eli, deseoso de convertirse en predicador de prestigio, vanidoso y sectario. Eli y Daniel son personajes contrapuestos, pero que se complementan. Ambos tienen obsesiones fijas: uno ser un gran predicador, el otro enriquecerse. Y ambos logran sus sueños. Precisamente la escena en que enloda y lo unta de petróleo Daniel a Eli hace alusión al “del barro eres”, con lo que lo coloca a su mismo nivel. Lo desprecia al saber el espectáculo que monta para captar feligreses. Igual sucede con la escena en que lo mata, es la muerte de Abel por Caín o el sacrificio del cordero que debe redimir a los pecadores (precisamente Daniel alude a la sangre del cordero, más en consonancia con el título original del filme). Ese substrato religioso impregna la película de principio a fin.
El sonido merece renglón aparte. Los ruidos disonantes o la misma música están fundidos con las imágenes, aludiendo a la personalidad desequilibrada de Daniel, a la locura implícita del personaje, a lo que contribuye la notable performance del actor, en un estilo expresionista, barroco, exagerado adrede, en sintonía con las características de un rol memorable.
Metáfora del capitalismo voraz y depredador, Petróleo sangriento es una muy buena película, difícil de seguir para el gran público, pero disfrutable para quien le encuentre el sentido.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
Petróleo sangriento también tiene un aliento religioso que recorre toda la película, desde la escena inicial en que Paul vende “por un plato de lentejas” la revelación del rico yacimiento de petróleo en la granja de sus padres hasta el fanatismo religioso de su hermano Eli, deseoso de convertirse en predicador de prestigio, vanidoso y sectario. Eli y Daniel son personajes contrapuestos, pero que se complementan. Ambos tienen obsesiones fijas: uno ser un gran predicador, el otro enriquecerse. Y ambos logran sus sueños. Precisamente la escena en que enloda y lo unta de petróleo Daniel a Eli hace alusión al “del barro eres”, con lo que lo coloca a su mismo nivel. Lo desprecia al saber el espectáculo que monta para captar feligreses. Igual sucede con la escena en que lo mata, es la muerte de Abel por Caín o el sacrificio del cordero que debe redimir a los pecadores (precisamente Daniel alude a la sangre del cordero, más en consonancia con el título original del filme). Ese substrato religioso impregna la película de principio a fin.
El sonido merece renglón aparte. Los ruidos disonantes o la misma música están fundidos con las imágenes, aludiendo a la personalidad desequilibrada de Daniel, a la locura implícita del personaje, a lo que contribuye la notable performance del actor, en un estilo expresionista, barroco, exagerado adrede, en sintonía con las características de un rol memorable.
Metáfora del capitalismo voraz y depredador, Petróleo sangriento es una muy buena película, difícil de seguir para el gran público, pero disfrutable para quien le encuentre el sentido.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
PETRÓLEO SANGRIENTO [THERE WILL BE BLOOD]
Dir. y guión: Paul Thomas Anderson, basado en la adaptación libre de la novela "Petróleo" de Upton Sinclair
c/ Daniel Day-Lewis (Daniel Plainview), Paul Dano (Paul Sunday/Eli Sunday), Kevin J. O'Connor (Henry), Ciarán Hinds (Fletcher), Dillon Freasier (H.W.)
EEUU/2007/Drama***/Estrenos
Dir. y guión: Paul Thomas Anderson, basado en la adaptación libre de la novela "Petróleo" de Upton Sinclair
c/ Daniel Day-Lewis (Daniel Plainview), Paul Dano (Paul Sunday/Eli Sunday), Kevin J. O'Connor (Henry), Ciarán Hinds (Fletcher), Dillon Freasier (H.W.)
EEUU/2007/Drama***/Estrenos
jueves, marzo 06, 2008
LA VIDA PRIVADA DE ELIZABETH Y ESSEX
Historia de la conflictiva relación entre la reina Elizabeth y su amante el duque de Essex. Si bien la película se siente a veces un poco acartonada, se salva por la notable actuación de Bette Davis como la reina, con ese toque propio de la gran diva: arrebatada, irascible, sanguínea, pero recordando siempre que antes que mujer es una reina, dejando así un recuerdo perdurable del personaje. Solo por ella merece verse la película.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
LA VIDA PRIVADA DE ELIZABETH Y ESSEX [The Private Lives of Elizabeth and Essex]
Dir: Michael Curtiz
c/ Bette Davis (Reina Elizabeth), Errol Flynn (Essex), Olivia de Havilland (Penélope)
EEUU/1939/Drama histórico***/Películas del ayer
Dir: Michael Curtiz
c/ Bette Davis (Reina Elizabeth), Errol Flynn (Essex), Olivia de Havilland (Penélope)
EEUU/1939/Drama histórico***/Películas del ayer
lunes, marzo 03, 2008
SIN LUGAR PARA LOS DÉBILES
Pocas películas premiadas con justeza como No country for old men (el título original es más apropiado a lo que quiere trasmitir el filme); pero, también da la impresión que los Coen han llegado a su máximo cenit. El filme es bueno, y lo salva de la mediocridad de otras películas similares, el buen argumento y la magnífica actuación de Tommy Lee Jones y sobretodo de Javier Bardem (merecidísimo el premio en la noche del Oscar) como el asesino que deja una estela de muertes en su camino.
Estamos ante la película de perseguidor-perseguido, con un tercero en discordia, el Sheriff interpretado por Tommy Lee Jones, en medio de una batalla entre bandas de narcotraficantes. Si bien es un thriller, la película toma elementos de los filmes del oeste: los paisajes desérticos como escenario natural de la trama –que representan esa lucha dura y áspera por la superviviencia-, la persecución del “malo” al “bueno” y las peripecias que debe hacer el segundo para librarse de su captor. Los personajes más parecen vaqueros por la indumentaria y el uso de revólveres y escopetas, el seguimiento del rastro de sangre del oponente como hacen los indios, y la ausencia casi total de un estado de derecho (salva la tenue presencia del Sheriff) y su reemplazo por la ley del más fuerte. La acción de la trama se desarrolla entre los personajes de Bardem y Josh Brolin, son pura acción, vemos como el segundo debe usar su ingenio y astucia para continuar vivo; mientras que el personaje de Tommy Lee Jones encarna la parte reflexiva de lo que está ocurriendo, de cuándo se generó esta espiral de violencia que parece imparable y la impotencia que siente para detenerla. Efectivamente, el personaje de Bardem es más un símbolo que un personaje de carne y hueso -un asesino profesional jamás dejaría la estela de muertos que deja él-; encarnando a la violencia misma desatada en todo su furor que incluso va contra sus propios contratantes en efecto boomerang, o si se quiere ser más poético simboliza a la muerte o al ángel exterminador que viene a hacer justicia con la guadaña cortando cabezas, convirtiendo al país o terruño en un lugar no apto para los viejos o los débiles, destinados a la muerte. Precisamente el sueño final que tiene el personaje de Tommy Lee Jones, donde el padre –ya muerto- va mostrando al hijo el camino con una luz, es el camino al mundo de los muertos que –según leyendas- nuestros muertos más cercanos van preparando a los vivos cuando llega la hora de partir.
Existe una dimensión metafísica del mal y del sentido de infinito, reflexión sombría que proviene del Sheriff Bell, comenzando por lo narrada en off al inicio del filme, teniendo como trasfondo el desolado desierto. El clima de escepticismo es el del hombre contemporáneo. Cuando, en una escena, el Sheriff refiere que creyó que Dios se le iba a manifestar de viejo y no apareció, alude a la soledad y vacío del hombre actual, carente de divinidades: no hay dioses que nos acojan en su regazo. Estamos solos en el universo infinito.
Igual sucede con el juego de la moneda que practica Chigurh con sus víctimas. Quizás al final todo se reduzca al azar de esa moneda. La única lógica y explicación en medio del caos, así como la moneda, Chigurh llega a “hacer justicia” –a su manera- entre los hombres; aunque la esposa de Moss lo contradiga al final: la moneda no tiene nada que ver, nosotros hacemos la elección.
El final cortado abruptamente con el sueño del Sheriff Bell –ya retirado- no es casual, si se condice con lo que la película ha estado trasmitiendo en las dos horas: la violencia desmesurada que existe en Norteamérica solo genera muerte, terror y desolación, abriendo y cerrando el filme con las reflexiones del Sheriff; no siendo coincidencia por ello que la película se ambiente en Texas, el estado más violento y con una alta tasa de ejecuciones y uso indiscriminado de armas de fuego por cualquier persona. Por ello, también el “bueno” al final cae sucumbido por las balas, muy posiblemente también su esposa, mientras que Bardem sigue vivo pese al grave accidente que sufre al final.
Película trágica y pesimista, No country for old men ofrece una visión descarnada de la violencia en la Norteamérica actual y del mal como telón de fondo permanente, filmada con solvencia y mucho rigor.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
Estamos ante la película de perseguidor-perseguido, con un tercero en discordia, el Sheriff interpretado por Tommy Lee Jones, en medio de una batalla entre bandas de narcotraficantes. Si bien es un thriller, la película toma elementos de los filmes del oeste: los paisajes desérticos como escenario natural de la trama –que representan esa lucha dura y áspera por la superviviencia-, la persecución del “malo” al “bueno” y las peripecias que debe hacer el segundo para librarse de su captor. Los personajes más parecen vaqueros por la indumentaria y el uso de revólveres y escopetas, el seguimiento del rastro de sangre del oponente como hacen los indios, y la ausencia casi total de un estado de derecho (salva la tenue presencia del Sheriff) y su reemplazo por la ley del más fuerte. La acción de la trama se desarrolla entre los personajes de Bardem y Josh Brolin, son pura acción, vemos como el segundo debe usar su ingenio y astucia para continuar vivo; mientras que el personaje de Tommy Lee Jones encarna la parte reflexiva de lo que está ocurriendo, de cuándo se generó esta espiral de violencia que parece imparable y la impotencia que siente para detenerla. Efectivamente, el personaje de Bardem es más un símbolo que un personaje de carne y hueso -un asesino profesional jamás dejaría la estela de muertos que deja él-; encarnando a la violencia misma desatada en todo su furor que incluso va contra sus propios contratantes en efecto boomerang, o si se quiere ser más poético simboliza a la muerte o al ángel exterminador que viene a hacer justicia con la guadaña cortando cabezas, convirtiendo al país o terruño en un lugar no apto para los viejos o los débiles, destinados a la muerte. Precisamente el sueño final que tiene el personaje de Tommy Lee Jones, donde el padre –ya muerto- va mostrando al hijo el camino con una luz, es el camino al mundo de los muertos que –según leyendas- nuestros muertos más cercanos van preparando a los vivos cuando llega la hora de partir.
Existe una dimensión metafísica del mal y del sentido de infinito, reflexión sombría que proviene del Sheriff Bell, comenzando por lo narrada en off al inicio del filme, teniendo como trasfondo el desolado desierto. El clima de escepticismo es el del hombre contemporáneo. Cuando, en una escena, el Sheriff refiere que creyó que Dios se le iba a manifestar de viejo y no apareció, alude a la soledad y vacío del hombre actual, carente de divinidades: no hay dioses que nos acojan en su regazo. Estamos solos en el universo infinito.
Igual sucede con el juego de la moneda que practica Chigurh con sus víctimas. Quizás al final todo se reduzca al azar de esa moneda. La única lógica y explicación en medio del caos, así como la moneda, Chigurh llega a “hacer justicia” –a su manera- entre los hombres; aunque la esposa de Moss lo contradiga al final: la moneda no tiene nada que ver, nosotros hacemos la elección.
El final cortado abruptamente con el sueño del Sheriff Bell –ya retirado- no es casual, si se condice con lo que la película ha estado trasmitiendo en las dos horas: la violencia desmesurada que existe en Norteamérica solo genera muerte, terror y desolación, abriendo y cerrando el filme con las reflexiones del Sheriff; no siendo coincidencia por ello que la película se ambiente en Texas, el estado más violento y con una alta tasa de ejecuciones y uso indiscriminado de armas de fuego por cualquier persona. Por ello, también el “bueno” al final cae sucumbido por las balas, muy posiblemente también su esposa, mientras que Bardem sigue vivo pese al grave accidente que sufre al final.
Película trágica y pesimista, No country for old men ofrece una visión descarnada de la violencia en la Norteamérica actual y del mal como telón de fondo permanente, filmada con solvencia y mucho rigor.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
SIN LUGAR PARA LOS DÉBILES [No country for old men]
Dir: Ethan Coen y Joel Coen
Guión: Joel Coen y Ethan Coen; basado en la novela homónima de Cormac McCarthy
c/ Tommy Lee Jones (Sheriff Ed Bell), Javier Bardem (Anton Chigurh), Josh Brolin (Llewelyn Moss), Woody Harrelson (Carson Wells), Garrett Dillahunt (agente Wendell), Kelly Macdonald (Carla Jean Moss), Tess Harper (Loretta Bell)
EEUU/2007/Thriller***/Estrenos
Dir: Ethan Coen y Joel Coen
Guión: Joel Coen y Ethan Coen; basado en la novela homónima de Cormac McCarthy
c/ Tommy Lee Jones (Sheriff Ed Bell), Javier Bardem (Anton Chigurh), Josh Brolin (Llewelyn Moss), Woody Harrelson (Carson Wells), Garrett Dillahunt (agente Wendell), Kelly Macdonald (Carla Jean Moss), Tess Harper (Loretta Bell)
EEUU/2007/Thriller***/Estrenos
lunes, febrero 25, 2008
MAÑANA TE CUENTO 2
Siempre las segundas partes o continuaciones son difíciles de satisfacer, debido a que existe la recurrente comparación con la primigenia versión. Es lo que pasó con Shrek, por ejemplo, y es lo que pasa con la segunda parte de Mañana te cuento.
La primera entrega tenía la frescura de la novedad. Historia de iniciación sexual de un grupo de adolescentes (filme de “teenagers”), sin mucha pretensión, se encontraba inscrita en la vertiente de películas tipo Porky; sin embargo, la segunda entrega tiene fallas serias. Da la impresión que ha existido un apresuramiento, un guión poco trabajado, con un tratamiento indefinido entre la comedia y el drama. El filme comienza bien, estamos ante el grupo de amigos, algunos años después, con una juerga maldita, donde uno de ellos para “ligar” chicas se hace pasar por futbolista extranjero, otro le ha dado por la devoción religiosa, mientras que Manuel es un columnista en un periódico local. Ese comienzo estaba bien, estamos ante otra aventura del grupo de amigos; pero cuando interviene el personaje de Melania Urbina con el robo al novio (un malo malísimo Giovanni Ciccia) cambia la óptica del filme, pasando a un drama de persecuciones y secuestros con unos villanos dignos de las peores películas mexicanas. Si por lo menos hubiera estado en el tono del pastiche y la burla medio que pasaba, pero tal como está el tratamiento, llenando escenas para tener el metraje necesario, con un final precipitado y actuaciones bastante irregulares, deja mucho que desear. Ojalá que la tercera parte (ya prometida gracias al socio inversionista norteamericano) sea para mejor y no como sucedió con esta pobre continuación.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
La primera entrega tenía la frescura de la novedad. Historia de iniciación sexual de un grupo de adolescentes (filme de “teenagers”), sin mucha pretensión, se encontraba inscrita en la vertiente de películas tipo Porky; sin embargo, la segunda entrega tiene fallas serias. Da la impresión que ha existido un apresuramiento, un guión poco trabajado, con un tratamiento indefinido entre la comedia y el drama. El filme comienza bien, estamos ante el grupo de amigos, algunos años después, con una juerga maldita, donde uno de ellos para “ligar” chicas se hace pasar por futbolista extranjero, otro le ha dado por la devoción religiosa, mientras que Manuel es un columnista en un periódico local. Ese comienzo estaba bien, estamos ante otra aventura del grupo de amigos; pero cuando interviene el personaje de Melania Urbina con el robo al novio (un malo malísimo Giovanni Ciccia) cambia la óptica del filme, pasando a un drama de persecuciones y secuestros con unos villanos dignos de las peores películas mexicanas. Si por lo menos hubiera estado en el tono del pastiche y la burla medio que pasaba, pero tal como está el tratamiento, llenando escenas para tener el metraje necesario, con un final precipitado y actuaciones bastante irregulares, deja mucho que desear. Ojalá que la tercera parte (ya prometida gracias al socio inversionista norteamericano) sea para mejor y no como sucedió con esta pobre continuación.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
MAÑANA TE CUENTO 2
Dir. y guión: Eduardo Mendoza
c/ Melania Urbina (Bibiana), Bruno Ascenzo (Manuel),Giovanni Ciccia (Alfredo),
Vanesa Jeri (Lorena), Magdiel Ugaz (Secuestradora)
Perú/2007/Comedia**/Estrenos
Dir. y guión: Eduardo Mendoza
c/ Melania Urbina (Bibiana), Bruno Ascenzo (Manuel),Giovanni Ciccia (Alfredo),
Vanesa Jeri (Lorena), Magdiel Ugaz (Secuestradora)
Perú/2007/Comedia**/Estrenos
jueves, febrero 21, 2008
SICKO
Norteamérica es la tierra de los grandes contrastes: junto a la libertad y riqueza se puede encontrar miseria y desesperanza; junto a la democracia como forma política por excelencia, los grupos de poder económico en alianza con el poder político.
El último documental de Michael Moore trata sobre el sistema de salud en los Estados Unidos. Para ello usa el impacto emocional de la noticia con casos puntuales de personas que han sufrido la burla de las compañías aseguradoras, levantando un espectáculo de los hechos documentados. Lo que en otros documentalistas es una distante y fría apreciación de los hechos, en Moore se convierte en noticia sensacionalista, utilizando mecanismos similares a los de la prensa amarilla y el talk show. Apunta más a los sentidos que a la razón, ya que sabe que de esa manera va a impactar más fácilmente. Igualmente vemos su estilo en la presencia frente a cámaras del realizador, con un narcisismo muy marcado, el tomar posición por una parte, el burlarse del antagonista, el trabajo previo de los diálogos (ante cámaras no hay improvisación sino denota que todo está ensayado previamente).
Para precisar, estamos acercándonos al estilo de Moore, que es una constante en todos sus documentales vistos, muy al margen de que simpaticemos o no con su punto de vista o la forma en que presenta los hechos. Evidentemente que al tratar sobre cómo no son atendidos muchos norteamericanos en su sistema de salud, ciudadanos comunes y corrientes como nosotros, llama a la solidaridad y al escándalo.
La primera parte se dedica a mostrar los casos puntuales, con una breve historia contada por el mismo paciente del via crucis que ha padecido o testimoniado por su cónyuge, de haber fallecido aquel. En la segunda parte realiza un análisis comparativo con otros sistemas de Occidente como Canadá, Gran Bretaña y Francia, donde en todos los sistemas la salud es gratuita y de acceso universal. La tercera parte es el regreso a los Estados Unidos y el caso de los bomberos que arriesgaron su vida en el 11-S y que producto de su arrojo y coraje sufren enfermedades crónicas, habiendo sido abandonados por el sistema de salud norteamericano. Asimismo, se presentan casos de abandono de pacientes que son arrojados de los hospitales por carecer de recursos económicos para atenderse (literalmente son arrojados del nosocomio o “se les deja ir”), lo cual ya linda con la barbarie y salvajada, que sería hasta raro de encontrar en un país llamado sub desarrollado. Resultados estadísticos: en poco más de treinta años de privatización del sistema de salud pública norteamericano, la tasa de salud en EEUU ha bajado a niveles alarmantes, casi compartiendo puestos con países del Tecer Mundo.
Pero, es la cuarta parte la que más polémica ha causado. Con el grupo de bomberos que no fueron atendidos por el servicio de salud se van a Cuba, donde recibirán atención gratuita para sus males (y de paso propaganda gratuita para el régimen cubano). Es la parte medular del filme, cuando se produce el punto álgido con que remata su documental.
Sicko es mejor que Fahrenheit 9/11, donde se quedaba en la mera especulación y la burla y no aportaba pruebas de la relación entre el presidente George Bush Jr. y Osama Bin-Laden. En cambio, en Sicko la parte probatoria está mejor resaltada y es más clara la exposición. El mensaje queda corroborado: es injusto e inhumano el actual sistema de salud norteamericano, lucrando las compañías de seguro con el paciente y negándose después a realizar las prestaciones a que están obligadas, muchas veces con la ayuda de médicos pagados por ellas mismas. Para eso, las declaraciones testimoniales de funcionarios y médicos que trabajaron dentro del sistema son evidentes.
Esperemos que llegue algún día vía la cartelera comercial a esta parte del mundo, aunque lo dudo, ya que la distribución fue boicoteada en su propio país (por lo del segmento en que los bomberos norteamericanos se van a Cuba a atenderse). Es otra de las constantes de Norteamérica: el que convivan tendencias contradictorias dentro del sistema, sin que una expulse a la otra, los lobies empresariales y la libertad de crítica de un documentalista.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
El último documental de Michael Moore trata sobre el sistema de salud en los Estados Unidos. Para ello usa el impacto emocional de la noticia con casos puntuales de personas que han sufrido la burla de las compañías aseguradoras, levantando un espectáculo de los hechos documentados. Lo que en otros documentalistas es una distante y fría apreciación de los hechos, en Moore se convierte en noticia sensacionalista, utilizando mecanismos similares a los de la prensa amarilla y el talk show. Apunta más a los sentidos que a la razón, ya que sabe que de esa manera va a impactar más fácilmente. Igualmente vemos su estilo en la presencia frente a cámaras del realizador, con un narcisismo muy marcado, el tomar posición por una parte, el burlarse del antagonista, el trabajo previo de los diálogos (ante cámaras no hay improvisación sino denota que todo está ensayado previamente).
Para precisar, estamos acercándonos al estilo de Moore, que es una constante en todos sus documentales vistos, muy al margen de que simpaticemos o no con su punto de vista o la forma en que presenta los hechos. Evidentemente que al tratar sobre cómo no son atendidos muchos norteamericanos en su sistema de salud, ciudadanos comunes y corrientes como nosotros, llama a la solidaridad y al escándalo.
La primera parte se dedica a mostrar los casos puntuales, con una breve historia contada por el mismo paciente del via crucis que ha padecido o testimoniado por su cónyuge, de haber fallecido aquel. En la segunda parte realiza un análisis comparativo con otros sistemas de Occidente como Canadá, Gran Bretaña y Francia, donde en todos los sistemas la salud es gratuita y de acceso universal. La tercera parte es el regreso a los Estados Unidos y el caso de los bomberos que arriesgaron su vida en el 11-S y que producto de su arrojo y coraje sufren enfermedades crónicas, habiendo sido abandonados por el sistema de salud norteamericano. Asimismo, se presentan casos de abandono de pacientes que son arrojados de los hospitales por carecer de recursos económicos para atenderse (literalmente son arrojados del nosocomio o “se les deja ir”), lo cual ya linda con la barbarie y salvajada, que sería hasta raro de encontrar en un país llamado sub desarrollado. Resultados estadísticos: en poco más de treinta años de privatización del sistema de salud pública norteamericano, la tasa de salud en EEUU ha bajado a niveles alarmantes, casi compartiendo puestos con países del Tecer Mundo.
Pero, es la cuarta parte la que más polémica ha causado. Con el grupo de bomberos que no fueron atendidos por el servicio de salud se van a Cuba, donde recibirán atención gratuita para sus males (y de paso propaganda gratuita para el régimen cubano). Es la parte medular del filme, cuando se produce el punto álgido con que remata su documental.
Sicko es mejor que Fahrenheit 9/11, donde se quedaba en la mera especulación y la burla y no aportaba pruebas de la relación entre el presidente George Bush Jr. y Osama Bin-Laden. En cambio, en Sicko la parte probatoria está mejor resaltada y es más clara la exposición. El mensaje queda corroborado: es injusto e inhumano el actual sistema de salud norteamericano, lucrando las compañías de seguro con el paciente y negándose después a realizar las prestaciones a que están obligadas, muchas veces con la ayuda de médicos pagados por ellas mismas. Para eso, las declaraciones testimoniales de funcionarios y médicos que trabajaron dentro del sistema son evidentes.
Esperemos que llegue algún día vía la cartelera comercial a esta parte del mundo, aunque lo dudo, ya que la distribución fue boicoteada en su propio país (por lo del segmento en que los bomberos norteamericanos se van a Cuba a atenderse). Es otra de las constantes de Norteamérica: el que convivan tendencias contradictorias dentro del sistema, sin que una expulse a la otra, los lobies empresariales y la libertad de crítica de un documentalista.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
SICKO
Dir y guión: Michael Moore
EEUU/2007/Documental***/Dvd/Las que nunca se estrenaron
Dir y guión: Michael Moore
EEUU/2007/Documental***/Dvd/Las que nunca se estrenaron
lunes, febrero 18, 2008
MICHAEL CLAYTON
Los thrillers de procesos judiciales (“trials movie”) tienen la característica de tocar un tema social materia del juicio, casi siempre referido a una trasnacional (antaño era el poder político y la CIA) que utiliza todo el poder fáctico que posee (influencias políticas y judiciales) para ganar el proceso, sin importar las reglas éticas o procesales. En el otro lado se encuentran los perjudicados, ciudadanos de a pie, sin ningún poder que los apoye, representados por un joven abogado, soñador e idealista que con la sola fe de su convicción, cual Quijote, se lanza contra el aparato de la malévola trasnacional, venciéndola. Al final, el juez decreta una fuerte indemnización contra las víctimas y la sanción penal en caso de evidencia de cometimiento de delito contra los directivos de la pérfida empresa.
Por eso gustan mucho los thrillers de procesos judiciales. Es una satisfacción que siente el público común, al identificarse con los débiles, de vencer a un poderoso con las solas armas de la razón y de la convicción en los valores.
Estos thirllers tienen dos partes muy marcadas: la primera, los preparativos del juicio, la búsqueda de testigos, el conseguir pruebas, contar con la valiosa participación de algún perito, donde muchas veces para mantener en vilo al espectador, casi al final del proceso aparece el testigo clave o la prueba que inculpa a la trasnacional. La segunda parte es el juicio mismo, con jurado y juez, a veces con la variante de haberse “vendido” el magistrado o algún testigo a la trasnacional. Acá se luce el joven abogado, sufre las zancadillas de los abogados de la empresa y se “compra” al jurado con un emotivo alegato final. Luego viene el fallo del juez y el júbilo en la sala.
Más o menos ese es el esquema de los thrillers de procesos judiciales. Tony Gilroy que realiza su debut como director con Michael Clayton (amplio guionista que cuenta en su haber con la trilogía de Bourne) lo hace saliendo de las pautas tradicionales de este tipo de filmes para encaminarnos hacia los conflictos internos en la gran empresa.
Efectivamente, Michael Clayton rompe con los esquemas y personajes propios de este tipo de filmes para tocar más bien la figura del anti-héroe que siente la necesidad de reivindicarse con los demás, “lavar sus culpas”. El personaje central no es ningún idealista, sino un abogado de un gran estudio jurídico en Nueva York, desilusionado de su trabajo, que casi siempre consiste en arreglar los problemas legales inmediatos de los clientes del estudio, sin demasiados subterfugios, rápidamente y contando con los contactos en comisarías y juzgados que dejen bien librado al cliente. Es el “trabajo sucio” que los abogados socios no lo hacen (Clayton es un empleado eufemísticamente llamado “consejero principal”). Es sintomático del estado emocional en que se encuentra el personaje que se niega a realizar la componenda necesaria o el “arreglo” para que el cliente del inicio del filme salga bien librado del atropello cometido con su automóvil. En contraposición, su amigo y colega Arthur Edens es un notable abogado, socio del bufete, capaz de “darle la vuelta” a un caso judicial y que debe defender a una trasnacional dedicada a la agroquímica, habiéndose detectado que sus productos generan cáncer entre los consumidores, pequeños granjeros que lo usan para el cultivo de sus tierras. La situación se trastoca cuando el abogado que debe defender a la empresa en el juicio sufre una crisis de conciencia al enterarse de los malos manejos de la empresa para ocultar esa información y decide patrocinar a los perjudicados. Como están en juego muchos miles de millones en indemnizaciones, la multinacional opta por eliminar al abogado Edens y a su amigo Clayton que descubre el razonamiento que llevó al primero a comprobar que la trasnacional estaba en falta.
Lo interesante en este thriller es que todo se produce en el campo del “monstruo”, en la vertiente del filme de denuncia del poder fáctico de las grandes empresas (como antaño, en los años setenta, fue el poder político corrompido del gobierno norteamericano). Ver lo que sucede “dentro del poder”. Los entretelones generalmente oscuros que no salen a luz pública. A contrapelo de los thrillers judiciales que más enfocan al abogado defensor y a los perjudicados y el marco escénico es el tribunal; en Michael Clayton todo se desarrolla en las filas de la trasnacional. Las contradicciones entre los distintos personajes es por la deserción de Edens tras el descubrimiento que ha hecho y sus crisis maníaco-depresivas, donde Clayton busca reconciliarse consigo mismo mediante alguna “buena acción”, tendiendo una trampa a los asesinos de su amigo, y produciéndose el consabido “happy end” con el arresto de los “malos”.
Con Michael Clayton, Tony Gilroy inicia con buen pie su labor como realizador. No es una gran película, ni mucho menos, pero cumple y cumple bien, gracias al sólido guión –que se nota no se ha despegado ni un milímetro del mismo- y a la magnífica actuación de George Clooney que sin decirlo en palabras –lo que hacen los verdaderos actores de talento-, refleja ese sentirse mal del personaje, ese andar errante en un mundo del cual está hastiado y de buscar una razón para su vida al llegar a la medianía de edad.
Todavía Gilroy se mueve en el campo de lo convencional (el “final feliz”), aunque con una propuesta interesante. Esperaremos su siguiente trabajo como director para saber como evoluciona.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
Por eso gustan mucho los thrillers de procesos judiciales. Es una satisfacción que siente el público común, al identificarse con los débiles, de vencer a un poderoso con las solas armas de la razón y de la convicción en los valores.
Estos thirllers tienen dos partes muy marcadas: la primera, los preparativos del juicio, la búsqueda de testigos, el conseguir pruebas, contar con la valiosa participación de algún perito, donde muchas veces para mantener en vilo al espectador, casi al final del proceso aparece el testigo clave o la prueba que inculpa a la trasnacional. La segunda parte es el juicio mismo, con jurado y juez, a veces con la variante de haberse “vendido” el magistrado o algún testigo a la trasnacional. Acá se luce el joven abogado, sufre las zancadillas de los abogados de la empresa y se “compra” al jurado con un emotivo alegato final. Luego viene el fallo del juez y el júbilo en la sala.
Más o menos ese es el esquema de los thrillers de procesos judiciales. Tony Gilroy que realiza su debut como director con Michael Clayton (amplio guionista que cuenta en su haber con la trilogía de Bourne) lo hace saliendo de las pautas tradicionales de este tipo de filmes para encaminarnos hacia los conflictos internos en la gran empresa.
Efectivamente, Michael Clayton rompe con los esquemas y personajes propios de este tipo de filmes para tocar más bien la figura del anti-héroe que siente la necesidad de reivindicarse con los demás, “lavar sus culpas”. El personaje central no es ningún idealista, sino un abogado de un gran estudio jurídico en Nueva York, desilusionado de su trabajo, que casi siempre consiste en arreglar los problemas legales inmediatos de los clientes del estudio, sin demasiados subterfugios, rápidamente y contando con los contactos en comisarías y juzgados que dejen bien librado al cliente. Es el “trabajo sucio” que los abogados socios no lo hacen (Clayton es un empleado eufemísticamente llamado “consejero principal”). Es sintomático del estado emocional en que se encuentra el personaje que se niega a realizar la componenda necesaria o el “arreglo” para que el cliente del inicio del filme salga bien librado del atropello cometido con su automóvil. En contraposición, su amigo y colega Arthur Edens es un notable abogado, socio del bufete, capaz de “darle la vuelta” a un caso judicial y que debe defender a una trasnacional dedicada a la agroquímica, habiéndose detectado que sus productos generan cáncer entre los consumidores, pequeños granjeros que lo usan para el cultivo de sus tierras. La situación se trastoca cuando el abogado que debe defender a la empresa en el juicio sufre una crisis de conciencia al enterarse de los malos manejos de la empresa para ocultar esa información y decide patrocinar a los perjudicados. Como están en juego muchos miles de millones en indemnizaciones, la multinacional opta por eliminar al abogado Edens y a su amigo Clayton que descubre el razonamiento que llevó al primero a comprobar que la trasnacional estaba en falta.
Lo interesante en este thriller es que todo se produce en el campo del “monstruo”, en la vertiente del filme de denuncia del poder fáctico de las grandes empresas (como antaño, en los años setenta, fue el poder político corrompido del gobierno norteamericano). Ver lo que sucede “dentro del poder”. Los entretelones generalmente oscuros que no salen a luz pública. A contrapelo de los thrillers judiciales que más enfocan al abogado defensor y a los perjudicados y el marco escénico es el tribunal; en Michael Clayton todo se desarrolla en las filas de la trasnacional. Las contradicciones entre los distintos personajes es por la deserción de Edens tras el descubrimiento que ha hecho y sus crisis maníaco-depresivas, donde Clayton busca reconciliarse consigo mismo mediante alguna “buena acción”, tendiendo una trampa a los asesinos de su amigo, y produciéndose el consabido “happy end” con el arresto de los “malos”.
Con Michael Clayton, Tony Gilroy inicia con buen pie su labor como realizador. No es una gran película, ni mucho menos, pero cumple y cumple bien, gracias al sólido guión –que se nota no se ha despegado ni un milímetro del mismo- y a la magnífica actuación de George Clooney que sin decirlo en palabras –lo que hacen los verdaderos actores de talento-, refleja ese sentirse mal del personaje, ese andar errante en un mundo del cual está hastiado y de buscar una razón para su vida al llegar a la medianía de edad.
Todavía Gilroy se mueve en el campo de lo convencional (el “final feliz”), aunque con una propuesta interesante. Esperaremos su siguiente trabajo como director para saber como evoluciona.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
viernes, febrero 15, 2008
NEW YORK NEW YORK
Bella y nostálgica película de la época de las bigs bands
New York New York tiene el encanto de las películas de época, de las bigs bands y de la disipación a través del baile de un pueblo que sale de una larga guerra y quiere olvidar los momentos difíciles y de angustia pasados.
Precisamente comienza en 1945, con la rendición del Japón, abarcando un espacio temporal de doce años aproximadamente, contándonos la historia de Francine y Jimmy, desde que se conocen en la fiesta de celebración del fin de la guerra hasta el irremediable final que le dará un sabor nostálgico, de una época que se fue y no volverá y es mejor guardar en la memoria el recuerdo de lo bueno. Es sintomática la escena final con el fondo nostálgico, triste de la película. En la escena final, Francine, ya estrella consagrada, recibe el tributo de su público de origen: el de la ciudad de New York. JImmy (ya separado hace mucho tiempo de Francine) está entre el público y la invita a salir a cenar. Ella acepta, pero al momento de cruzar la puerta titubea y regresa a su camerino. Jimmy que la espera en la calle, comprende el mensaje y no le queda más que retirarse dignamente. Esa relación, como la época en que se ambienta, no da para más. La lucidez de Francine (la más centrada y madura en la relación) se da cuenta de ello.
Mención especial merece la actuación de Liza Minelli. Está excepcional. Quizás fue la cúspide de una breve carrera cinematográfica (truncada por el alcohol y las drogas) que comenzó su ascenso con Cabaret (1972) y llegó a su cenit con New York New York. Posteriormente haría una comedia romántica, Arturo el millonario seductor (1981), pero no llegó al mismo nivel.
Robert De Niro interpreta a un personaje que ya había perfilado en otros filmes de Socrsese como Calles peligrosas (1973) o Taxi driver (1976): el impulsivo, extremo y emocional hombre que muchas veces busca utopías y solo encuentra fracasos en la vida real. Ese tipo de roles encontraría su cúspide en el excepcional filme de Scorsese, El toro salvaje (1980).
“Todo en la vida tiene un precio” parece decirnos al oído New York New York, o “no hay lonche gratis”. El sueño de convertirse en gran actriz (personaje que interpreta Francine en una larga secuencia donde la acomodadora de un cine sueña en ser una gran estrella) tendrá como precio la ruina del hogar y dicha familiar. Es el costo que debió pagar Francine por su sueño.
Si bien Scorsese dijo que es un "film noir musical", New York New York es más que eso; y, es un placer verlo de nuevo luego de tantos años gracias al dvd. El disco trae la versión original de dos horas cuarenta minutos. Recordemos que la versión original al momento de su estreno fue amputada por los productores reduciéndola a una versión estándar que era más “comercial”. Vista ahora en toda su extensión se aprecia mucho mejor este canto bello y nostálgico de una época que se fue y que como la relación de Francine y Jimmy solo queda en el recuerdo y la nostalgia.
Musical hecho con inteligencia y sensibilidad, el dvd trae también bonus como el trailer (avance) original de la película o los comentarios del propio Scorsese en off. Ahora que se cumplen treinta años de su estreno merece verse. Es todo un placer.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
New York New York tiene el encanto de las películas de época, de las bigs bands y de la disipación a través del baile de un pueblo que sale de una larga guerra y quiere olvidar los momentos difíciles y de angustia pasados.
Precisamente comienza en 1945, con la rendición del Japón, abarcando un espacio temporal de doce años aproximadamente, contándonos la historia de Francine y Jimmy, desde que se conocen en la fiesta de celebración del fin de la guerra hasta el irremediable final que le dará un sabor nostálgico, de una época que se fue y no volverá y es mejor guardar en la memoria el recuerdo de lo bueno. Es sintomática la escena final con el fondo nostálgico, triste de la película. En la escena final, Francine, ya estrella consagrada, recibe el tributo de su público de origen: el de la ciudad de New York. JImmy (ya separado hace mucho tiempo de Francine) está entre el público y la invita a salir a cenar. Ella acepta, pero al momento de cruzar la puerta titubea y regresa a su camerino. Jimmy que la espera en la calle, comprende el mensaje y no le queda más que retirarse dignamente. Esa relación, como la época en que se ambienta, no da para más. La lucidez de Francine (la más centrada y madura en la relación) se da cuenta de ello.
Mención especial merece la actuación de Liza Minelli. Está excepcional. Quizás fue la cúspide de una breve carrera cinematográfica (truncada por el alcohol y las drogas) que comenzó su ascenso con Cabaret (1972) y llegó a su cenit con New York New York. Posteriormente haría una comedia romántica, Arturo el millonario seductor (1981), pero no llegó al mismo nivel.
Robert De Niro interpreta a un personaje que ya había perfilado en otros filmes de Socrsese como Calles peligrosas (1973) o Taxi driver (1976): el impulsivo, extremo y emocional hombre que muchas veces busca utopías y solo encuentra fracasos en la vida real. Ese tipo de roles encontraría su cúspide en el excepcional filme de Scorsese, El toro salvaje (1980).
“Todo en la vida tiene un precio” parece decirnos al oído New York New York, o “no hay lonche gratis”. El sueño de convertirse en gran actriz (personaje que interpreta Francine en una larga secuencia donde la acomodadora de un cine sueña en ser una gran estrella) tendrá como precio la ruina del hogar y dicha familiar. Es el costo que debió pagar Francine por su sueño.
Si bien Scorsese dijo que es un "film noir musical", New York New York es más que eso; y, es un placer verlo de nuevo luego de tantos años gracias al dvd. El disco trae la versión original de dos horas cuarenta minutos. Recordemos que la versión original al momento de su estreno fue amputada por los productores reduciéndola a una versión estándar que era más “comercial”. Vista ahora en toda su extensión se aprecia mucho mejor este canto bello y nostálgico de una época que se fue y que como la relación de Francine y Jimmy solo queda en el recuerdo y la nostalgia.
Musical hecho con inteligencia y sensibilidad, el dvd trae también bonus como el trailer (avance) original de la película o los comentarios del propio Scorsese en off. Ahora que se cumplen treinta años de su estreno merece verse. Es todo un placer.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
NEW YORK NEW YORK
Dir.: Martín Scorsese
c/ Liza Minnelli (Francine Evans), Robert De Niro (Jimmy Doyle)
EEUU/1977/Musical****/Dvd/Películas del ayer
Dir.: Martín Scorsese
c/ Liza Minnelli (Francine Evans), Robert De Niro (Jimmy Doyle)
EEUU/1977/Musical****/Dvd/Películas del ayer
lunes, febrero 11, 2008
AMERICAN GANGSTER
Las películas de gansters son populares porqué describen una zona del mal de la cual nos sentimos atraídos. Ver cómo un hombre común y corriente asciende a la cúspide del éxito (de una organización criminal en este caso) gracias a sus cualidades (habilidad, coraje, riesgo, etc.). Es el lado oscuro y sórdido “del sueño americano”, las oportunidades para todos aquellos que, estando fuera del sistema legal y muchas veces no amparados por este, se valen de sus propios méritos, incluyendo los delictuales para alcanzar el “éxito” entendido como poder, dinero y riquezas, o -como decía don Vito Corleone poéticamente- para ser “respetado”. Por supuesto, dentro de los filmes contemporáneos de gansters, el ejemplo por antonomasia y de aliento a tragedia griega es “El padrino”, más en sus dos primeras partes.
Precisamente el personaje de Frank Lucas tiene algo del Vito Corleone en el culto a ciertos valores tradicionales del modo de vida americano: la familia como eje fundamental de la vida, el ser leal y honrado en los negocios (cumple su palabra con sus proveedores y la droga que vende es de excelente calidad a diferencia de sus competidores), el tratar y pagar bien a sus subordinados, etc. Y también coincide en que el personaje no es un malo odiado pese al negocio a que se dedica (a diferencia del Tony Montana que encarnó Al Pacino en Scarface – Brian de Palma, 1983-). Los “malos” más bien vienen a ser los policías corruptos, vendidos al narcotráfico y partícipes del negocio mismo.
Pero también tiene algo de otra película de los setenta, “Sérpico” (Sidney Lumet, 1973), en el lado del policía honrado que no se ha “contaminado” del negocio de la droga y que deberá delatar a sus colegas corruptos. Añádanle a eso un toque de “Los intocables”, en el sentido que el detective Richie Roberts debe dirigir un grupo de elite policial en paralelo al cuerpo corrupto de donde proceden, que como Eliot Ness debe recopilar pruebas para incriminar a su presa; y, un toque de “Contacto en Francia” (William Friedkin, 1971), en los vericuetos de la droga en el Nueva York de los setenta y esa afiebrada y alocada vida de opulencia que produce entre los “dealers”, millonarios de la noche a la mañana.
Sin embargo, American Gangster no es una mera copia de las películas citadas (y de otras más) sino que cobra independencia gracias a la solvencia narrativa de Ridley Scott. Scott está en su elemento cuando se trata de sacar adelante un thriller de acción (“La caída del halcón negro” es uno de sus mejores trabajos en los últimos años) y elude la grandilocuencia del “gran espectáculo” como le sucedió en “Gladiador”. Como toda historia de gangsters que se precie, debe contar el ascenso y caída del personaje central, así que utilizando una estructura de historias paralelas de perseguidor y perseguido que se tocarán solo en la resolución final, vamos conociendo a ambos personajes: uno se convierte en millonario gracias a la droga, se compra trajes caros –pero no ostentosos como sus colegas-, se casa con miss Puerto Rico, saca a su familia de la pobreza y la muda a una mansión; el otro –sirviendo como contrapunto- apenas la va pasando con su sueldo de policía, es odiado por sus colegas por ser honesto –rechazó un millón de dólares-, pierde a su esposa y a su hijo y solo le queda el consuelo de las relaciones esporádicas. Esa “historia personal” de ambos personajes es lo que hace interesante y estimulante la película y la va “jalando” a la resolución, bastante previsible al tratarse de una “true history”, por lo que más importante es el cómo se cuente que lo contado. (El filme tiene una mecánica o lógica interna que hace predecible lo que vendrá después, donde tenemos hasta un “conflicto de marca” entre las propias organizaciones criminales, cuando la competencia se apropia del nombre “Blue magic” con el cual comercializa la droga Frank Lucas).
Si bien American Gangster no es el mejor trabajo de Scott (sus trabajos de juventud siguen siendo los mejores: Los duelistas, Alien y sobretodo Blade runner), deja satisfecho a quien asista a las más de dos horas y media de proyección, no cansando en absoluto el metraje, gracias a la trama, al ritmo que le impone el realizador, y a las sólidas actuaciones de Russell Crowe y Denzel Washington (el primero convertido en “actor fetiche” de Ridley Scott), compenetrándose ambos en la complejidad de sus papeles (la complejidad de ambos personajes tiene lados esquizofrénicos al dividir su vida laboral y su vida privada en dos mitades distintas: uno es un eficiente y honrado policía, mientras en su vida familiar naufraga; el otro es un frío traficante de drogas y un amoroso hijo y esposo). Por cierto, discrepamos de quienes sostienen que se ha idealizado mucho al personaje de Crowe, lo cierto es que el argumento imponía contrastes absolutos entre ambos, sino se caía en una ambigüedad que no era el caso para un filme de acción.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
Precisamente el personaje de Frank Lucas tiene algo del Vito Corleone en el culto a ciertos valores tradicionales del modo de vida americano: la familia como eje fundamental de la vida, el ser leal y honrado en los negocios (cumple su palabra con sus proveedores y la droga que vende es de excelente calidad a diferencia de sus competidores), el tratar y pagar bien a sus subordinados, etc. Y también coincide en que el personaje no es un malo odiado pese al negocio a que se dedica (a diferencia del Tony Montana que encarnó Al Pacino en Scarface – Brian de Palma, 1983-). Los “malos” más bien vienen a ser los policías corruptos, vendidos al narcotráfico y partícipes del negocio mismo.
Pero también tiene algo de otra película de los setenta, “Sérpico” (Sidney Lumet, 1973), en el lado del policía honrado que no se ha “contaminado” del negocio de la droga y que deberá delatar a sus colegas corruptos. Añádanle a eso un toque de “Los intocables”, en el sentido que el detective Richie Roberts debe dirigir un grupo de elite policial en paralelo al cuerpo corrupto de donde proceden, que como Eliot Ness debe recopilar pruebas para incriminar a su presa; y, un toque de “Contacto en Francia” (William Friedkin, 1971), en los vericuetos de la droga en el Nueva York de los setenta y esa afiebrada y alocada vida de opulencia que produce entre los “dealers”, millonarios de la noche a la mañana.
Sin embargo, American Gangster no es una mera copia de las películas citadas (y de otras más) sino que cobra independencia gracias a la solvencia narrativa de Ridley Scott. Scott está en su elemento cuando se trata de sacar adelante un thriller de acción (“La caída del halcón negro” es uno de sus mejores trabajos en los últimos años) y elude la grandilocuencia del “gran espectáculo” como le sucedió en “Gladiador”. Como toda historia de gangsters que se precie, debe contar el ascenso y caída del personaje central, así que utilizando una estructura de historias paralelas de perseguidor y perseguido que se tocarán solo en la resolución final, vamos conociendo a ambos personajes: uno se convierte en millonario gracias a la droga, se compra trajes caros –pero no ostentosos como sus colegas-, se casa con miss Puerto Rico, saca a su familia de la pobreza y la muda a una mansión; el otro –sirviendo como contrapunto- apenas la va pasando con su sueldo de policía, es odiado por sus colegas por ser honesto –rechazó un millón de dólares-, pierde a su esposa y a su hijo y solo le queda el consuelo de las relaciones esporádicas. Esa “historia personal” de ambos personajes es lo que hace interesante y estimulante la película y la va “jalando” a la resolución, bastante previsible al tratarse de una “true history”, por lo que más importante es el cómo se cuente que lo contado. (El filme tiene una mecánica o lógica interna que hace predecible lo que vendrá después, donde tenemos hasta un “conflicto de marca” entre las propias organizaciones criminales, cuando la competencia se apropia del nombre “Blue magic” con el cual comercializa la droga Frank Lucas).
Si bien American Gangster no es el mejor trabajo de Scott (sus trabajos de juventud siguen siendo los mejores: Los duelistas, Alien y sobretodo Blade runner), deja satisfecho a quien asista a las más de dos horas y media de proyección, no cansando en absoluto el metraje, gracias a la trama, al ritmo que le impone el realizador, y a las sólidas actuaciones de Russell Crowe y Denzel Washington (el primero convertido en “actor fetiche” de Ridley Scott), compenetrándose ambos en la complejidad de sus papeles (la complejidad de ambos personajes tiene lados esquizofrénicos al dividir su vida laboral y su vida privada en dos mitades distintas: uno es un eficiente y honrado policía, mientras en su vida familiar naufraga; el otro es un frío traficante de drogas y un amoroso hijo y esposo). Por cierto, discrepamos de quienes sostienen que se ha idealizado mucho al personaje de Crowe, lo cierto es que el argumento imponía contrastes absolutos entre ambos, sino se caía en una ambigüedad que no era el caso para un filme de acción.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
AMERICAN GANGSTER
Dir: Ridley Scott
Guión: Steven Zaillian
c/ Russell Crowe (Richie Roberts), Denzel Washington (Frank Lucas), Chiwetel Ejiofor (Huey Lucas), Cuba Gooding Jr. (Nicky Barnes)
Dir: Ridley Scott
Guión: Steven Zaillian
c/ Russell Crowe (Richie Roberts), Denzel Washington (Frank Lucas), Chiwetel Ejiofor (Huey Lucas), Cuba Gooding Jr. (Nicky Barnes)
EEUU/2007/Policial***/Estrenos
jueves, febrero 07, 2008
BROKEBACK MOUNTAIN
La sensible balada del amor entre dos vaqueros cantada en un tono lírico y melancólico, y, como los grandes amores, imposible al final. El filme es bueno en si mismo, pero pasará a la historia por tener la participación del desaparecido Heath Ledger en una memorable actuación, encarnando un rol intenso, difícil, donde caracteriza a un vaquero apocado y que arrastra un romance contrariado a lo largo de más de dos décadas, cayendo en la melancolía final como la balada que se escucha en la partitura. La película es tan contenida, sin desbordar los sentimientos en lo cursi, como la propia actuación de Ledger, probablemente la mejor de su corta carrera (todavía no podemos juzgar el Guasón interpretado en Batman: the dark knight). Es momento propicio para revisitar Brokeback mountain.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
BROKEBACK MOUNTAIN
Dir: Ang Lee
Guión: Larry McMurtry y Diana Ossana; basado en un relato de Annie Proulx
c/ Heath Ledger (Ennis Del Mar), Jake Gyllenhaal (Jack Twist), Anne Hathaway (Lureen Newsome), Michelle Williams (Alma)
EEUU/2005/Drama***/Películas del ayer
Dir: Ang Lee
Guión: Larry McMurtry y Diana Ossana; basado en un relato de Annie Proulx
c/ Heath Ledger (Ennis Del Mar), Jake Gyllenhaal (Jack Twist), Anne Hathaway (Lureen Newsome), Michelle Williams (Alma)
EEUU/2005/Drama***/Películas del ayer
lunes, febrero 04, 2008
EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA
Existe un principio en las adaptaciones cinematográficas que casi siempre se cumple: de una buena novela es muy difícil obtener una buena película (más bien la película suele resultar mala); e inversamente proporcional, de una mala novela o de un cuento o relato corto es posible obtener una buena película (a lo que agregamos siempre y cuando se cuente con un buen guionista y un buen director).
Es que las comparaciones entre libro y filme resultan inevitables. Más cuando se tiene conocimiento de la obra literaria. Además, una buena novela es muy difícil llevarla a la pantalla por lo complejo y difícil que resulta resumir más de quinientas páginas, quedando naturalmente distorsionada; aparte que ambos –libro y filme- tienen lenguajes diferentes, por lo que si algo funciona bien en uno, no necesariamente será igual en el otro. Por eso es imposible adaptar magistralmente a la pantalla El Quijote de la Mancha, En busca del tiempo perdido o Conversación en la Catedral. Menos el Ulises o Cien años de soledad.
Hay excepciones a esa regla, como la adaptación de Muerte en Venecia de Luchino Visconti (que es una novela corta de Thomas Mann) donde ambos –libro y filme- son de excelente factura, o El Gatopardo (Visconti de nuevo). Pero son eso, excepciones.
En cambio, un cuento o relato corto puede trasformarse en un buen guión, “creciendo” en magnitud e importancia, así como en complejidad de los personajes, y si a eso se añade una buena dirección de actores, tenemos muchas veces una obra maestra. Igual sucede con las malas novelas, las que pueden ser enriquecidas con una buena adaptación y dándoles un alcance que el texto literario jamás lo tuvo. Un ejemplo claro: El padrino. La novela no es gran cosa, pero en manos de Francis Ford Coppola llegó a niveles de tragedia griega (“es imposible que escapemos a nuestro destino”).
Así que los lamentos de los lectores de “El amor en los tiempos del cólera” salen sobrando por obvios. No solo por tratarse de una superproducción al estilo de Hollywood, donde ha prevalecido lo azucarado de la historia, sino también porqué el director no ayuda mucho a hacer “despegar” una trama que se mantiene a vuelo rasante en las más de dos horas de proyección. Es que Mike Newell (quien cuenta en su haber una entrega de Harry Potter y la insulsa La sonrisa de la Monalisa) no era el apropiado. Pasó lo mismo que al elegir al director de Soy leyenda. Eso ocurre cuando los productores quieren ahorrarse unos “milloncitos” y optan por contratar a un director “más barato” o que no cuente con la independencia necesaria para efectuar los cambios que sean ineludibles (un “yes, sir”), pensando que el reparto, “el ambiente de época”, las canciones de Shakira o la deliciosa fotografía son suficientes.
En lo que si discrepo con cierta crítica es en la culpa que se le quiere achacar también al “cast” internacional. Se ha dicho que es un reparto internacionalizado, globalizado, tenemos actores españoles, italianos, colombianos y otras menudencias que dan como resultado “un arroz con mango”. Claro, los amantes de la novela (entre los que me cuento) hubieran preferido una versión en “castellano caribe” que en un estándar inglés subtitulado. Y tienen razón. Pero, la argumentación de una falta de autenticidad local de los actores no resiste un análisis serio. Sería como alegar que carecerían de autenticidad las actuaciones de Shakespeare y estaba descalificado por ser inglés para interpretar en la época isabelina personajes de la Grecia clásica, de la antigua Roma o de la Italia medieval. El reparto internacional y el uso del inglés en los diálogos no es motivo para descalificar un filme, siguiendo esa misma lógica los chinos sólo podrían interpretar a personajes chinos, los franceses sólo a franceses y así hasta agotar las nacionalidades. El actor profesional puede interpretar distintos papeles, no solo referidos a su lugar de origen o idioma, y el tener un reparto internacional bien llevado hace la obra más interesante.
Los protagónicos cumplen, unos más que otros, pero cumplen y bien. Los defectos del filme van por otro lado (más está relacionado con “ensamblar” todas estas piezas y darle un aliento de conjunto a la historia). Quizás cuando algún día se realice la “versión caribeña” de El amor en los tiempos de cólera, tendremos una con los giros idiomáticos propios (que dicho sea de paso, la novela más se presta a miniserie que a película).
Otro error de apreciación está relacionado con la crítica al tratamiento de la sensibilidad de la época; olvidándose que la historia ocurre entre los siglos XIX e inicios del XX cuando ni remotamente estaba enraizada la revolución sexual en las sociedades occidentales que permitió liberar los tabúes y prejuicios de antaño. Más bien la película acierta en lo que podríamos denominar una “sociología del amor”. El romanticismo como grado excelso del amor de pareja, con el apasionamiento y los sentimientos desbordados como parte de la cultura de una clase media ilustrada, nutrida sobretodo de los autores franceses que influenciaron notablemente a más de una generación, donde la comunicación de los amantes era generalmente por medio epistolar, medio idóneo para cortejar a la amada (el internet y el chat se encontraban en los pre-sueños de la humanidad) y lo más audaz consistía en tocarle la mano a la novia al salir de la misa. Esa atmósfera está muy bien tratada en el filme y no es nada cursi, a pesar de parecerlo a los ojos contemporáneos. Difícilmente podemos juzgar una sensibilidad de épocas pasadas con los parámetros de la nuestra, debido a que se corre el riesgo de cometer un error de perspectiva.
Para terminar, la escena con la cual me quedo: la de Angie Cepeda como la viuda que aprovechando la trifulca de los estruendos de la guerra civil en la calle, aprovecha para acostarse con el meditabundo y triste Florentino Ariza. Es una escena natural, fresca como la Cepeda misma cuando interpretó a La Brasileña en Pantaleón y las visitadoras. Sólo por ella vale quedarse en la butaca por más de dos horas; aunque en mi caso personal, la compañía con quien aprecie el filme fue más grata que la película misma.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es
Es que las comparaciones entre libro y filme resultan inevitables. Más cuando se tiene conocimiento de la obra literaria. Además, una buena novela es muy difícil llevarla a la pantalla por lo complejo y difícil que resulta resumir más de quinientas páginas, quedando naturalmente distorsionada; aparte que ambos –libro y filme- tienen lenguajes diferentes, por lo que si algo funciona bien en uno, no necesariamente será igual en el otro. Por eso es imposible adaptar magistralmente a la pantalla El Quijote de la Mancha, En busca del tiempo perdido o Conversación en la Catedral. Menos el Ulises o Cien años de soledad.
Hay excepciones a esa regla, como la adaptación de Muerte en Venecia de Luchino Visconti (que es una novela corta de Thomas Mann) donde ambos –libro y filme- son de excelente factura, o El Gatopardo (Visconti de nuevo). Pero son eso, excepciones.
En cambio, un cuento o relato corto puede trasformarse en un buen guión, “creciendo” en magnitud e importancia, así como en complejidad de los personajes, y si a eso se añade una buena dirección de actores, tenemos muchas veces una obra maestra. Igual sucede con las malas novelas, las que pueden ser enriquecidas con una buena adaptación y dándoles un alcance que el texto literario jamás lo tuvo. Un ejemplo claro: El padrino. La novela no es gran cosa, pero en manos de Francis Ford Coppola llegó a niveles de tragedia griega (“es imposible que escapemos a nuestro destino”).
Así que los lamentos de los lectores de “El amor en los tiempos del cólera” salen sobrando por obvios. No solo por tratarse de una superproducción al estilo de Hollywood, donde ha prevalecido lo azucarado de la historia, sino también porqué el director no ayuda mucho a hacer “despegar” una trama que se mantiene a vuelo rasante en las más de dos horas de proyección. Es que Mike Newell (quien cuenta en su haber una entrega de Harry Potter y la insulsa La sonrisa de la Monalisa) no era el apropiado. Pasó lo mismo que al elegir al director de Soy leyenda. Eso ocurre cuando los productores quieren ahorrarse unos “milloncitos” y optan por contratar a un director “más barato” o que no cuente con la independencia necesaria para efectuar los cambios que sean ineludibles (un “yes, sir”), pensando que el reparto, “el ambiente de época”, las canciones de Shakira o la deliciosa fotografía son suficientes.
En lo que si discrepo con cierta crítica es en la culpa que se le quiere achacar también al “cast” internacional. Se ha dicho que es un reparto internacionalizado, globalizado, tenemos actores españoles, italianos, colombianos y otras menudencias que dan como resultado “un arroz con mango”. Claro, los amantes de la novela (entre los que me cuento) hubieran preferido una versión en “castellano caribe” que en un estándar inglés subtitulado. Y tienen razón. Pero, la argumentación de una falta de autenticidad local de los actores no resiste un análisis serio. Sería como alegar que carecerían de autenticidad las actuaciones de Shakespeare y estaba descalificado por ser inglés para interpretar en la época isabelina personajes de la Grecia clásica, de la antigua Roma o de la Italia medieval. El reparto internacional y el uso del inglés en los diálogos no es motivo para descalificar un filme, siguiendo esa misma lógica los chinos sólo podrían interpretar a personajes chinos, los franceses sólo a franceses y así hasta agotar las nacionalidades. El actor profesional puede interpretar distintos papeles, no solo referidos a su lugar de origen o idioma, y el tener un reparto internacional bien llevado hace la obra más interesante.
Los protagónicos cumplen, unos más que otros, pero cumplen y bien. Los defectos del filme van por otro lado (más está relacionado con “ensamblar” todas estas piezas y darle un aliento de conjunto a la historia). Quizás cuando algún día se realice la “versión caribeña” de El amor en los tiempos de cólera, tendremos una con los giros idiomáticos propios (que dicho sea de paso, la novela más se presta a miniserie que a película).
Otro error de apreciación está relacionado con la crítica al tratamiento de la sensibilidad de la época; olvidándose que la historia ocurre entre los siglos XIX e inicios del XX cuando ni remotamente estaba enraizada la revolución sexual en las sociedades occidentales que permitió liberar los tabúes y prejuicios de antaño. Más bien la película acierta en lo que podríamos denominar una “sociología del amor”. El romanticismo como grado excelso del amor de pareja, con el apasionamiento y los sentimientos desbordados como parte de la cultura de una clase media ilustrada, nutrida sobretodo de los autores franceses que influenciaron notablemente a más de una generación, donde la comunicación de los amantes era generalmente por medio epistolar, medio idóneo para cortejar a la amada (el internet y el chat se encontraban en los pre-sueños de la humanidad) y lo más audaz consistía en tocarle la mano a la novia al salir de la misa. Esa atmósfera está muy bien tratada en el filme y no es nada cursi, a pesar de parecerlo a los ojos contemporáneos. Difícilmente podemos juzgar una sensibilidad de épocas pasadas con los parámetros de la nuestra, debido a que se corre el riesgo de cometer un error de perspectiva.
Para terminar, la escena con la cual me quedo: la de Angie Cepeda como la viuda que aprovechando la trifulca de los estruendos de la guerra civil en la calle, aprovecha para acostarse con el meditabundo y triste Florentino Ariza. Es una escena natural, fresca como la Cepeda misma cuando interpretó a La Brasileña en Pantaleón y las visitadoras. Sólo por ella vale quedarse en la butaca por más de dos horas; aunque en mi caso personal, la compañía con quien aprecie el filme fue más grata que la película misma.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es
EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA [Love in the time of cholera]
Dir: Mike Newell
Guión: Ronald Harwood; basado en la novela "El amor en los tiempos del cólera" de Gabriel García Márquez
c/ Javier Bardem (Florentino Ariza), Giovanna Mezzogiorno (Fermina Daza), Benjamin Bratt (Juvenal Urbino), Catalina Sandino Moreno (Hildebranda Sánchez), Hector Elizondo (don Leo), Liev Schreiber (Lotario Thurgot), Fernanda Montenegro (Tránsito Ariza), Laura Harring (Sara Noriega), John Leguizamo (Lorenzo Daza), Unax Ugalde (Florentino Ariza joven)
EEUU/2007/Drama romántico***/Estrenos
viernes, enero 18, 2008
MÁS CORAZÓN QUE ODIO
Los llanos, la aventura, el romance, la lucha contra lo agreste e indómito, y sobretodo la lucha contra uno mismo, todo no exento siempre de un toque de humor, hacen de The searchers un filme inolvidable. Inscrito en la vertiente clásica, quiebra la ruptura lineal del argumento cuando nos enteramos de las andanzas de Ethan y Martin por intermedio de la carta que éste último le envía a Laurie, su novia, contándole lo que han encontrado. Así también el personaje de Mose es inolvidable, entre medio loco y medio ido del mundo, le presta el toque “cómico” para no cargar demasiado las tintas de la historia que, sin el humor, habría devenido en tragedia. El rojo de la tierra expresa el rojo de la venganza, del odio que sacude al personaje de John Wayne. El título original (The Searchers) dice no solo de la larga búsqueda de la sobrina secuestrada por los comanches, sino también de la búsqueda interna que reporta ese largo viaje, búsqueda de la paz interna como expresa la canción final. Las puertas que se abren al inicio del filme y se cierran al concluir expresan toda una etapa existencial ya superada por el protagonista para pasar a otra cosa.
Filme nostálgico, cargado de lirismo, equilibrado, perfecto, no cansa verlo una y otra vez, lo que sucede solo con los clásicos.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
Filme nostálgico, cargado de lirismo, equilibrado, perfecto, no cansa verlo una y otra vez, lo que sucede solo con los clásicos.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
MÁS CORAZÓN QUE ODIO [The Searchers]
Dir: John Ford
Guión: Frank S. Nugent, basado en la novela de Alan Le May
c/ John Wayne (Ethan), Jeffrey Hunter (Martin), Vera Miles (Laurie), Ward Bond (Rev. Capt. Samuel Johnston Clayton), Natalie Wood (Debbie), Hank Worden (Mose Harper)
EEUU/1956/Western***/Dvd/Clásicos de ayer y hoy
Dir: John Ford
Guión: Frank S. Nugent, basado en la novela de Alan Le May
c/ John Wayne (Ethan), Jeffrey Hunter (Martin), Vera Miles (Laurie), Ward Bond (Rev. Capt. Samuel Johnston Clayton), Natalie Wood (Debbie), Hank Worden (Mose Harper)
EEUU/1956/Western***/Dvd/Clásicos de ayer y hoy
lunes, enero 14, 2008
SOY LEYENDA
Las distopías (cuya temática central es la extinción de la civilización y posterior barbarie de la raza humana) tienen como finalidad alertar al ser humano de un daño o peligro que en el presente todavía es controlable pero que a futuro puede ser irreparable. Es así que en los años 60 y 70 las distopías estaban centradas en la extinción de la humanidad por una posible guerra nuclear; mientras que las actuales tienen como eje argumentativo la irreparabilidad del medioambiente y la guerra bacteriológica. Distopías clásicas en esa línea son El planeta de los simios y recientemente Hijos de los hombres.
Otra vertiente distópica es la pérdida de la libertad y el vivir en una sociedad oprimida y sojuzgada por una elite sea religiosa, política o militar que mantiene el statu quo con un discurso ideológico deliberadamente engañoso. En esta variante el ser humano se encuentra alienado, rebajado en sus derechos, prácticamente cosificado y sin tener la posibilidad de pensar o de expresar libremente sus sentimientos. El paradigma por excelencia de este tipo de distopías es 1984.
Soy leyenda se centra en la primera temática (la extinción de la civilización y posterior barbarie de la raza humana) y ha contado con tres adaptaciones al cine. La primera de 1964 (The Last Man on Earth) con Vincent Price; la segunda de 1971 (The Omega Man) con Charlton Heston; y, la tercera de 2007 con Will Smith.
A nivel argumentativo la trama tiene dos niveles que se van “cruzando”: el primero y más interesante es narrar la vida cotidiana del Dr. Neville “en el presente” cuando la tierra ya ha sido devastada por un virus trasmutado que convierte a los hombres en una suerte de vampiros rabiosos (parecidos mucho en la agilidad a los de 28 días después -28 days later, 2002- de Danny Boyle). Así nos describe al protagonista haciendo su vida cotidiana: busca alimentos en una ciudad desolada y vuelta al salvajismo, se provee de gasolina, “renta” dvd’s para pasar la noche, “conversa” con los maniquís de la tienda, se mantiene en forma y convierte su casa en un verdadero “bunker”. En este nivel es bastante importante la relación con su perro, el único ser viviente con quien puede comunicarse y tener una relación afectiva (literalmente el perrito “se roba” varias escenas de la película). Los flash-backs son explicativos de “lo que pasó en la tierra”. En un segundo nivel, menos interesante, “caza” vampiros pero no tanto para su exterminio sino para encontrar una posible cura, utilizándolos como conejillos. En esta primera parte de la película se percibe el paulatino deterioro sicológico que va viviendo Neville por su aislamiento de otros seres humanos y que se demuestra en los mensajes que por radio trasmite, reflejando su necesidad de comunicarse, intento vano de “botella al mar”, o cuando “conversa” con los maniquís de la tienda de video o pierde el control al ver a uno de estos fuera de su lugar, en plena calle.
Esos dos niveles tendrán un “nudo” del conflicto con la presencia de Anna y su pequeño hijo, sobrevivientes humanos como Neville y en búsqueda de una posible comuna de otros sobrevivientes también inmunes al virus. La resolución se dará con el sacrificio del protagonista poco antes de encontrar la cura, convirtiéndose por tanto “en leyenda” con un esperanzador “happy end”. Esta es la parte del filme que menos convence.
En principio se trata de la obra para un solo actor. Toda la puesta en escena reposa en el personaje central. Es un hombre solitario, lo que irá erosionando su sicología, hundiéndolo en la depresión y con conductas consideradas erráticas en sociedad. Si bien Will Smith cumple adecuadamente su papel dramático, más está en la línea de los superhéroes que de un hombre solitario y con problemas de conducta. Esa muestra de “debilidad” no está adecuadamente registrada en la performance del actor (a Charlton Heston le sucedió lo mismo en la segunda versión). La hondura sicológica le abría abierto una dimensión humana abismal, lindante con la locura, que habría hecho muy rico al personaje (por cierto el argumento más se presta para ello que para una película de acción). Y también es responsabilidad del director, que no ha sabido aprovechar el material entre manos y con poca experiencia en su haber. Y, el remate no es muy convincente. El “final feliz” deja un sabor como a mártir de la medicina que a una distopía como era la idea de la trama.
Quizás el resultado habría sido distinto si el proyecto lo manejada Ridley Scott, de quien se voceó mucho la encargatura en la década pasada. En fin, Soy leyenda tiene sus límites, dejándose ver como un entretenimiento, pensada y diseñada como tal y sin mayores ambiciones.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
Otra vertiente distópica es la pérdida de la libertad y el vivir en una sociedad oprimida y sojuzgada por una elite sea religiosa, política o militar que mantiene el statu quo con un discurso ideológico deliberadamente engañoso. En esta variante el ser humano se encuentra alienado, rebajado en sus derechos, prácticamente cosificado y sin tener la posibilidad de pensar o de expresar libremente sus sentimientos. El paradigma por excelencia de este tipo de distopías es 1984.
Soy leyenda se centra en la primera temática (la extinción de la civilización y posterior barbarie de la raza humana) y ha contado con tres adaptaciones al cine. La primera de 1964 (The Last Man on Earth) con Vincent Price; la segunda de 1971 (The Omega Man) con Charlton Heston; y, la tercera de 2007 con Will Smith.
A nivel argumentativo la trama tiene dos niveles que se van “cruzando”: el primero y más interesante es narrar la vida cotidiana del Dr. Neville “en el presente” cuando la tierra ya ha sido devastada por un virus trasmutado que convierte a los hombres en una suerte de vampiros rabiosos (parecidos mucho en la agilidad a los de 28 días después -28 days later, 2002- de Danny Boyle). Así nos describe al protagonista haciendo su vida cotidiana: busca alimentos en una ciudad desolada y vuelta al salvajismo, se provee de gasolina, “renta” dvd’s para pasar la noche, “conversa” con los maniquís de la tienda, se mantiene en forma y convierte su casa en un verdadero “bunker”. En este nivel es bastante importante la relación con su perro, el único ser viviente con quien puede comunicarse y tener una relación afectiva (literalmente el perrito “se roba” varias escenas de la película). Los flash-backs son explicativos de “lo que pasó en la tierra”. En un segundo nivel, menos interesante, “caza” vampiros pero no tanto para su exterminio sino para encontrar una posible cura, utilizándolos como conejillos. En esta primera parte de la película se percibe el paulatino deterioro sicológico que va viviendo Neville por su aislamiento de otros seres humanos y que se demuestra en los mensajes que por radio trasmite, reflejando su necesidad de comunicarse, intento vano de “botella al mar”, o cuando “conversa” con los maniquís de la tienda de video o pierde el control al ver a uno de estos fuera de su lugar, en plena calle.
Esos dos niveles tendrán un “nudo” del conflicto con la presencia de Anna y su pequeño hijo, sobrevivientes humanos como Neville y en búsqueda de una posible comuna de otros sobrevivientes también inmunes al virus. La resolución se dará con el sacrificio del protagonista poco antes de encontrar la cura, convirtiéndose por tanto “en leyenda” con un esperanzador “happy end”. Esta es la parte del filme que menos convence.
En principio se trata de la obra para un solo actor. Toda la puesta en escena reposa en el personaje central. Es un hombre solitario, lo que irá erosionando su sicología, hundiéndolo en la depresión y con conductas consideradas erráticas en sociedad. Si bien Will Smith cumple adecuadamente su papel dramático, más está en la línea de los superhéroes que de un hombre solitario y con problemas de conducta. Esa muestra de “debilidad” no está adecuadamente registrada en la performance del actor (a Charlton Heston le sucedió lo mismo en la segunda versión). La hondura sicológica le abría abierto una dimensión humana abismal, lindante con la locura, que habría hecho muy rico al personaje (por cierto el argumento más se presta para ello que para una película de acción). Y también es responsabilidad del director, que no ha sabido aprovechar el material entre manos y con poca experiencia en su haber. Y, el remate no es muy convincente. El “final feliz” deja un sabor como a mártir de la medicina que a una distopía como era la idea de la trama.
Quizás el resultado habría sido distinto si el proyecto lo manejada Ridley Scott, de quien se voceó mucho la encargatura en la década pasada. En fin, Soy leyenda tiene sus límites, dejándose ver como un entretenimiento, pensada y diseñada como tal y sin mayores ambiciones.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
SOY LEYENDA [I am legend]
Dir: Francis Lawrence
Guión: Mark Protosevich y Akiva Goldsman; basado en la novela de Richard Matheson
c/ Will Smith (Robert Neville), Alice Braga (Anna), Charlie Tahan (Ethan)
EEUU/2007/CF-Terror***/Estrenos
Dir: Francis Lawrence
Guión: Mark Protosevich y Akiva Goldsman; basado en la novela de Richard Matheson
c/ Will Smith (Robert Neville), Alice Braga (Anna), Charlie Tahan (Ethan)
EEUU/2007/CF-Terror***/Estrenos
viernes, enero 11, 2008
¿EXISTE CRÍTICA DE CINE?
Acabo de enterarme circunstancialmente de una “polémica” entre dos críticos de cine “profesionales”, donde uno acusa al otro de “venderse” a las distribuidoras de blockbusters por promocionar polos y llaveritos de una conocida película de animación estelarizada por unas simpáticas ardillitas digitales.
Más allá del encono personal que se tienen ambos críticos (aunque en público lo desmientan), la “polémica” más parece una pelea de infantes en el colegio por dirimir quien la tiene “más larga”, comprobándose una vez más que los enconos, envidias, recelos y otras menudencias del alma es muy peruano y quizás diría muy humano. En mi gremio –los abogados- también se dan estas peleítas, pero para ser sincero, entre los críticos de cine es más graciosa. Las nuestras por lo general son muy tiesas, acartonadas y demasiado solemnes, por no decir aburridas.
A veces me pregunto si vale la pena comentar las películas. La gente promedio no lee las críticas de cine. Le interesa un pepino. Generalmente son los cinéfilos o las personas que toman “en serio” al cine quienes las leen. Pero, si bien el público objetivo lector de “críticas de cine” es bastante reducido, eso no obsta determinar si tenemos una crítica especializada en nuestro medio. Y, sin muchos rodeos, la respuesta es negativa.
Existe un reducidísimo sector de la crítica que trata de ser eso, crítica especializada, aunque a veces cae en excesos culturosos, “camina en las nubes” y “mira encima del hombro”, produciéndole asco toda película que tenga contenido “comercial” y su público objetivo son sus alumnos que los tienen como el “non plus ultra”, el “ya no ya de la crítica”, “el camino a seguir”. Hay que reconocer que, pese a sus excesos y vanidades –muy humanas también-, este sector de la crítica tiene una labor docente importante dentro del público al que se dirige.
En cambio, la mayor parte de la “otra crítica” es más bien la “mermelera”, la que promociona los estrenos de las grandes distribuidoras y se trasmite por distintos medios: la prensa escrita, la televisión y últimamente los blogs, que ha facilitado la aparición de “nuevos críticos” de todo calibre.
Personalmente no estoy en contra que un “crítico especializado”, director de una revista de cine también especializada, tenga un blog donde promocione llaveritos o polos de una película comercial. No es profesional, por no decir ético, pero el “crítico especializado” sabe en lo que se mete al aceptar el encargo o permitir que aparezca su nombre en la página web promocional. No puede alegar inocencia. En todo caso, como adulto, es su responsabilidad. Quizás con eso su prestigio baje, pero dependerá absolutamente de él. Pero de allí a estigmatizarlo, a “crucificarlo” en los blogs o en cualquier medio disponible, creo hay mucho trecho y es una exageración.
Por otro lado, la crítica tiene que ser libre, no puede estar sujeta a parámetros de “lo que debe ser”, que es donde lamentablemente cae a veces la crítica “culturosa”. Su lema parece ser “Todo lo que es crítica profesional es como yo lo hago, el resto es todo menos crítica”. Es caer en sectarismos y prejuicios.
El problema es que nuestro mercado es tan pequeño que no alcanza para todos, por lo que uno le tiene que “serruchar el piso” a otro para ocupar su espacio. Cuando de verdad tengamos una industria del cine nacional, cuando la variedad de filmes vistos sea más amplia, cuando existan institutos ex profeso para la profesión de cineasta, y, es más, existan post grados de especialización en cine, podremos hablar por fin de una crítica especializada amplia y diversa, y de un mercado que la recepcione en igual forma.
Por el momento veremos de tanto en tanto las rencillas bastante folclóricas entre dos “críticos profesionales” por dirimir quien la tiene “más larga”, tratando de convertirse en el macho alfa de la manada o marcando su territorio con la orina. Cosas del inframundo de la crítica.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es
Más allá del encono personal que se tienen ambos críticos (aunque en público lo desmientan), la “polémica” más parece una pelea de infantes en el colegio por dirimir quien la tiene “más larga”, comprobándose una vez más que los enconos, envidias, recelos y otras menudencias del alma es muy peruano y quizás diría muy humano. En mi gremio –los abogados- también se dan estas peleítas, pero para ser sincero, entre los críticos de cine es más graciosa. Las nuestras por lo general son muy tiesas, acartonadas y demasiado solemnes, por no decir aburridas.
A veces me pregunto si vale la pena comentar las películas. La gente promedio no lee las críticas de cine. Le interesa un pepino. Generalmente son los cinéfilos o las personas que toman “en serio” al cine quienes las leen. Pero, si bien el público objetivo lector de “críticas de cine” es bastante reducido, eso no obsta determinar si tenemos una crítica especializada en nuestro medio. Y, sin muchos rodeos, la respuesta es negativa.
Existe un reducidísimo sector de la crítica que trata de ser eso, crítica especializada, aunque a veces cae en excesos culturosos, “camina en las nubes” y “mira encima del hombro”, produciéndole asco toda película que tenga contenido “comercial” y su público objetivo son sus alumnos que los tienen como el “non plus ultra”, el “ya no ya de la crítica”, “el camino a seguir”. Hay que reconocer que, pese a sus excesos y vanidades –muy humanas también-, este sector de la crítica tiene una labor docente importante dentro del público al que se dirige.
En cambio, la mayor parte de la “otra crítica” es más bien la “mermelera”, la que promociona los estrenos de las grandes distribuidoras y se trasmite por distintos medios: la prensa escrita, la televisión y últimamente los blogs, que ha facilitado la aparición de “nuevos críticos” de todo calibre.
Personalmente no estoy en contra que un “crítico especializado”, director de una revista de cine también especializada, tenga un blog donde promocione llaveritos o polos de una película comercial. No es profesional, por no decir ético, pero el “crítico especializado” sabe en lo que se mete al aceptar el encargo o permitir que aparezca su nombre en la página web promocional. No puede alegar inocencia. En todo caso, como adulto, es su responsabilidad. Quizás con eso su prestigio baje, pero dependerá absolutamente de él. Pero de allí a estigmatizarlo, a “crucificarlo” en los blogs o en cualquier medio disponible, creo hay mucho trecho y es una exageración.
Por otro lado, la crítica tiene que ser libre, no puede estar sujeta a parámetros de “lo que debe ser”, que es donde lamentablemente cae a veces la crítica “culturosa”. Su lema parece ser “Todo lo que es crítica profesional es como yo lo hago, el resto es todo menos crítica”. Es caer en sectarismos y prejuicios.
El problema es que nuestro mercado es tan pequeño que no alcanza para todos, por lo que uno le tiene que “serruchar el piso” a otro para ocupar su espacio. Cuando de verdad tengamos una industria del cine nacional, cuando la variedad de filmes vistos sea más amplia, cuando existan institutos ex profeso para la profesión de cineasta, y, es más, existan post grados de especialización en cine, podremos hablar por fin de una crítica especializada amplia y diversa, y de un mercado que la recepcione en igual forma.
Por el momento veremos de tanto en tanto las rencillas bastante folclóricas entre dos “críticos profesionales” por dirimir quien la tiene “más larga”, tratando de convertirse en el macho alfa de la manada o marcando su territorio con la orina. Cosas del inframundo de la crítica.
Eduardo Jiménez J.
ejjlaw@yahoo.es
lunes, enero 07, 2008
LA LISTA NEGRA
Paul Verhoeven, realizador de origen holandés, tuvo cierto éxito en el cine norteamericano, sobretodo con Robocop (1987), cinta de corte futurista, bastante ágil y entretenida, e Instinto básico (1992), inquietante thriller que convirtió en sex symbol de los 90 a Sharon Stone. Después de eso su carrera tuvo altibajos, por lo que decide regresar a su natal Holanda, y gracias al prestigio cargado de su estancia en Hollywood, consigue financiamiento para un proyecto europeo bastante ambicioso, ambientado en la segunda guerra mundial y considerado como uno de los más caros en el viejo continente.
Lo interesante de La lista negra (o el Libro negro como también se le titula en español) es la ambigüedad de los personajes. Estamos en la Holanda de la ocupación nazi, donde existe un grupo de resistentes que luchan en una guerra de guerrillas contra el invasor. En ese grupo ingresa Rachel, una cantante de origen judío que ha perdido a su familia cuando trataban de huir. Todo hace sospechar que miembros de la resistencia, en combinación con oficiales nazis, lucran con los judíos que tratan de escapar, engañándolos hacia un viaje que termina en la muerte.
No existen, como en otros filmes de guerra, los estereotipos de buenos por un lado y malos por el otro. El que parece una cosa, puede ser totalmente lo contrario, como sucede con el héroe de guerra Akkerman que se apropia de las joyas y el dinero robado a los judíos asesinados, o con el capitán alemán Müntze (al actor lo hemos apreciado en La vida de los otros) que muestra más humanismo y desinterés que los propios partisanos. Es ese “juego” de dobleces lo que hace interesante el filme, donde incluso no se salva la misma protagonista.
La imagen final, en el Kibbutz, cuando está pronto a ser atacado, simboliza una idea pesimista del realizador: la guerra parece ser la regla en el hombre y los momentos de paz son apenas los menos. Amarga reflexión con la cual cierra este inquietante thriller.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
Lo interesante de La lista negra (o el Libro negro como también se le titula en español) es la ambigüedad de los personajes. Estamos en la Holanda de la ocupación nazi, donde existe un grupo de resistentes que luchan en una guerra de guerrillas contra el invasor. En ese grupo ingresa Rachel, una cantante de origen judío que ha perdido a su familia cuando trataban de huir. Todo hace sospechar que miembros de la resistencia, en combinación con oficiales nazis, lucran con los judíos que tratan de escapar, engañándolos hacia un viaje que termina en la muerte.
No existen, como en otros filmes de guerra, los estereotipos de buenos por un lado y malos por el otro. El que parece una cosa, puede ser totalmente lo contrario, como sucede con el héroe de guerra Akkerman que se apropia de las joyas y el dinero robado a los judíos asesinados, o con el capitán alemán Müntze (al actor lo hemos apreciado en La vida de los otros) que muestra más humanismo y desinterés que los propios partisanos. Es ese “juego” de dobleces lo que hace interesante el filme, donde incluso no se salva la misma protagonista.
La imagen final, en el Kibbutz, cuando está pronto a ser atacado, simboliza una idea pesimista del realizador: la guerra parece ser la regla en el hombre y los momentos de paz son apenas los menos. Amarga reflexión con la cual cierra este inquietante thriller.
Eduardo Jiménez J.
lagartocine@yahoo.es
LA LISTA NEGRA [Zwartboek]
Dir: Paul Verhoeven
Guión: Paul Verhoeven y Gerard Soeteman; basado en un argumento de Gerard Soeteman
c/ Carice van Houten (Rachel Steinn/Ellis de Vries), Sebastian Koch (Ludwig Müntze), Thom Hoffman (Hans Akkermans), Halina Reijn (Ronnie)
Holanda-UK-Ale-Bélgica/2006/ Thriller***/Estrenos
Dir: Paul Verhoeven
Guión: Paul Verhoeven y Gerard Soeteman; basado en un argumento de Gerard Soeteman
c/ Carice van Houten (Rachel Steinn/Ellis de Vries), Sebastian Koch (Ludwig Müntze), Thom Hoffman (Hans Akkermans), Halina Reijn (Ronnie)
Holanda-UK-Ale-Bélgica/2006/ Thriller***/Estrenos
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